martes, 29 de diciembre de 2009

POESÍA ERÓTICA. RAFAEL ALBERTI. SONETOS CORPORALES v


Cuadro: George Watts. Unas muchachas recogen flores.


Por allí hondo, una humedad ardiente;
blando, un calor oscuro el que allí hervía;
sofocado anhelar el que se hundía,
doblándose y muriendo largamente.

Labios en labios que no ataca diente

lengua en garganta que se corta, umbría;
áspero alrededor, fiera porfía
por morder lo imposible de la fuente.

Fiera porfía, ya que ni a la hembra más hembra ni al varón más varón dieron otra cumbre que ser sembrado y siembra,

pues lo demás, ¡Oh cuerpos desvelados!
son fulgores que al alba se perdieron
en un súbito arder, desesperados.


Rafael Alberti

sábado, 31 de octubre de 2009

POESÍA ERÓTICA. BESOS. GABRIELA MISTRAL

Cuadro: Diana y Calisto. Jean-Baptiste Marie

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.

Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.

Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.

Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.

Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.

Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.

Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.

Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.

Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.

¿Te acuerdas del primero...? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenaron sé de lágrimas tus ojos.

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos... vibró un beso,
y qué viste después...? Sangre en mis labios.

Yo te enseñe a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.


Gabriela Mistral

viernes, 23 de octubre de 2009

POESÍA ERÓTICA. VIVIRNOS. VICENTE ALEIXANDRE.


Cuadro: Desnudo. Julio Romero de Torres

No me digas que esta noche tu presencia murmurada,

tu casi invisible presencia,

de tan rumorosa que me eres,

de tan silenciosa y sonreída que esta noche te siento.

Aquí, tendida a mi lado,

como casi una nota musical suspendida;

en medio del silencio de la noche,

cuando nadie sospecha tu presencia, una luz

que silenciosa, que adelgazadamente ha irrumpido.

Dime. Callemos... ¿Qué es el amor? Vivirnos.

Vivirnos día a día. Son años, Son un minuto. Son el inmóvil

discurrir de la vida.

Quietos,

vemos pasar el tiempo. Corriente

parada, paradísima, milagrosa, donde tú estás eternamente juvenil.

mientras yo te contemplo, yo me vivo, trabajo,

amaso mi vida contra aquello que pasa. Soy lo que pasa.

Pero no paso, abrazado

a ti, a tu estar, a tu sonreír, a tu existir sin medida.

Oh silencio suspenso donde milagrosamente una nota resuena.

Una gota de agua que en la oscuridad nunca cede,

nunca cae, y en la cueva indecible misteriosamente brilla.

Brillo, vida, amor mío, presente continuo que en la cueva

del amor me recrea.

Oigo fuera los tiempos. Oigo el embate cruel de las

amontonadas espumas,

y siento aquí el aire parado, el frío delgado del aire inmóvil

de la cueva sublime,

y allí tú, delicada perla que por siglos viniste,

gota mirífica donde con el solo brillo interior

interminablemente resplandeces.

Carne, alma mía, verdad concreta, cuerpo precioso.

Clara tú, clara siempre, que a mí dadivosamente has sido pronunciable.

Pronunciarte, decirte, con tu bulto adorarte,

montón real, continuamente vivido como una verdad

confesada.

Mi confesión, mi dulce ser, mi dulce estar, mi vida sola,

tú, mi perpetua manifestación hasta el fin de mi vida.

Vicente Aleixandre

martes, 20 de octubre de 2009

POESÍA ERÓTICA. AMARANTA. RAFAEL ALBERTI


AMARANTA


... calzó de viento ...
GÓNGORA

Rubios, pulidos senos de Amaranta,
por una lengua de lebrel limados.
Pórticos de limones, desviados
por el canal que asciende a tu garganta.

Rojo, un puente de rizos se adelanta
e incendia tus marfiles ondulados.
Muerde, heridor, tus dientes desangrados,
y corvo, en vilo, al viento te levanta.

La soledad, dormida en la espesura,
calza su pie de céfiro y desciende
del olmo alto al mar de la llanura.
Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende,
y gladiadora, como un ascua impura,
entre Amaranta y su amador se tiende.
*Cuadro de Théodore Chasseriau

lunes, 19 de octubre de 2009

Poesía erótica. Y ADÁN ABRAZÓ A EVA. VICENTE HUIDOBRO



Y Adán abrazó a EVA
Y al estrecharla entre sus brazos
Creyó que abrazaba toda la tierra.

Y allí, en medio de los campos,
Debajo de las ramas,
En pleno contacto con la tierra se juntaron
Sus cuerpos y sus almas,
Y Eva sintió que rugían
De placer sus entrañas
Cuando Adán afiebrado vertía
En ella el germen de la vida.

¡Oh instante solemne y profundo!
Instante supremo
Más grande que todo el universo
¡Oh apertura del amor en el mundo!



domingo, 18 de octubre de 2009

ORILLAS DE TU VIENTRE...


Cuadro: Julio Romero de Torres. Chiquita Piconera.

¿Qué exaltaré en la tierra que no sea algo tuyo?

A mi lecho de ausente me echo como a una cruz

de solitarias lunas del deseo, y exalto

la orilla de tu vientre.

Clavellina del valle que provocan tus piernas.

Granada que ha rasgado de plenitud su boca.

Trémula zarzamora suavemente dentada

donde vivo arrojado.

Arrojado y fugaz como el pez generoso,

ansioso de que el agua, la lenta acción del agua

lo devaste: sepulte su decisión eléctrica

de fértiles relámpagos.

Aún me estremece el choque primero de los dos;

cuando hicimos pedazos la luna a dentelladas,

impulsamos las sábanas a un abril de amapolas,

nos inspiraba el mar.

Soto que atrae, umbría de vello casi en llamas,

dentellada tenaz que siento en lo más hondo,

vertiginoso abismo que me recoge, loco

de la lúcida muerte.

Túnel por el que a ciegas me aferro a tus entrañas.

Recóndito lucero tras una madreselva

hacia donde la espuma se agolpa, arrebatada

del íntimo destino.

En ti tiene el oasis su más ansiado huerto:

el clavel y el jazmín se entrelazan, se ahogan.

De ti son tantos siglos de muerte, de locura

como te han sucedido.

Corazón de la tierra, centro del universo,

todo se atorbellina, con afán de satélite

en torno a ti, pupila del sol que te entreabres

en la flor del manzano.

Ventana que da al mar, a una diáfana muerte

cada vez más profunda, más azul y anchurosa.

Su hálito de infinito propaga los espacios

entre tú y yo y el fuego.

Trágame, leve hoyo donde avanzo y me entierro.

La losa que me cubra sea tu vientre leve,

la madera tu carne, la bóveda tu ombligo,

la eternidad la orilla.

En ti me precipito como en la inmensidad

de un mediodía claro de sangre submarina,

mientras el delirante hoyo se hunde en el mar,

y el clamor se hace hombre.

Por ti logro en tu centro la libertad del astro.

En ti nos acoplamos como dos eslabones,

tú poseedora y yo. Y así somos cadena:

mortalmente abrazados.


miércoles, 7 de octubre de 2009

Poesía erótica. LUCÍA MARTÍNEZ. FEDERICO GARCÍA LORCA

Lucía Martínez.
Umbría de seda roja.

Tus muslos como la tarde
Van de la luz a la sombra.
Los azabaches recónditos
Oscurecen tus magnolias.

Aquí estoy, Lucía Martínez.
Vengo a consumir tu boca
Y arrastrarte del cabello
En madrugada de conchas.

Porque quiero, y porque puedo.
Umbría de seda roja.

*Cuadro: María Magdalena. Leonardo Da Vinci

lunes, 5 de octubre de 2009

CUANDO HUÍA. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

CUANDO huía, en un vuelo de tocas trastornada,
de la impetuosa voluntad de mi deseo,
se refugiaba en un rincón, como una gata…
pero sus uñas eran más dulces que mis besos…
se le venía el velo hasta los ojos mágicos;
surgían leves rizos del cortado cabello,
rizos que descubrían un jardín imprevisto,
¡aquellos rizos de oro en los ojos inmensos!
Y en la proximidad ardiente del placer de su carne
Me incendiaba el olor de todos sus secretos,

aquel olor más fuerte para mí…y para ella…
¡que el olor de los lirios y el olor del incienso!

*Cuadro: "Pigmalión y Galatea". Jean-Léon Gérome

viernes, 18 de septiembre de 2009

POESÍA ERÓTICA. EL AMOR ASCENDÍA ENTRE NOSOTROS...MIGUEL HERNÁNDEZ




El amor ascendía entre nosotros
como la luna entre las dos palmeras
que nunca se abrazaron.
El íntimo rumor de los dos cuerpos
hacia el arrullo un oleaje trajo,
pero la ronca voz fue atenazada.
Fueron pétreos los labios.
El ansia de ceñir movió la carne,
esclareció los huesos inflamados,
pero los brazos al querer tenderse
murieron en los brazos.
Pasó el amor, la luna, entre nosotros
y devoró los cuerpos solitarios.
Y somos dos fantasmas que se buscan
y se encuentran lejanos.

viernes, 11 de septiembre de 2009

POESÍA ERÓTICA. HUIDOBRO. ALTAZOR Canto II

Cuadro: Venus recogiéndose el cabello. Godward

Mujer el mundo está amueblado por tus ojos
Se hace más alto el cielo en tu presencia
La tierra se prolonga de rosa en rosa
Y el aire se prolonga de paloma en paloma
Al irte dejas una estrella en tu sitio
Dejas caer tus luces como el barco que pasa
Mientras te sigue mi canto embrujado
Como una serpiente fiel y melancólica
Y tú vuelves la cabeza detrás de algún astro
¿Qué combate se libra en el espacio?
Esas lanzas de luz entre planetas
Reflejo de armaduras despiadadas
¿Qué estrella sanguinaria no quiere ceder el paso?
En dónde estás triste noctámbula
Dadora de infinito
Que pasea en el bosque de los sueños
Heme aquí perdido entre mares desiertos
Solo como la pluma que se cae de un pájaro en la noche
Heme aquí en una torre de frío
Abrigado del recuerdo de tus labios marítimos
Del recuerdo de tus complacencias y de tu cabellera
Luminosa y desatada como los ríos de montaña
¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?
Te pregunto otra vez
El arco de tus cejas tendido para las armas de los ojos
En la ofensiva alada vencedora segura con orgullos de flor
Te hablan por mí las piedras aporreadas
Te hablan por mí las olas de pájaros sin cielo
Te habla por mí el color de los paisajes sin viento
Te habla por mí el rebaño de ovejas taciturnas
Dormido en tu memoria
Te habla por mí el arroyo descubierto
La yerba sobreviviente atada a la aventura
Aventura de luz y sangre de horizonte
Sin más abrigo que una flor que se apaga
Si hay un poco de viento
Las llanuras se pierden bajo tu gracia frágil
Se pierde el mundo bajo tu andar visible
Pues todo es artificio cuando tú te presentas
Con tu luz peligrosa
Inocente armonía sin fatiga ni olvido
Elemento de lágrima que rueda hacia adentro
Construido de miedo altivo y de silencio
Haces dudar al tiempo
Y al cielo con instintos de infinito
Lejos de ti todo es mortal
Lanzas la agonía por la tierra humillada de noches
Sólo lo que piensa en ti tiene sabor a eternidad
He aquí tu estrella que pasa
Con tu respiración de fatigas lejanas
Con tus gestos y tu modo de andar
Con el espacio magnetizado que te saluda
Que nos separa con leguas de noche
Sin embargo te advierto que estamos cosidos
A la misma estrella
Estamos cosidos por la misma música tendida
De uno a otro
Por la misma sombra gigante agitada como árbol
Seamos ese pedazo de cielo
Ese trozo en que pasa la aventura misteriosa
La aventura del planeta que estalla en pétalos de sueño
En vano tratarías de evadirte de mi voz
Y de saltar los muros de mis alabanzas
Estamos cosidos por la misma estrella
Estás atada al ruiseñor de las lunas
Que tiene un ritual sagrado en la garganta
Qué me importan los signos de la noche
Y la raíz y el eco funerario que tengan en mi pecho
Qué me importa el enigma luminoso
Los emblemas que alumbran el azar
Y esas islas que viajan por el caos sin destino a mis ojos
Qué me importa ese miedo de flor en el vacío
Qué me importa el nombre de la nada
El nombre del desierto infinito
O de la voluntad o del azar que representan
Y si en ese desierto cada estrella es un deseo de oasis
O banderas de presagio y de muerte
Y ese beso que hincha la proa de tus labios
Y esa sonrisa como un estandarte al frente de tu vida
Y ese secreto que dirige las mareas de tu pecho
Dormido a la sombra de tus senos
Si tú murieras
Las estrellas a pesar de su lámpara encendida
Perderían el camino
¿Qué sería del universo?

jueves, 3 de septiembre de 2009

POESÍA ERÓTICA. MIGUEL HERNÁNDEZ. BOCA



BOCA.

Boca que arrastra mi boca:
boca que me has arrastrado:
boca que vienes de lejos
a iluminarme de rayos.

Alba que das a mis noches
un resplandor rojo y blanco.
Boca poblada de bocas:
pájaro lleno de pájaros.
Canción que vuelve las alas
hacia arriba y hacia abajo.
Muerte reducida a besos,
a sed de morir despacio,
das a la grama sangrante
dos fúlgidos aletazos.
El labio de arriba el cielo
y la tierra el otro labio.

Beso que rueda en la sombra:
beso que viene rodando
desde el primer cementerio
hasta los últimos astros.
Astro que tiene tu boca
enmudecido y cerrado
hasta que un roce celeste
hace que vibren sus párpados.

Beso que va a un porvenir
de muchachas y muchachos,
que no dejarán desiertos
ni las calles ni los campos.

¡Cuánta boca enterrada,
sin boca, desenterramos!

Beso en tu boca por ellos,
brindo en tu boca por tantos
que cayeron sobre el vino
de los amorosos vasos.
Hoy son recuerdos, recuerdos,
besos distantes y amargos.

Hundo en tu boca mi vida,
oigo rumores de espacios,
y el infinito parece
que sobre mí se ha volcado.

He de volverte a besar,
he de volver, hundo, caigo,
mientras descienden los siglos
hacia los hondos barrancos
como una febril nevada
de besos y enamorados.

Boca que desenterraste
el amanecer más claro
con tu lengua. Tres palabras,
tres fuegos has heredado:
vida, muerte, amor. Ahí quedan
escritos sobre tus labios.




viernes, 28 de agosto de 2009

POESÍA ERÓTICA. CATULO. CARMEN II

Cuadro: Dos desnudos en Las lanas. Frida Kahlo

Gorrioncito, joya de mi pequeña,

con quien juega, al que resguarda en el seno,

al que suele dar la yema del dedo

y le incita desgarrados mordiscos:

cuando a mi deseo resplandeciente

le place tornarse alegre y aliviarse

de sus cuitas, para aplacar su ardor,

¡cuánto me gustaría, como hace ella,

jugar contigo y desterrar las penas

lejos de mi triste ánimo!

Me es tan grato como a la niña el fruto

doradito que soltó el ceñidor

que tanto tiempo permaneció atado.



viernes, 14 de agosto de 2009

POESÍA ERÓTICA. BECQUER. POR UNA MIRADA UN MUNDO...

Cuadro: La balanza del zodiaco. Falero.


Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso... ¡yo no sé
que te diera por un beso!

martes, 11 de agosto de 2009

POESÍA EROTICA, QUEVEDO. DEFINIENDO EL AMOR.

Cuadro: Expulsión de Adán y Eva del paraíso.


DEFINIENDO EL AMOR

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero parasismo,
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es tu abismo:
mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo.



miércoles, 15 de julio de 2009

POESÍA ERÓTICA. A QUIEN VELA TODO SE REVELA. GONZALO ROJAS



Bello es dormir al lado de una mujer hermosa,
después de haberla conocido
hasta la saciedad. Bello es correr desnudo
tras ella, por el césped
de los sueños eróticos.

Pero es mejor velar, no sucumbir
a la hipnosis, gustar la lucha de las fieras
detrás de la maleza, con la oreja pegada
a la espalda olorosa,
la mano como víbora en los pechos
de la durmiente, oírla
respirar, olvidada de su cuerpo desnudo.

Después, llamar a su alma
y arrancarla un segundo de su rostro,
y tener la visión de lo que ha sido
mucho antes de dormir junto a mi sangre,
cuando erraba en el éter,
como un día de lluvia.

Y, aún más, decirle: "Ven,
sal de tu cuerpo. Vámonos de fuga.
Te llevaré en mis hombros, si me dices
que, después de gozarte y conocerte,
todavía eres tú, o eres la nada".

Bello es oír su voz: -"'Soy una parte
de ti, pero no soy
sino la emanación de tu locura,
la estrella del placer, nada más que el fulgor
de tu cuerpo en el mundo".

Todo es cosa de hundirse,
de caer hacia el fondo, como un árbol
parado en sus raíces, que cae, y nunca cesa
de caer hacia el fondo.

lunes, 13 de julio de 2009

POESÍA ERÓTICA. CINTA ABISMAL. DINA POSADA.

Cuadro: Cupido y Psyche. Annie Wynnerton.

CINTA ABISMAL

Es tu lengua
acierto de vigilia
dejándose llevar
por el lascivo
inquieto
travieso
viento moreno
de mis muslos

Hebra de agua tibia
descubriendo
mis pechos despiertos
piruetea con la gana
que el espejo refleja
en una marejada
de pulsos agitados

Lápiz de filo diligente
perfilando mi abertura
que se explaya
enardece
y grita
soltando su vena
salpicando los sentidos

Voluntad de labios
sometiendo
labios a su voluntad

Anzuelo que pesca
sujeta
y
vuela
con mi carne

al punto preciso

donde el resuello
dice
que termina
y
la quietud
clama
por nacer.

miércoles, 8 de julio de 2009

RELATOS ERÓTICOS. MARIANNE -6 Y FINAL- ANÄIS NIN

Cuadro: El hada de las lilas. Falero

El hecho de ser observado me produjo un placer extraordinario. Yo caminaba por la habitación o me tendía en la cama. Ella no se movió en ningún momento. Repetimos esta escena todos los días durante una semana, pero al tercer día tuve una erección.

¿Se dio cuenta ella, desde el otro lado de la calle? ¿Me veía? Comencé a tocarme, sintiendo todo el tiempo cuan atenta estaba a cada uno de mis gestos. Me bañaba en una deliciosa excitación. Desde donde estaba echado podía ver la forma lujuriosa de la mujer.

Mirándola ahora directamente, jugué con mi sexo y, al final, me excité hasta tal punto que llegué al orgasmo.

La mujer no cesaba de mirarme. ¿Haría alguna señal? ¿La excitaba observarme? Seguro. Al día siguiente, aguardé su aparición con ansiedad. Salió a la misma hora, se sentó en su balcón y dirigió la mirada hacia mí. Desde aquella distancia yo no podía precisar si sonreía o no. Volví a tenderme en la cama.

Aunque éramos vecinos, no tratamos de encontrarnos en la calle. Todo cuanto recuerdo es el placer que yo obtenía así y que ningún otro placer ha igualado nunca. La mera evocación de estos episodios me produce excitación. Marianne me da, hasta cierto punto, ese mismo placer. Me gusta la expresión hambrienta con que me mira, admirándome y adorándome."

Cuando Marianne leyó aquello sintió que nunca vencería su pasividad y se consideraba traicionada como mujer. Lloró un poco. A pesar de todo, seguía amándolo. Era delicado, cariñoso y tierno. Nunca hería sus sentimientos. No era exactamente protector, pero sí fraternal y sensible a sus cambios de humor. La trataba como a la artista de la familia, respetaba su pintura, le transportaba las telas y procuraba serle útil.

Marianne era profesora en una clase de pintura. A Fred le agradaba acompañarla por la mañana con el pretexto de transportarle los útiles. Pero pronto se dio cuenta de que le animaban otros propósitos: le apasionaban los modelos. No como personas, sino por su experiencia de posar. Quería ser modelo.

Ante esto, Marianne se rebeló. Si no obtuviera placer sexual al ser observado quizá no se hubiera opuesto. Pero con esa particularidad era como si se entregara a toda la clase. Marianne no podía soportar la idea, riñó con él.

Sin embargo, él estaba entusiasmado, y acabó siendo aceptado como modelo. Aquel día Marianne se negó a ir a clase; permaneció en casa y lloró como una mujer celosa que sabe que su amante está con otra mujer.

Se encolerizó. Hizo pedazos sus retratos de él, como para arrancar su imagen de sus ojos; la imagen de su cuerpo dorado, suave y perfecto. Aunque los estudiantes fueran indiferentes a los modelos, él reaccionaba a sus ojos, y Marianne no podía tolerarlo.

Este incidente comenzó a separarlos. Parecía como si cuanto más placer le daba ella, más sucumbiera él a su vicio, cuya satisfacción buscaba sin cesar.

No tardaron en hallarse completamente distanciados.

Y Marianne se quedó de nuevo sola para mecanografiar nuestros relatos eróticos.

FIN

viernes, 3 de julio de 2009

TALLER DE VERANO. POESÍA ERÓTICA.


PROGRAMA:
El erotismo en la poesía española: Los románticos (Becquer), Quevedo, Alberti, Miguel Hernández...
El erotismo en la poesía latinoamericana: Carilda Oliver Labra, Francisco Rojas, Neruda, Alfonsina Storni...
El erotismo en la poesía surrealista francesa; Apollinarie: cartas Lou, las mujeres de Paul Eluard, Baudelaire o el erotismo de lo siniestro...
Acercamiento a la literatura erótica: Miller, Miguel Menassa, Anäis Nin...

En el taller habrá un momento de lectura y luego un momento de escritura, de tal manera que cada uno de los integrantes tendrá la posibilidad de producir poemas en el transcurso de los encuentros.

Coordinadora: Alejandra Menassa.
Información: tel: 653903233, alejandramenassa@telefonica.net

jueves, 2 de julio de 2009

RELATOS ERÓTICOS. MARIANNE -5- ANÄIS NIN



Cuadro: El baño. Degas

Fred se mudó al taller. Pero, como Marianne explicó, no pasó de aceptar sus caricias. Yacían en la cama, desnudos, y Fred se comportaba como si ella careciera por completo de sexo. Recibía los tributos de Marianne frenéticamente, pero el deseo de la muchacha quedaba sin respuesta. Lo máximo que hacía era ponerle las manos entre las piernas. Mientras ella le acariciaba con la boca, las manos de Fred le abrían el sexo como si fuera una flor y anduviera buscando el pistilo. Cuando Fred sentía las contracciones de la vulva, de buena gana acariciaba la palpitante abertura. Marianne era capaz de

responder, pero eso no satisfacía la ansiedad que le inspiraban el cuerpo y el sexo de su amante, y anhelaba que él la poseyera de una manera más completa, que la penetrara.

Se le ocurrió mostrarle los manuscritos que estaba mecanografiando. Pensó que eso podría incitarle. Se tendían en la cama y leían juntos. El leía en voz alta, complacido. Se detenía en las descripciones. Leía y releía, y de nuevo se quitaba la ropa y se exhibía, pero por más intensidad que alcanzara su excitación, no pasaba de ahí.

Marianne le pidió que se psicoanalizara, aduciendo lo mucho que a ella la había liberado ese tratamiento. La escuchó con interés, pero se resistió a la idea. Le animó a que escribiera también sus experiencias.

Al principio se mostró tímido e incluso avergonzado, pero luego, casi subrepticiamente, comenzó a escribir, escondiendo las páginas cuando Marianne entraba en la habitación. Usaba un lápiz gastado, y escribía como si se tratara de la confesión de un criminal. Por una casualidad, ella pudo leer lo que había escrito. Fred tenía necesidad urgente de dinero. Había empeñado su máquina de escribir, su abrigo y su reloj, y ya no le quedaba nada por empeñar.

No podía permitir que Marianne se hiciera cargo de él. Tal como estaban las cosas, ella se cansaba los ojos tecleando, trabajaba por la noche hasta tarde y nunca obtenía más que lo necesario para el alquiler y para un poco de comida. Así que acudió al coleccionista a quien Marianne entregaba los originales y le ofreció en venta el suyo propio, excusándose de que estuviera escrito a mano. El coleccionista tuvo dificultades para leerlo e, inocentemente, se lo dio a Marianne para que lo mecanografiara.

De este modo, Marianne se encontró con el manuscrito de su amante en las manos. Lo leyó con avidez antes de pasarlo a máquina, incapaz de controlar su curiosidad, en busca del secreto de la pasividad de Fred. He aquí lo que leyó:

"Las más de las veces, la vida sexual es un secreto. Todo el mundo conspira para que lo sea. Ni los mejores amigos se cuentan los detalles de sus vidas sexuales. Aquí, con Marianne, vivo en una extraña atmósfera. Hablamos, leemos y escribimos únicamente de la vida sexual.

Recuerdo un incidente que ya había olvidado por completo. Ocurrió cuando tenía unos quince años y era aún sexualmente inexperto. Mi familia había alquilado en París un apartamento con muchos balcones. En verano me gustaba pasear desnudo por mi habitación. Una vez se abrieron los batientes y me di cuenta de que una mujer me estaba observando desde el otro lado de la calle.

Estaba sentada en su balcón mirándome con el mayor descaro y algo me impulsó a simular que no me daba cuenta en absoluto. Temía que si se percataba de que la había descubierto se iría...

Continuará

martes, 30 de junio de 2009

RELATOS ERÓTICOS. MARIANNE -4- ANÄIS NIN


Cuadro: Diana, de Etienne- Barthélemuy Garnier


Aquello le afectó visiblemente. Todo su sexo se tornó más rígido a causa del placer. Ella estaba arrodillada muy cerca, lo tenía casi al alcance de la boca, pero sólo pudo repetir:

–¡Qué hermoso es!

Como él no se movía, Marianne se acercó aún más, sus labios se abrieron un poco y su lengua tocó con delicadeza, con mucha delicadeza, la punta del sexo. Él no se apartó: continuaba mirando el rostro de la artista, y la forma en que su lengua acariciaba su sexo.

Lo lamió con suavidad, con la delicadeza de un gato, y a continuación se introdujo una parte en la boca y cerró los labios alrededor. El miembro se estremecía.

Se contuvo, por miedo a encontrar resistencia, y él no la animó a continuar. Parecía contento. Marianne sintió que eso sería todo cuanto podría pedirle. Se puso en pie y volvió a su trabajo. Estaba sumida en la confusión. Ante sus ojos pasaban violentas imágenes. Recordaba unas películas que había visto en París, con figuras revolcándose en la hierba, pantalones blancos abiertos por diligentes manos, caricias, más caricias y el placer que hacía que los cuerpos se retorcieran y ondularan; el placer que recorría la piel como si fuera agua y provocaba estremecimientos cuando la oleada se apoderaba de los vientres o las caderas de los personajes, o cuando ascendía por sus espaldas o descendía por sus piernas.

Pero se controló, con el conocimiento intuitivo que una mujer posee de los gustos del hombre a quien desea. En cuanto a él, permaneció extasiado, con el sexo en erección y el cuerpo estremeciéndose débilmente, como si lo recorriera el placer al recordar la boca de Marianne abriéndose para entrar en contacto con el suave miembro.

Al día siguiente de este episodio, Marianne repitió su actitud de exaltada adoración, su éxtasis ante la belleza de aquel sexo. De nuevo se arrodilló y oró ante el extraño falo que sólo reclamaba admiración.

Lo lamió otra vez, provocando desde el sexo estremecimientos de placer; volvió a besarlo, encerrándolo entre sus labios como un maravilloso fruto, y de nuevo él tembló. Entonces, para sorpresa de Marianne, una minúscula gota de una sustancia blanca, lechosa y salada, la procursora del deseo, se disolvió en su boca, por lo que acrecentó la presión y aceleró los movimientos de la lengua.

Cuando vio que se derretía de placer, se detuvo, intuyendo que, tal vez, si se apartaba entonces, él haría algún gesto para consumar el acto. Al principio, no hizo ningún movimiento. Su sexo se estremecía, y se le veía atormentado por el deseo. Pero luego, para sorpresa de Marianne, se llevó la mano al miembro, como si fuera a satisfacerse a sí mismo.

Marianne cayó en la desesperación. Apartó la mano del hombre, tomó su sexo en la boca de nuevo, rodeó sus órganos con sus dos manos, y le acarició y succionó hasta provocarle el orgasmo.

El se inclinó, agradecido y tierno, y murmuró: –Eres la primera mujer, la primera mujer, la primera mujer...


viernes, 26 de junio de 2009

RELATOS ERÓTICOS. DIARIO DE UN SEDUCTOR. KIERKEGAARD

Cuadro: Estudio de mujer en rojo


"...Ni siquiera ha reparado en mi presencia. Estoy situado al otro extremo del mostrador, totalmente ausente de mí mismo. De la pared frontera pende un gran espejo. ¡Con qué felicidad no recoge su imagen! Como un humilde esclavo, abandonado y fiel. Un esclavo para el que ella significa mucho, pero que no significa nada para ella. Se atreve a recoger su imagen, mas no a ella misma; la refleja, pero no la comprende. ¡Espejo desdichado que no puedes guardar su imagen en secreto y ocultarla a los ojos del mundo, sino que, por el contrario, se la muestras a todos los que la quieren ver! Esto es lo que yo estoy haciendo ahora. ¡Qué enorme tortura si el hombre estuviera constituido como tú lo estás! Y, sin embargo, hay muchos hombres que sólo gozan de lo que poseen en cuanto se lo muestran a los demás;....¡Qué hermosa eres! ¡Pobre espejo, para ti tiene que ser un suplicio no poder captar tanta belleza! ¡Claro que tú tampoco conoces la amargura de los celos! La forma de su cara es perfectamente ovalada. La inclina un poco hacia adelante, con lo que resalta más su frente, limpia y soberbia, que no revela en nada sus facultades intelectuales. Sus cabellos oscuros se ciñen suave y delicadamente en torno a sus sienes....
En este momento se quita un guante y nos muestra al espejo y a mí su diestra blanquísima y bien modelada, como la de una estatua antigua. No lleva ninguna sortija, ni siquiera el anillo de oro liso de las prometidas. ¡Bravo! Ahora levanta la cabeza. Su fisonomía permanece la misma y, no obstante, parece otra. La frente es un poco más alta y el óvalo de su cara no tan regular, pero más vivo.... No está prometida. ¿Ay, pero cuántas no están prometidas y con todo tienen amado, y cuántas que lo están, no lo tienen...!
¿Qué hacer? ¿Renunciaré a ella? ¿La dejaré tranquila en su alegría? Se dispone a pagar, pero ha perdido el bolso. De seguro que dará sus señas, mas yo no quiero oírlas, prefiero aplazar la sorpresa. Nos encontraremos de nuevo en la vida. Tengo que reconocerla, y quizá ella también me reconozca a mí, porque no es nada fácil olvidar mi mirada de reojo. ....
Nada de impaciencia, nada de voracidad, todo ha de gozarse tirando y atrayendo lentamente. Se ha convertido en el blanco de mi elección y no hay duda de que la atraparé."

RELATOS ERÓTICOS. MARIANNE -3- ANÄIS NIN


Cuadro: Jasçon. Gustave Moreau.

...Pero en cuanto mis ojos se pasearon por el resto de su cuerpo, pude advertir el efecto que eso le producía. Su sexo temblaba imperceptiblemente.
Quise dibujar esa protuberancia con la misma calma con la que había dibujado la rodilla. Pero la virgen que llevo en mí estaba turbada.
Pensé: "Tengo que dibujar lentamente, con atención, hasta que pase la crisis, pues de lo contrario, podría descargar su excitación en mí." Pero no; el joven no hizo ningún movimiento. Estaba absorto y satisfecho.
Yo era la única turbada y no sabía por qué. Cuando terminé, se vistió de nuevo, con calma, completamente seguro de sí mismo. Avanzó hacia mí, me dio la mano cortésmente y preguntó:
–¿Puedo venir mañana a esta misma hora?"
Aquí concluía el relato, y en aquel momento entró Marianne en el estudio, sonriendo.
–¿Verdad que es una aventura extraña? –me dijo.
–Sí, y me gustaría saber qué sentiste cuando se hubo marchado.
–Después –confesó– fui yo la que estuve excitada todo el día, recordando su cuerpo y su hermosísimo sexo rígido. Miré mis dibujos, y a uno de ellos le añadí la imagen completa del incidente. Estaba atormentada por el deseo. Pero a un hombre así sólo le interesa que le miren.
Aquello hubiera podido quedar en una simple aventura, pero para Marianne se convirtió en algo más importante. Advertí cómo crecía su obsesión por el joven. Evidentemente, la segunda sesión fue igual que la primera. No se dijo nada. Marianne no exteriorizó emoción alguna.
El, por su parte, no confesó el placer que le causaba el escrutinio de que era objeto su cuerpo. Todos los días, Marianne descubría nuevas maravillas. Todos los detalles de su cuerpo eran perfectos. ¡Si tan sólo hubiera mostrado un mínimo interés por el cuerpo de ella! Pero no lo hizo, y Marianne adelgazaba y se consumía de deseo insatisfecho.
También la afectaba el hecho de copiar continuamente aventuras ajenas, pues ahora todos los escritores del grupo le entregaban su original, pues se podía confiar en ella. Por las noches, la pequeña Marianne, de senos abundantes y maduros, se inclinaba sobre la máquina de escribir y tecleaba febriles palabras acerca de violentos encuentros físicos. Unos hechos la afectaban más que otros.
Le gustaba la violencia. Por ello, esa situación con el joven era para ella la más insostenible de las situaciones. No podía creer que sintiera tanta excitación física y un placer tan evidente por el mero hecho de que ella fijara sus ojos en él, como si lo estuviera acariciando.
Cuanto más pasivo e inexpresivo se mostraba, más deseaba hacerlo objeto de su violencia. Soñaba con forzar su voluntad, pero ¿cómo podía forzar la voluntad de un hombre? Puesto que no podía tentarlo con su presencia, ¿cómo lograría hacerse desear? Anhelaba que se durmiera, lo que le brindaría una oportunidad de acariciarlo, y que él la tomara. 0 que entrara en el taller mientras ella se vestía y que la visión de su cuerpo le excitara.
En una de las ocasiones en que le esperaba, probó a dejar la puerta abierta de par en par mientras se vestía, pero él miró a otra parte y tomó un libro.
Era imposible excitarlo, excepto mirándolo, y Marianne se hallaba ahora poseída de un frenético deseo. El dibujo estaba terminándose.
Conocía todos los rincones de su cuerpo, el color de su piel, tan dorada y clara, cada una de las formas de sus músculos y, por encima de todo, el sexo en constante erección, suave, pulido, firme, tentador.
Se aproximó a su cliente para colocar a su lado una cartulina blanca que proyectara un reflejo más blanco o bien más sombras sobre su cuerpo. Y entonces perdió el control de sí misma y cayó de rodillas ante el sexo erecto. No lo tocó; se limitó a mirarlo y murmuró:
–¡Qué hermoso es!...

martes, 23 de junio de 2009

RELATOS ERÓTICOS, MARIANNE, ANÄIS NIN.

Cuadro: Las perlas de Afrodita, de Herbert

Mediando su trabajo, Marianne se había sentido poseída por el deseo de relatar sus propias experiencias. Y esto es lo que escribió:
"Hay cosas que, cuando las lees, te hacen comprender que no has vivido en absoluto, que no has sentido ni experimentado nada hasta el momento. Ahora veo que la mayor parte de las cosas que me han sucedido eran de carácter clínico, anatómico. Había unos sexos que se tocaban, se confundían, pero sin chispa, sin furia sin sensaciones.
¿Cómo puedo alcanzar el placer? ¿Cómo puedo empezar a sentir, a sentir? Quiero enamorarme de tal forma, que la mera visión de un hombre, incluso a una manzana de distancia, me conmueva y me penetre, me debilite y me haga temblar, aflojarme y derretirme entre las piernas. Así es como quiero yo enamorarme; tan fuerte que el simple hecho de pensar en el amado me produzca un orgasmo.
Esta mañana, mientras estaba pintando, llamaron muy suavemente a la puerta. Fui a abrir, era un joven más bien apuesto, pero tímido y azorado, que al momento me gustó.
Se deslizó en el taller y no miró en torno, sino que mantuvo sus ojos clavados en mí, como suplicantes, y dijo:
–Me envía un amigo suyo. Usted es pintora y quisiera encargarle un trabajo. Me pregunto si usted... ¿Querría usted? Sus palabras quedaron ahogadas y se ruborizó. Era como una mujer.
–Pase y siéntese –le invité, pensando que eso le haría sentirse cómodo.
Entonces vio mis pinturas, que son abstractas.
–Pero usted puede pintar una figura realista, ¿no? –preguntó.
–Desde luego que puedo.
Le mostré mis dibujos.
–Son muy vigorosos –observó, cayendo en un trance de admiración por uno que representaba a un musculoso atleta.
–¿Quiere usted un retrato suyo?
–Bueno, sí; sí y no. Quiero un retrato. Pero se trata de un tipo de retrato poco usual. Yo no sé si usted accederá...
–Acceder ¿a qué?
–Bueno –balbució por fin–. ¿Querría usted hacerme un retrato de este tipo? –y señaló al atleta desnudo.
Esperó alguna reacción por mi parte. Me había acostumbrado tanto a la desnudez masculina en la escuela de arte, que me sonreí ante su timidez. Aunque no fuera lo mismo tener un modelo desnudo que pagaba al artista por dibujarlo, yo no creía que hubiera nada de extravagante en su petición. Esta era mi opinión, y así se lo dije.
Mientras tanto, con el derecho de observación que se reconoce a los pintores, estudié sus ojos violeta, el suave y dorado vello de sus manos y el fino cabello sobre sus orejas. Tenía un aspecto de fauno y un carácter femeninamente evasivo que me atrajeron.
A pesar de su timidez, parecía sano y más bien aristocrático. Sus manos eran suaves y flexibles y sabía comportarse. Mostré un cierto entusiasmo profesional que pareció deleitarle y animarle.
–¿Quiere usted que empecemos ya? –preguntó–. Llevo algo de dinero. Puedo traer el resto mañana.
Le señalé el rincón de la habitación donde estaba el biombo que ocultaba mi ropa y el lavabo. Pero volvió hacia mí sus ojos y dijo inocentemente:
–¿Puedo desnudarme aquí?
Me sentí ligeramente incómoda, pero accedí. Me ocupé buscando papel de dibujo, moviendo una silla y sacando punta al carboncillo. Me pareció que se desnudaba con una lentitud fuera de lo normal, como si esperara que le prestase atención. Le miré atrevidamente, como si estuviera empezando a estudiarlo, carboncillo en mano.
Se desvestía con sorprendente premeditación, como si se tratara de una tarea especial, un ritual. En un momento dado, me miró a los ojos y sonrió, mostrando sus dientes finos y regulares. Su cutis era tan delicado que recibió la luz que penetraba por el gran ventanal y la retuvo como si fuera un tejido de raso.
En ese momento, el carboncillo cobró vida en mi mano, y pensé que sería un placer dibujar a aquel joven, casi tanto como acariciarlo.
Se había quitado la chaqueta, la camisa, los zapatos y los calcetines; le quedaban sólo los pantalones. Se los sostenía como si estuviera haciendo strip-tease, mirándome todavía. Yo no lograba interpretar el fulgor de placer que animaba su cara.
Entonces se inclinó se desabrochó el cinturón, y los pantalones se le deslizaron. Permaneció completamente desnudo ante mí y en el más obvio estado de excitación sexual. Cuando me hube percatado de ello hubo un momento de suspense. Si protestaba, perdería mis honorarios, que tanto precisaba.
Traté de leer en sus ojos. Parecía decir: "No te enfades. Perdóname."Así pues, opté por dibujarlo. Era una extraña experiencia. Mientras dibujaba la cabeza, el cuello y los brazos, todo iba bien.

miércoles, 17 de junio de 2009

RELATOS ERÓTICOS. MARIANNE -1- ANÄIS NIN



Cuadro: La ninfa de la luna. Falero
Yo era la madame de una casa de prostitución literaria; la madame de un grupo de escritores hambrientos que producían relatos eróticos para vendérselos a un «coleccionista». Fui la primera en escribir, y todos los días entregaba mi trabajo a una joven para que lo mecanografiara en limpio.
Esta joven, Marianne, era pintora, y por las noches escribía a máquina para ganarse la vida. Su cabello era un halo dorado, tenía ojos azules, cara redonda y senos firmes y turgentes, pero acostumbraba a disimular la opulencia de su cuerpo, en vez de ponerla de manifiesto, a disfrazarse con deformados atuendos bohemios, chaquetas anchas, faldas de colegiala e impermeables. Procedía de una pequeña ciudad. Había leído a Proust, Krafft-Ebing, Marx y Freud.
Y, claro está, había tenido muchas aventuras sexuales, pero existen aventuras en las que el cuerpo no participa en realidad. Se estaba decepcionando a sí misma. Creía que, como se había acostado con hombres, los había acariciado y había hecho todos los gestos prescritos, poseía experiencia de la vida sexual.
Pero todo eso era externo. En efecto, su cuerpo había sido insensibilizado, deformado, se le había impedido madurar. Nada la había afectado profundamente. Era todavía virgen. Lo noté apenas entré en la habitación. De la misma forma que un soldado se niega a admitir que tiene miedo, Marianne no quería admitir que era fría, frígida. Pero se estaba psicoanalizando.
No podía dejar de preguntarme en qué medida la afectarían los relatos eróticos que le entregaba para mecanografiar. Junto con la intrepidez intelectual y la curiosidad, había en ella un pudor físico que luchaba por no revelar, pero que descubrí accidentalmente al enterarme de que nunca había tomado desnuda un baño de sol, y que la simple idea de hacerlo la intimidaba.
Lo que recordaba de manera más obsesiva era una noche con un hombre al que ella no había respondido, pero que en el momento de abandonar el estudio, la había apretado contra la pared, le había levantado una pierna y la había penetrado. Lo extraño del caso es que en aquel momento, no había sentido nada, pero cada vez que recordaba la escena, se ponía ardiente e inquieta. Se le aflojaban las piernas y lo hubiera dado todo por volver a sentir aquel cuerpo pesado presionando contra el suyo, ciñéndola contra la pared, impidiéndole escapar y, por último, tomándola.
Un día se retrasó en la entrega del trabajo. Fui a su estudio y llamé a la puerta. No respondió nadie. Empujé la puerta y se abrió. Marianne debía haber salido a algún recado.
Me dirigí a la máquina de escribir para comprobar cómo iba el trabajo y vi un texto que no reconocí. Pensé que tal vez estaba empezando a olvidarme de lo que escribía. Pero eso era imposible. No era un escrito mío. Empecé a leer, y entonces comprendí.

miércoles, 10 de junio de 2009

POESÍA ERÓTICA. EL AMANTE MUNDIAL. JUAN GELMÁN


Cuadro: Chirico

1962
OFELIA
esta Ofelia no es la prisionera de su propia voluntad
ella sigue su cuerpo
espléndida como un golpe de vino en medio de los
hombres
su cuerpo estilo renacimiento lleno de sol de Italia pasa
por Buenos Aires
Ofelia yo en tus pechos fundaría ciudades y ciudades de
besos
hermosas libres con su sombra a repartir con los
amantes mundiales
Ofelia por tus pechos pasa como un temblor de
caballadas a medianoche por Florencia
tus pechos altos duros come il palazzo vecchio
una tarde del verano de 1957
iba yo por Florencia rodeado de tus pechos sin saberlo
era igual la delicia la turbación el medio
las sombras empezaban a andar por las callejas con un
olor desconocido
algo como tus pechos después de haber amado
eras oscura Ofelia para entonces y enormemente triste
una adivinación una catástrofe
un oleaje de olvido después de la ternura
una especie de culpa sin castigo
de furia en paz con su gran guerra
andadas por Florencia con tus pechos yendo viniendo
por las sombras
con saudade de mí seguramente
tu hombro izquierdo digamos
lloraba a tus espaldas o largada sus ansias lentas en el
crepúsculo y ellas venían a mi sangre
o era un temblor como un presagio
gracias te sean dadas ojos míos
yo les beso las manos bésoles muy los pies
gracias narices mías muchas gracias oídos con que
escucho los ruidos de la Ofelia
antes apenas era una ciudad de Italia
sus tiros me llenaban de otra desgracia el corazón.