jueves, 28 de mayo de 2009

RELATOS. EL ENCUENTRO. JUAN JOSÉ ARREOLA


Cuadro: Bouguerau.

Dos puntos que se atraen, no tienen por qué elegir forzosamente la recta. Claro que es el procedimiento más corto. Pero hay quienes prefieren el infinito.
Las gentes caen unas en brazos de otras sin detallar la aventura. Cuando mucho, avanzan en zigzag. Pero una vez en la meta corrigen la desviación y se acoplan. Tan brusco amor es un choque, y los que así se afrontaron son devueltos al punto de partida por un efecto de culata. Demasiado proyectiles, su camino al revés los incrusta de nuevo, repasando el cañón, en un cartucho sin pólvora.
De vez en cuando, una pareja se aparta de esta regla invariable. Su propósito es francamente lineal, y no carece de rectitud. Misteriosamente, optan por el laberinto. No pueden vivir separados. Esta es su única certeza, y van a perderla buscándose. Cuando uno de ellos comete un error y provoca el encuentro, el otro finge no darse cuenta y pasa sin saludar.

domingo, 24 de mayo de 2009

POESÍA ERÓTICA. AMOR MÍO, MI AMOR, AMOR HALLADO...Jaime Sabines



Amor mío, mi amor, amor hallado
de pronto en la ostra de la muerte.
Quiero comer contigo, estar, amar contigo,
quiero tocarte, verte.
Me lo digo, lo dicen en mi cuerpo
los hilos de mi sangre acostumbrada,
lo dice este dolor y mis zapatos
y mi boca y mi almohada.
Te quiero, amor, amor absurdamente,
tontamente, perdido, iluminado,
soñando rosas e inventando estrellas
y diciéndote adiós yendo a tu lado.
Te quiero desde el poste de la esquina,
desde la alfombra de ese cuarto a solas,
en las sábanas tibias de tu cuerpo
donde se duerme un agua de amapolas.
Cabellera del aire desvelado,
río de noche, platanar oscuro,
colmena ciega, amor desenterrado,
voy a seguir tus pasos hacia arriba,
de tus pies a tu muslo y tu costado.

POESÍA ERÓTICA. Carne, celeste carne de la mujer. Rubén Dario


Cuadro: Desnudo de Espaldas. Modigliani



¡Carne, celeste carne de la mujer!
Arcilla-dijo Hugo-, ambrosía más bien,
¡oh maravilla!,la vida se soporta,

tan doliente y tan corta,

solamente por eso:roce, mordisco o beso

en ese pan divino

para el cual nuestra sangre es nuestro vino.

En ella está la lira,

en ella está la rosa,

en ella está la ciencia armoniosa,
en ella se respira
el perfume vital de toda cosa.
Eva y Cipris concentran el misterio

del corazón del mundo.

Cuando el áureo Pegaso
en la victoria matinal se lanza
con el mágico ritmo de su paso
hacia la vida y hacia la esperanza,
si alza la crin y las narices hincha
y sobre las montañas pone el casco sonoro
y hacia la mar relincha,
y el espacio se llena
de un gran temblor de oro,
es que ha visto desnuda a Anadiomena.

sábado, 16 de mayo de 2009

RELATOS ERÓTICOS. LILITH 3. ANÄIS NIN




Cuadro: El masaje. Edouard Debat-Ponsan
Desde aquel momento, sin embargo Lilith se obsesionó con la idea de que debía haber formas de excitarse artificialmente. Probó todos los métodos de que oyó hablar. Se bebió tazones de chocolate con gran cantidad de vainilla. Comió cebollas. El alcohol no la afectó en la misma medida que a otras personas, porque se mantenía siempre en guardia. No podía olvidarse de sí misma.
Oyó hablar de unas bolitas que se usaban como afrodisíaco en la
India. Pero ¿cómo conseguirlas? ¿Dónde pedirlas? Las hindúes se las insertaban en la vagina.
Estaban hechas de algún tipo de goma suave, con una superficie fina, semejante a la piel. Al ser introducidas en el sexo, se amoldaban a la forma de éste y se movían a la vez que la mujer, adaptándose sensiblemente a todos los movimientos de los músculos y provocando una excitación mucho más intensa que la del pene o del dedo. A Lilita le hubiera gustado encontrar una bola de ésas y llevarla dentro día y noche.

FIN

viernes, 8 de mayo de 2009

RELATOS ERÓTICOS. LILITH, DE ANÄIS NIN


Cuadro: Apolo y Dafne. Théodor Chasseriau.
Lilith era sexualmente fría y pese a sus fingimientos su marido lo sospechaba. Tal situación dio lugar al siguiente incidente. Lilith nunca tomaba azúcar, por no engordar, y empleaba un sucedáneo: unas minúsculas pildoras blancas que siempre llevaba en el bolso. Un día se quedó sin ellas y pidió a su marido que se las comprara de regreso a casa. Le compró un tubito como el que le había
pedido, y se echó dos pildoras en el café después de cenar.
Estaban sentados juntos, y él la miraba con una expresión de madura tolerancia, que a menudo adoptaba frente a sus explosiones nerviosas, a sus crisis de egoísmo, de autorreproches o de pánico. A todo su dramático comportamiento, el marido respondía con inalterable buen humor y con paciencia. Ella rabiaba sola, se enfadaba sola y sola soportaba grandes trastornos emocionales en los que su esposo no tomaba parte.
Posiblemente, ésas eran otras tantas manifestaciones de la tensión que faltaba entre ellos en el ámbito sexual. El marido rechazaba todos los primarios y violentos desafíos y hostilidades de Lilith; se negaba a entrar en su terreno emocional y a responder a su necesidad de celos, temores y batallas.
Tal vez si hubiera aceptado sus desafíos y jugado los juegos que a ella le agradaban, Lilith hubiera acusado con mayor impacto físico la presencia de su marido. Pero éste no conocía los preludios del deseo sensual ni los estimulantes que ciertas naturalezas salvajes precisan, y así, en lugar de responderle en cuanto veía que se le ponían los pelos de punta, el rostro más vivido, los ojos relampagueantes y el cuerpo electrizado, inquieto como el de un caballo de carreras, se replegaba tras aquel muro de comprensión objetiva, tras aquella amable burla y aceptación, como quien observa un animal en el zoo y sonríe a sus cabriolas, pero no se siente afectado por su estado de ánimo. Era esto lo que dejaba a Lilith completamente aislada, igual que un animal salvaje en un desierto inhóspito.
Cuando le daba un acceso de furia y su temperatura aumentaba, el marido se esfumaba. Era como una especie de cielo suave que la mirase desde la altura, esperando que la tormenta pasara por sí sola. Si él hubiera aparecido al otro extremo de aquel desierto, como si fuera otro animal salvaje, y se hubiera enfrentado a ella con la misma tensión electrizante de pelo, piel y ojos, si hubiera aparecido con el mismo cuerpo salvaje, pisando fuerte y esperando el menor pretexto para saltar, abrazarla con furia, sentir la calidez y la fuerza de su oponente, ambos hubieran podido rodar juntos, y las mordeduras habrían
podido ser otras, el ataque se habría transformado en abrazo y los tirones de pelo habrían acabado por unir sus bocas, sus dientes, sus lenguas. Llevados por la furia, sus genitales habrían entrado en contacto, encendiendo chispas, y ambos cuerpos se hubieran penetrado mutuamente como final de tan formidable tensión.

Continuará

jueves, 30 de abril de 2009

POESÍA ERÓTICA. HIROSHIMA MON AMOUR. RODOLFO ALONSO


Cuadro: Hada bajo el cielo estrellado. Falero



Una mujer desciende envuelta en
desesperado orgullo del aire de su casa
como hija de la lástima feroz de la furia
pequeña provincial
el mundo contento arde quieto a su alrededor
canta en el interior de esa mujer el mundo
como una boca de fuego
un hombre lejano la contempla con ojos de
desesperado amor
ese hombre es otros hombres es el mismo
amor cantando para sobrevivir
el mundo contento arde veloz a su alrededor
canta en el interior de ese hombre el mundo
como una boca de fuego
cuando la palabra amor no tenga necesidad
de ser pronunciada
amor en todos los cuerpos desesperados
ardiendo tranquilos
el mundo contento como una boca de fuego
una mujer y un hombre lentamente a su
alrededor.


Rodolfo Alonso

domingo, 26 de abril de 2009

Madame Bovary. Flaubert. (Fragmentos)


La siesta
Autor: Pierre Bonnard1867-1945


Al día siguiente fue para Emma un día fúnebre. Todo le pareció envuelto en una atmósfera negra que flotaba confusamente sobre el exterior de las cosas, y la pena se hundía en su alma con aullidos suaves, como hace el viento en los castillos abandonados. Era ese ensueño que nos hacemos sobre lo que ya no volverá, el cansancio que nos invade después de cada tarea realizada, ese dolor, en fin, que nos causa la interrupción de todo movimiento habitual, el cese brusco de una vibración prolongada.
Como el regreso de la Vaubyessard, cuando las contradanzas le daban vueltas en la cabeza, tenía una melancolía taciturna, una desesperación adormecida. León se le volvía a aparecer, más alto, más guapo, más suave, más difuso; aunque estuviese separado de ella, no la había abandonado, estaba allí, y las paredes de la casa parecían su sombra. Emma no podía apartar su vista de aquella alfombra que él había pisado, de aquellos muebles vacíos donde se había sentado.
...
¡Qué buenas jornadas de sol habían tenido!...Él leía en voz alta, descubierto, sentado en un taburete de palos rústicos; el viento fresco de la pradera hacía temblar las páginas del libro y las capuchinas del cenador...¡Ah!¡se había ido el único encanto de su vida, la única esperanza posible de felicidad!¿Cómo no se había apoderado de aquella ventura cuando se le presentó?¿Por qué no lo había retenido con las dos manos, con las dos rodillas, cuando quería escaparse? Y se maldijo por no haber amado a León; tuvo sed de sus labios. Le entraron ganas de correr a unirse con él, de echarse en sus brazos, de decirle: "¡Soy yo, soy tuya!" Pero las dificultades de la empresa la contenían, y sus deseos, aumentados con el disgusto, no hacían sino avivarse más.
Desde entonces aquel recuerdo de León fue como el centro de su hastío; chisporroteaba en él con más fuerza que en una estepa de Rusia, un fuego de viajeros abandonado sobre la nieve. Se precipitaba sobre él, se acurrucaba contra él,.....ella lo recogía todo y lo utilizaba todo para aumentar su tristeza.
Sin embargo, las llamas se aplacaron, bien porque el fuego se agotase por sí mismo, o porque su acumulación fuese excesiva. El amor, poco a poco, se fue apagando por la ausencia, la pena se ahogó por la costumbre; y aquel brillo de incendio que teñía de púrpura su cielo pálido fue llenándose de sombra y se borró gradualmente. En su conciencia adormecida, llegó a confundir las repugnancias hacia su marido con aspiraciones hacia el amante, los ardores del odio con los calores de la ternura; pero, como el huracán seguía soplando ....
....
....(páginas después, y después de conocer a Rodolphe)
...
León, con paso grave, caminaba junto a la pared. Jamás la vida le había parecido tan buena. Ella iba a venir enseguida, encantadora, agitada, espiando detrás las miradas que la seguían, y con su vestido de volantes, sus impertinentes de oro, sus finísimos botines, con toda clase de elegancias de las que él no había gustado y en la inefable seducción de la virtud que sucumbe. La iglesia, como un camarín gigantesco, se preparaba para ella; las bóvedas se inclinaban para recoger en la sombra la confesión de su amor....
Sin embargo, no aparecía. León se acomodó en una silla y sus ojos se fijaron en una vidriera azul donde se veían unos barqueros...., mientras que su pensamiento andaba errante en busca de Emma.
El guarda, un poco apartado, se indignaba interiormente con aquel individuo, que se permitía admirar por su cuenta la catedral. Le parecía que se comportaba de una manera monstruosa, que le robaba en cierto modo, y que casi cometía un sacrilegio.
Pero un frufú de seda sobre las losas, el borde de un sombrero, una esclavina negra...¡Era ella! León se levantó y corrió a su encuentro.
Emma estaba pálida, caminaba de prisa.
-¡Lea!-le dijo tendiéndole un papel-..¡Oh.no!
Y bruscamente retiró la mano....
...
Ya se levantaba y se iban a marchar cuando el guardia se acercó decidido, diciendo:
-¿La señora, sin duda, no es de aquí?¿La señora desea ver las curiosidades de la iglesia?
-¡Pues no!-dijo él.
-¿Por qué no?-replicó ella.
Pues ella se agarraba con virtud vacilante a la Virgen, a las esculturas, a las tumbas, a todos los pretextos.
Entonces, para seguir un orden, el guardián les llevó hasta la entrada, cerca de la plaza, donde mostrándoles con su bastón un gran círculo de adoquines negros, sin inscripciones ni cincelados, dijo majestuosamente:
-Aquí tiene la circunferencia de la gran campana de Amboise. Pesaba cuarenta mil libras. No había otra igual en toda Europa. El obrero que la fundió murió de gozo...
-Vámonos-dijo León.
.....
El inagotable guía continuaba...
.....
-¡Ah! ¡León!...Verdaderamente..., no sé... si debo...
Ella estaba melindrosa. Después en un tono serio:
-No es nada decente, ¿sabe usted?
-¿Por qué-replicó él-. ¡Esto se hace en París!
Y estas palabras, como un irresistible argumento, le hicieron decidirse.
...
...por fin apareció el coche.
...
-¿Adónde va el señor?-preguntó el cochero.
-¡Adonde usted quiera!-dijo León metiendo a Emma dentro del coche.
Y la pesada máquina se puso en marcha.
...
-¡Siga!
...
-¡No, siga recto!-dijo una voz que salía del interior.
...
-¡Siga caminando!-exclamó la voz con más furia.
....
Volvió atrás; y entonces sin rumbo ni dirección, al azar, se puso a circular de un lado para otro. ....De vez en cuando el cochero...y oía detrás exclamaciones de cólera...
Después, hacia las seis, el coche se paró....y se apeó de él una mujer con el velo bajado que echó a andar sin volver la cabeza.
(Vuelve con Charles, su marido. Muere su suegro)
....
....y con la mayor sangre fría del mundo, añadió:
-No me fío demasiado. ¡Los notarios tienen tan mala fama! Quizás habría que consultar...No conocemos más que ...¡Oh!, nadie.
-A no ser que León...-replicó Charles, reflexionando.
Pero era difícil entenderse por correspondencia. Entonces Emma se ofreció a hacer aquel viaje. Charles se lo agradeció. Ella insistió. Fue un forcejeo de amabilidades mutuas. Por fin, ella exclamó en un tono de enfado ficticio:
-No, por favor, yo iré.
-¡Qué buena eres!-le dijo besándole en la frente.
Al día siguiente tomó "L'Hirondelle" para ir a Rouen a consultar al señor León; y se quedó allí tres días.
Capítulo III (Tercera parte)
Fueron tres días plenos, deliciosos, espléndidos, una verdadera luna de miel.
Estaban en el "Hôtel de Boulogne", en el puerto. Allí vivían, con las contras y las puertas cerradas, con flores por el suelo y bebidas heladas que les traían por la mañana temprano.
....
...Su vestido negro, cuyos pliegues se ensanchaban en abanico, la hacía más delgada y más alta. Tenía la cabeza erguida, las manos juntas y los ojos mirando al cielo. A veces la sombra de los sauces la ocultaba por completo, luego reaparecía de pronto como una visión a la luz de la luna.
León, en el suelo, al lado de ella, encontró bajo su mano una cinta de seda color rojo vivo.
El barquero la examinó y acabó por decir:
-¡Ah!, puede que sea de un grupo que paseé el otro día. Vinieron un montón de comediantes, señores y señoras, con pasteles, champán, cornetines, y toda la pesca; había uno sobre todo, un mozo alto y guapo, con bigotito, que era muy divertido, y decían algo así: "Vamos, cuéntanos algo...Adolphe...Dodolphe...", me parece.
Emma se estremeció.
...(Continuará...)