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domingo, 24 de mayo de 2009

POESÍA ERÓTICA. Carne, celeste carne de la mujer. Rubén Dario


Cuadro: Desnudo de Espaldas. Modigliani



¡Carne, celeste carne de la mujer!
Arcilla-dijo Hugo-, ambrosía más bien,
¡oh maravilla!,la vida se soporta,

tan doliente y tan corta,

solamente por eso:roce, mordisco o beso

en ese pan divino

para el cual nuestra sangre es nuestro vino.

En ella está la lira,

en ella está la rosa,

en ella está la ciencia armoniosa,
en ella se respira
el perfume vital de toda cosa.
Eva y Cipris concentran el misterio

del corazón del mundo.

Cuando el áureo Pegaso
en la victoria matinal se lanza
con el mágico ritmo de su paso
hacia la vida y hacia la esperanza,
si alza la crin y las narices hincha
y sobre las montañas pone el casco sonoro
y hacia la mar relincha,
y el espacio se llena
de un gran temblor de oro,
es que ha visto desnuda a Anadiomena.

viernes, 30 de enero de 2009

POESÍA ERÓTICA, ALTA MAREA.ENRIQUE MOLINA

Cuadro: La perla y la ola, Paul Baudry


Cuando un hombre y una mujer que se han amado
se separan
se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de
las piedras sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro relámpago humano que aprisiono un instante
el furor de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto con la palidez de la
tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de la tormenta
el hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles o enfundados en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros
cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta el techo
los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma de los días
indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas insaciables
esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta
en otro cielo en otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal como un enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo
marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol
de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta
éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo del mundo desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca
de las aguas y de los campos con las violencias de este planeta que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta y el cabo de Manila fue recogido
todo termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa
unos labios lavados por el diluvio
y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia
del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y
sin raíces
cuando un hombre y una mujer que se han amado
se separan.


martes, 20 de enero de 2009

POESÍA ERÓTICA. "AMANTES". BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO

"La venus durmiente". Luca Giordano



Ved en sombras el cuarto, y en el lecho

desnudos, sonrosados, rozagantes,

el nudo vivo de los dos amantes

boca con boca y pecho contra pecho.


Se hace más apretado el nudo estrecho,

bailotean los dedos delirantes,

suspéndese el aliento unos instantes...

y he aquí el nudo sexual deshecho.


Un desorden de sábanas y almohadas,

dos pálidas cabezas despeinadas,

una suelta palabra indiferente,

un poco de hambre, un poco de tristeza,

un infantil deseo de pureza

y un vago olor cualquiera en el ambiente.


BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO

sábado, 17 de enero de 2009

RELATOS ERÓTICOS. GEORGETTE DUVERNOIS-DESBORDES. La Medusa encapuchada que amó a Luis XI


Los clásicos son lúdicos y eróticos. Se expresan con la misma franqueza con que puede hacerlo un Henry Miller. Aristófanes, por ejemplo, nos habla de “…la mensajera/(que) levanta primero las piernas y yo la travieso” (los pájaros, V, 1255, muy citado en erotología). Repite una de las posturas eróticas registradas por Carl Forber (1770-1848) en Apophereta, libro que inspiró el Erotischen Kunst (1912) de Eduard Fuchs.
El juego del homo ludens se convierte en la ingenuidad del homo eroticus. Ejemplo de esta metamorfosis la hallamos en Les cents nouvelles nouvelles, relatos atribuidos al príncipe Luis XI, después rey de Francia. En uno de estos, el marido, sorprende a su mujer con un amante. Avanza lleno de ira hacia el lecho. El amante tapa la cabeza de la dama y levanta las cobijas para que el marido vea sólo la desnudez de la mujer y se convenza de que no se trata de la que él cree, sino de otra con la que el agraviado no tiene ningún parentesco. Incluso, le hace acariciar un par de veces las nalgas de la mujer. El marido, turbado, opta por retirarse.
Este libro se publicó en inglés con el título de One Hundred Merrie and Deligthsome Stories (Cien alegres y sabrosos relatos). Por último, Les Cent Nouvelles Nouvelles fueron publicadas en París en 1899. De esta edición se pierde toda noticia al respecto. Luis XI, al escribir estos relatos, siguió la tradición; lo mismo hizo Bocaccio en el Decamerón.
Se recuerda, sin embargo, que el relato del marido celoso fue un hecho vivido por el propio Luis XI, con una mujer de la corte, llamada Georgette Duvernois-Debordes, rubia, de mediana estatura, con ojos “más celestes que el cielo” en la expresión de Jules Deschamps.
La variante, esquematizándola, nos habla de que vuelto el caballero a su casa después de haber tocado el cuerpo desnudo (con la cabeza tapada), cuyo honor debió a la magnificencia del príncipe, le dice a su cónyuge que ha visto la más bella mujer desnuda jamás imaginada. Algo que sólo a los ángeles les estaba permitido ver, especialmente “las ebúrneas nalgas florecidas” que Afrodita envidiaría. Las nalgas y “la dulce herida” que llevaba al paraíso.
Lo que no sospechaba el marido engañado es que ella había tenido tiempo de regresar adelantándose hábilmente a su llegada.
En otra variante sobre el mismo relato, realizada por Araäljib, el amante le dice al marido: “si además de tocar, quieres gozarla, no hay ningún inconveniente. Lo único que no debes hacer es destapar su cabeza, porque sobre ella pesa una maldición. Quien vea su cabellera queda ciego. Sólo está destinada a que la posean pero quedan condenados los que pretendan verla tal cual es”.
El marido, dice Araäljib, impulsado por la hermosura de esa desnudez vacila un instante. Pero el amante salva la situación con estas palabras:
“Es mejor que no te acuestes. En el ardor puede ella misma destaparse el rostro. Entonces, nadie te salvará de la maldición”.
Oído esto, el marido que había comenzado a desabrocharse, resuelve arreglarse en el toilette contiguo al dormitorio. Este es el instante que aprovecha la mujer para salir precipitadamente por otra puerta, sospechando que el marido irá a la casa en busca de ella.
Araäljib nos recuerda que este relato llevaba el título de El reverso de la medalla.

viernes, 2 de enero de 2009

POESÍA ERÓTICA. SE ME HA PERDIDO UN HOMBRE...CARILDA OLIVER LABRA. RECITA PILAR ROJAS


Cuadro: Eva, de Lucien Levy-Dhurmier

Se me ha perdido un hombre.

Y lo busco por cifras y guitarras,
por hierbas y entrepisos,
en el cielo,
en la tierra,
dentro de mí.

Se me ha perdido un hombre.

Y me quedo temblando
como quien no come sino polvo,
como quien ya extravió la sombra.

Pero no,
que no,
que no me ayudan a buscarlo.
¿A quién le importa si su mirada ha derrotado el
tiempo?
¿A quién le importa aquella piel
con ganas
de la luz?
¿A quién le importan unos labios transparentes
que no tuvieron hambre,
unas piernas que sólo corrían al amor?

Se me ha perdido un hombre.

Y todos ríen,
se entretienen,
sudan,
mastican
se desenvainan por las noches;
despreciativos,
inefables,
maromeros,
unánimes,
como si sólo se hubiese caído un alfiler
o la hoja más seca
del árbol del bien y del mal,
como si la muerte no hubiera entrado
a destiempo
en nuestra casa.
Y yo pensando que era demasiado joven,
que reunía láminas y piedras,
pedacitos de mundo,
hierros,
cosas del mar.
Yo pensando en su grandeza
de criatura,
en cómo miraba a Venus al atardecer,
en cómo cayó en la trampa.

Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.

Se me ha perdido un hombre.

¡Ayúdenme a buscarlo!
Pronto...
Siento frío.

Aquí no hay lámparas ni claves,
no tengo redes
ni computadoras.
no tengo flechas ni radares.
¿Dónde estás?
¿Intenta ser mi sombra el desvalido?
¿Se me ha vuelto invisible entre gusanos?

miércoles, 31 de diciembre de 2008

RELATOS ERÓTICOS. MYRIAM DE AQUITANIA. Los secretos del cinturón de castidad.


Cuadro: Tristan e Isolda, de Leighton.
Rudel de Aquitania, obcecado durante las cruzadas en acompañar a su padre Guillermo IX, dejó a Myriam, su mujer al cuidado del caballero August D’Almacourt. Confiaba plenamente en este por dos razones. D’Almacourt había sido mutilado en una batalla ganada por los sarracenos. Había perdido el trigémino sexual y, por lo tanto, no tenía posibilidades de dedicarse a la melancolía. La otra razón se fundaba en el cinturón de castidad, fabricado con “cuero de toro curtido a la intemperie lunar”, según lo consigna Ferdinand Lodge en The Human Sexe (1713).
Este cinturón de castidad, siempre según el relato de Lodge, cubría el sexo de Myriam por ambos lados, mientras cuatro correas cruzadas, mientras cuatro correas cruzadas se prolongaban cubriéndole la cintura. Hacia delante había un orificio de medio centímetro para orinar. Y hacia atrás, una solapa con candado, que ocultaba el otro orificio de un centímetro y medio para facilitar la expulsión de las heces”. En estos casos, Myriam debí pedirle a D’Almacourt que utilizara la llave para bajarle la solapa trasera.
Cómo se ve, no había peligro de infidelidad. Las correas, a su vez, estaban remachadas en el cuero que ceñía la cintura, y no había manera de “hacerse la loca” para burlar a su señor. Era todo un artificio diabólico para medir el ingenio de las damas de la Edad Media.
Aquí comienza el drama, que relata a su vez Anthony Jonson en The Family History (1725), completando los datos de Lodge sobre este célebre caso. Myriam amaba a Jean de Villet. Integrante de la secta de Los Ángeles del camino (salteadores al servicio de los señores feudales) Éste sabía que Rudel de Aquitania había marchado hacia la tierra de los infieles con un séquito de mujeres para su placer. Le propuso, entonces, una justiciera infidelidad, a pesar del cinturón de diana, vengarse en tales eventos era lo más adecuado para castigar al déspota.
Myriam cedió a los requerimientos de Villete, y una noche, aprovechando la borrachera de D’Almacourt, le pidió le abriera la solapa del trasero, porque se hallaba descompuesta. D’Almacourt accedió al pedido de la dama y se echó en el primer jergón que halló su paso para seguir acariciando sus ronquidos. El marqués de Sade, que conoció esta historia (hecho no confirmado por Gilbert Lely) recordó intencionadamente en el asilo de Chareton, estos versos:
Tú, que de las sectas conoces el secreto
Dime ¿qué dogma es hacerse perforar?
Marcial IX, 48
Lo cierto es que Myriam llevó a Villet a la torre del castillo, donde comenzó el enigma más notable de los cinturones de castidad. El caballero verificó la entrada del cráter. Pero ¿cómo introducirse en él sin peligro de suicidarse? Las emanaciones sulfurosas indicaban la proximidad del fuego. Sólo eso. Lo demás era imposible en un desfiladero que comenzaba con un orificio de un centímetro y medio en el cuero protector. No había espacio para emprender la travesía en el jumento. Aníbal escalando los Alpes no hubiera sido tan desdichado. Tres horas trabajó en vano Jean de Villet, hasta que al fin, según Anthony Jonson, “dio repentinamente con la solución al ver la delgadez de una lombriz que se arrastraba por entre las piedras del piso”.
Allí estaba la solución sugerida por el insecto, que Jonson remitió a la inteligencia del lector. La lombriz, adelgazaba y se inflaba para sortear los vericuetos del piso. Había que penetrar por lo tanto, desinflado para engordar en el castillo de Venus que Rabelais confundió con el séptimo cielo de los truenos. Jean de Vilet, tuvo de este modo la evidencia, y con ella la fama inalterable de ser el primer violador de los cinturones de castidad. En el monumento que le erigieron, Andrea Lamborghi esculpió una lombriz alimentándose de lentejas.
Final.
Cuando Rudel de Aquitania volvió de la cruzada, en 1275, halló a Myriam embarazada. Esperó que diera a luz, y luego la hizo emparedar. Jean de Villete fue previamente decapitado, D’Almacourt condenado al exilio. El hijo de Myriam, a su vez, al cumplir 14 años, asesinó de un hachazo a Rudel de Aquitania cuando este dormía con una de sus amantes. Dijo el Marqués de Sade en Justine: “Perforar es fácil, perder la cabeza es un pecado”
DEL LIBRO: MUSAS, PUTAS Y OTRAS DAMAS, DE JUAN JACOBO BAJARLÍA.

domingo, 28 de diciembre de 2008

RELATOS ERÓTICOS. LOS DESIERTOS DEL AMOR


Cuadro: Gustav Klimt. Adán y Eva
Se trata, ciertamente, del mismo paisaje. La misma casa campestre de mis padres: el mismo salón encima de cuyas puertas alternaban las pinturas bucólicas chamuscadas, con armas y leones. Para la cena se convierte en un salón con candelabros y vinos y plafones rústicos de madera. La mesa del comedor es muy grande. ¡Las sirvientas! Había muchas según recuerdo. -También estaba uno de mis jóvenes amigos antiguos, cura y vestido de cura; veo ahora que para sentirse más libre. Recuerdo su cuarto púrpura, con vidrios de papel amarillo: y sus libros, ocultos, que habían remojado los océanos.
Yo vivía abandonado en esta casa de campo sin fin: leyendo en la cocina, dejando que se secara el barro de mi ropa en presencia de los huéspedes durante las conversaciones en el salón: conmovido hasta la muerte por el murmullo que producía la hora de tomar la leche por la mañana y por la noche, a la manera del siglo pasado.
Estaba en una habitación muy oscura: ¿qué hacía? Una sirvienta vino junto a mí: puedo decir que parecía un perrito: aunque fuese muy bonita y de una lealtad maternal inexpresable para mí: pura, conocida, encantadora... Me pellizcó el brazo.
Ni siquera recuerdo bien su figura: ni puedo recordar su brazo del que retorcía la piel con mis dos dedos; ni su boca que la mía atrapó como una pequeña ola desesperada, derrumbando sin cesar alguna cosa. La revolqué sobre una canasta de almohadones y de telas de barco, en un rincón oscuro. No recuerdo más que su pantalón de blancos encajes.
Luego ¡oh desespero!, el tabique se convirtió vagamente en la sombra de los árboles, y me abismé en la tristeza amorosa de la noche.
***
Ahora es la mujer que vi en la ciudad, y a la que he hablado y que me habla.
Yo estaba en una habitación, sin luz. Vinieron a decirme que ella estaba en mi cuarto: y la vi en mi cama, toda para mí ¡sin luz! Me emocioné mucho porque se trataba de la casa de mi familia: también porque la angustia se apoderó de mí. Yo estaba en andrajos y ella era una mujer de mundo que se entregaba: ¡tendría que marcharse! Una angustia sin nombre: la cogí y la dejé caer de la cama, casi desnuda; y, en mi flaqueza indecible, caí sobre ella y me arrastré con ella por las alfombras, sin luz. La lámpara de la familia enrojecía una tras otra las habitaciones vecinas. Entonces, la mujer desapareció. Derramé más lágrimas de las que Dios pudiese jamás pedirme.
Salí por la ciudad sin fin. ¡Oh fatiga! Ahogado en la noche sorda huyendo de la felicidad. Era como una noche de invierno con una nieve para ahogar el mundo decididamente. Los amigos, a los que grité, dónde está ella, respondieron falsamente. Estuve delante de los escaparates a donde ella va todas las tardes: corría por un jardín oculto. Fui rechazado. Lloré enormemente por todo esto. Al final descendí a un lugar lleno de plovo. Y sentado sobre unas maderas , dejé correr todas las lágrimas de mi cuerpo por esta noche. Mi agotamiento, volvía siempre a mí, no obstante.
He comprendido que ella seguía con su vida de todos los días; y que el turno de su favor tardaría más en producirse que no tarda una estrella. No ha vuelto y no volverá jamás la adorable que había venido a mi casa -cosa que jamás hubiese presumido-. De veras, esta vez he llorado más que todos los niños del mundo.
1862 Arthur Rimbaud

viernes, 26 de diciembre de 2008

POEMAS ERÓTICOS. DESNUDO


Cuadro de Tamara de Lempicka


Desnudo eres hermoso como una lágrima de luna,

desnudo eres azul y te confundes con la noche.
Desnudo te pareces a una roca tallada por la mano

de un dios concupiscente.
Todo es en ti belleza,

y yo que no puedo dejar de nombrarte,

yo que al juntar mis párpados te veo aparecer

y me encegueces,

yo que guardo tu imagen prendida en mi retina

incandescente,

yo que te esperé siempre,

yo que te llamo desde las nubes del cielo o del infierno…

¡Asáltame esta noche!

atraviesa los puentes de mi anhelo,

derriba las cancelas de mi sexo,

rómpeme el corazón en mil fragmentos

¡Llámame puta y noche, y misterio!,

llámame amor, dime que sí

y estarás muerto:

no se rinde la araña cuando atrapa a la mosca
en su seno;

no se rinde en tu sangre mi veneno

vamos dime que sí, mi amor.

Desnudo eres hermoso como un verso,

desnudo eres mi aliento.


Del libro de próxima edición Poemas Afrodisíacos, de Alejandra Menassa de Lucia
Si quieres escuchar el poema recitado por la autora, puedes hacerlo aquí:

martes, 16 de diciembre de 2008

LA ADÚLTERA. RELATOS ERÓTICOS


Grabado de Picasso: La mujer y la fauna
La señora Felipa, es sorprendida en compañía de su amante por su marido, que la acusa ante el juez. Ella se libra de toda condena mediante una respuesta pronta y atinada, y logra que se modifique la ley establecida contra las mujeres adúlteras. La reina indicó a Filostrato para que hiciera uso de la palabra. Este obedeció enseguida y habló así: "Amigas, es muy bonito saber hablar bien, pero yo creo que todavía es más hermoso saberlo hacer cuando se presenta la necesidad de ello. Esto es lo que hizo una dama de la que os voy a hablar ahora quien no solamente hizo reír a todos cuantos la oían, sino que se libro por ese medio, de una muerte humillante, según vais a ver. En la ciudad de Prato existía en otro tiempo una ley contra las mujeres, que era no menos injusta que cruel, pues condenaba sin excepción a ser quemadas vivas a aquellas que hubieran sido sorprendidas por sus maridos en flagrante delito de adulterio o que se abandonasen por dinero a otros hombres.
Mientras aquella ley estaba en vigor, sucedió que una joven más enamorada que ninguna otra, y que se llamaba Felipa, fue sorprendida una noche en su alcoba por Rinaldo de Puglieri, su marido, en brazos de Lazarino de Quasdagliotti, noble y bello gentilhombre de aquella ciudad, a quien dicha mujer amaba como a ella misma.
Ante semejante afrenta, el marido, todo indignado, bastante hizo con no precipitarse sobre los dos amantes para darles muerte. El temor que sintió por su persona le contuvo.
Más aquello que no hizo él, quiso que lo hiciera la ley, que al ordenar que su esposa fuera quemada viva, le vengaba de la ofensa que acababa de recibir.
Por lo cual, como tuviera bastantes pruebas para demostrar la infidelidad de la que había sido objeto, marchó en cuanto amaneció a demandar a su esposa y hacer que fuera detenida, sin tomar consejo de nadie.
Los parientes y amigos de Felipa, aconsejaron a esta que no compareciera ante el tribunal, pero ella, que tenía un gran corazón, como todas las que saben amar, prefirió morir valientemente confesando la verdad, que no huir y vivir vergonzosamente en el destierro, mostrándose indigna del amante en cuyos brazos había sido sorprendida aquella noche.
Dirigióse pues, al tribunal, acompañada `por algunos hombres y mujeres que la aconsejaban no hiciese semejante cosa. Preguntó al juez, una vez que estuvo ante él y con tono sereno y firme qué quería. El juez se puso a mirarla y admirando su belleza y distinguidas maneras, juzgó, por su firmeza, que debía tener un elevado espíritu, no obstante, no tendría él otro remedio que condenarla a muerte. Le dijo:
-Señora, he aquí que Rinaldo, vuestro marido, se queja de vos y dice haberos sorprendido con otro hombre, cometiendo delito de adulterio. Quiere que se os aplique con todo rigor una ley que hemos creado, condenándoos por tanto a muerte. Yo no puedo decidir nada hasta que vos no hayas confesado vuestro delito. Ved, pues, lo que habéis de contestar y si estáis dispuesta a decir que es verdad lo que vuestro marido os imputa. La joven, sin vacilar lo más mínimo repuso, bromeando.
-Cierto es señor, que Rinaldo es mi marido, y que esta noche me ha encontrado en brazos de Lazarino, en compañía del cual me ha podido hallar otras veces, pues le amo con todo mi corazón. No pretendo negarlo. Pero vos sabéis, estoy segura, que las leyes deben ser hechas por aquellos a quienes conciernen: No ha sucedido eso con aquella por la que voy a ser castigada. Dicha ley es muy rigurosa tan sólo con las mujeres, que en amor pueden por cierto dar gusto a muchos, y además ha sido hecha sin consultar a ninguna mujer, pues ninguna ha dado su consentimiento para ponerla en vigor. Debe por tanto, ser considerada en buen derecho como viciosa e injusta. Si la cumplís a costa de mi vida y de vuestra conciencia, eso sólo a vos concierne, pero antes de pronunciar vuestra sentencia, os suplico que me concedáis una gracia y es la de que preguntéis a mi marido si alguna vez y en tantas ocasiones como ha tenido bien solicitarlo, me he negado a satisfacer sus deseos.
Rinaldo, sin esperar a que el juez le hiciera la pregunta, repuso que su mujer no se había negado nunca a sus deseos.
La joven entonces prosiguió.
-Y ahora os pregunto señor juez. ¿es que una vez que mi marido ha tomado de mí cuanto le era necesario y le venía en gana, no puedo yo disponer del resto. ¿Es que debería habérselo arrojado a los perros? ¿No es más razonable que se lo haya dado a un gentilhombre que me adora, que no dejarlo perder o estropear?
Aquél juicio produjo tanto ruido y la señora Felipa, se hizo tan célebre, que casi todos los habitantes de Prato asistieron a los debates. Al escuchar tan divertido pleito, todos los asistentes, después de reír mucho, estuvieron unánimes en que la mujer tenía razón. De tal suerte, que aquella ley tan rigurosa fue modificada por consejo del juez, en el sentido de que sólo se aplicase contra aquellas mujeres que por un motivo sórdido de interés engañaran a sus maridos.
Con lo cual Rinaldo dejó la sala del juicio todo confuso por su fracaso en su loca empresa. Y su mujer, muy alegre y satisfecha, regresó triunfante a su casa, segura de haber escapado a la pira.”
Del Libro El Decamerón, de Bocaccio
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