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martes, 23 de junio de 2009

RELATOS ERÓTICOS, MARIANNE, ANÄIS NIN.

Cuadro: Las perlas de Afrodita, de Herbert

Mediando su trabajo, Marianne se había sentido poseída por el deseo de relatar sus propias experiencias. Y esto es lo que escribió:
"Hay cosas que, cuando las lees, te hacen comprender que no has vivido en absoluto, que no has sentido ni experimentado nada hasta el momento. Ahora veo que la mayor parte de las cosas que me han sucedido eran de carácter clínico, anatómico. Había unos sexos que se tocaban, se confundían, pero sin chispa, sin furia sin sensaciones.
¿Cómo puedo alcanzar el placer? ¿Cómo puedo empezar a sentir, a sentir? Quiero enamorarme de tal forma, que la mera visión de un hombre, incluso a una manzana de distancia, me conmueva y me penetre, me debilite y me haga temblar, aflojarme y derretirme entre las piernas. Así es como quiero yo enamorarme; tan fuerte que el simple hecho de pensar en el amado me produzca un orgasmo.
Esta mañana, mientras estaba pintando, llamaron muy suavemente a la puerta. Fui a abrir, era un joven más bien apuesto, pero tímido y azorado, que al momento me gustó.
Se deslizó en el taller y no miró en torno, sino que mantuvo sus ojos clavados en mí, como suplicantes, y dijo:
–Me envía un amigo suyo. Usted es pintora y quisiera encargarle un trabajo. Me pregunto si usted... ¿Querría usted? Sus palabras quedaron ahogadas y se ruborizó. Era como una mujer.
–Pase y siéntese –le invité, pensando que eso le haría sentirse cómodo.
Entonces vio mis pinturas, que son abstractas.
–Pero usted puede pintar una figura realista, ¿no? –preguntó.
–Desde luego que puedo.
Le mostré mis dibujos.
–Son muy vigorosos –observó, cayendo en un trance de admiración por uno que representaba a un musculoso atleta.
–¿Quiere usted un retrato suyo?
–Bueno, sí; sí y no. Quiero un retrato. Pero se trata de un tipo de retrato poco usual. Yo no sé si usted accederá...
–Acceder ¿a qué?
–Bueno –balbució por fin–. ¿Querría usted hacerme un retrato de este tipo? –y señaló al atleta desnudo.
Esperó alguna reacción por mi parte. Me había acostumbrado tanto a la desnudez masculina en la escuela de arte, que me sonreí ante su timidez. Aunque no fuera lo mismo tener un modelo desnudo que pagaba al artista por dibujarlo, yo no creía que hubiera nada de extravagante en su petición. Esta era mi opinión, y así se lo dije.
Mientras tanto, con el derecho de observación que se reconoce a los pintores, estudié sus ojos violeta, el suave y dorado vello de sus manos y el fino cabello sobre sus orejas. Tenía un aspecto de fauno y un carácter femeninamente evasivo que me atrajeron.
A pesar de su timidez, parecía sano y más bien aristocrático. Sus manos eran suaves y flexibles y sabía comportarse. Mostré un cierto entusiasmo profesional que pareció deleitarle y animarle.
–¿Quiere usted que empecemos ya? –preguntó–. Llevo algo de dinero. Puedo traer el resto mañana.
Le señalé el rincón de la habitación donde estaba el biombo que ocultaba mi ropa y el lavabo. Pero volvió hacia mí sus ojos y dijo inocentemente:
–¿Puedo desnudarme aquí?
Me sentí ligeramente incómoda, pero accedí. Me ocupé buscando papel de dibujo, moviendo una silla y sacando punta al carboncillo. Me pareció que se desnudaba con una lentitud fuera de lo normal, como si esperara que le prestase atención. Le miré atrevidamente, como si estuviera empezando a estudiarlo, carboncillo en mano.
Se desvestía con sorprendente premeditación, como si se tratara de una tarea especial, un ritual. En un momento dado, me miró a los ojos y sonrió, mostrando sus dientes finos y regulares. Su cutis era tan delicado que recibió la luz que penetraba por el gran ventanal y la retuvo como si fuera un tejido de raso.
En ese momento, el carboncillo cobró vida en mi mano, y pensé que sería un placer dibujar a aquel joven, casi tanto como acariciarlo.
Se había quitado la chaqueta, la camisa, los zapatos y los calcetines; le quedaban sólo los pantalones. Se los sostenía como si estuviera haciendo strip-tease, mirándome todavía. Yo no lograba interpretar el fulgor de placer que animaba su cara.
Entonces se inclinó se desabrochó el cinturón, y los pantalones se le deslizaron. Permaneció completamente desnudo ante mí y en el más obvio estado de excitación sexual. Cuando me hube percatado de ello hubo un momento de suspense. Si protestaba, perdería mis honorarios, que tanto precisaba.
Traté de leer en sus ojos. Parecía decir: "No te enfades. Perdóname."Así pues, opté por dibujarlo. Era una extraña experiencia. Mientras dibujaba la cabeza, el cuello y los brazos, todo iba bien.

miércoles, 17 de junio de 2009

RELATOS ERÓTICOS. MARIANNE -1- ANÄIS NIN



Cuadro: La ninfa de la luna. Falero
Yo era la madame de una casa de prostitución literaria; la madame de un grupo de escritores hambrientos que producían relatos eróticos para vendérselos a un «coleccionista». Fui la primera en escribir, y todos los días entregaba mi trabajo a una joven para que lo mecanografiara en limpio.
Esta joven, Marianne, era pintora, y por las noches escribía a máquina para ganarse la vida. Su cabello era un halo dorado, tenía ojos azules, cara redonda y senos firmes y turgentes, pero acostumbraba a disimular la opulencia de su cuerpo, en vez de ponerla de manifiesto, a disfrazarse con deformados atuendos bohemios, chaquetas anchas, faldas de colegiala e impermeables. Procedía de una pequeña ciudad. Había leído a Proust, Krafft-Ebing, Marx y Freud.
Y, claro está, había tenido muchas aventuras sexuales, pero existen aventuras en las que el cuerpo no participa en realidad. Se estaba decepcionando a sí misma. Creía que, como se había acostado con hombres, los había acariciado y había hecho todos los gestos prescritos, poseía experiencia de la vida sexual.
Pero todo eso era externo. En efecto, su cuerpo había sido insensibilizado, deformado, se le había impedido madurar. Nada la había afectado profundamente. Era todavía virgen. Lo noté apenas entré en la habitación. De la misma forma que un soldado se niega a admitir que tiene miedo, Marianne no quería admitir que era fría, frígida. Pero se estaba psicoanalizando.
No podía dejar de preguntarme en qué medida la afectarían los relatos eróticos que le entregaba para mecanografiar. Junto con la intrepidez intelectual y la curiosidad, había en ella un pudor físico que luchaba por no revelar, pero que descubrí accidentalmente al enterarme de que nunca había tomado desnuda un baño de sol, y que la simple idea de hacerlo la intimidaba.
Lo que recordaba de manera más obsesiva era una noche con un hombre al que ella no había respondido, pero que en el momento de abandonar el estudio, la había apretado contra la pared, le había levantado una pierna y la había penetrado. Lo extraño del caso es que en aquel momento, no había sentido nada, pero cada vez que recordaba la escena, se ponía ardiente e inquieta. Se le aflojaban las piernas y lo hubiera dado todo por volver a sentir aquel cuerpo pesado presionando contra el suyo, ciñéndola contra la pared, impidiéndole escapar y, por último, tomándola.
Un día se retrasó en la entrega del trabajo. Fui a su estudio y llamé a la puerta. No respondió nadie. Empujé la puerta y se abrió. Marianne debía haber salido a algún recado.
Me dirigí a la máquina de escribir para comprobar cómo iba el trabajo y vi un texto que no reconocí. Pensé que tal vez estaba empezando a olvidarme de lo que escribía. Pero eso era imposible. No era un escrito mío. Empecé a leer, y entonces comprendí.

viernes, 8 de mayo de 2009

RELATOS ERÓTICOS. LILITH, DE ANÄIS NIN


Cuadro: Apolo y Dafne. Théodor Chasseriau.
Lilith era sexualmente fría y pese a sus fingimientos su marido lo sospechaba. Tal situación dio lugar al siguiente incidente. Lilith nunca tomaba azúcar, por no engordar, y empleaba un sucedáneo: unas minúsculas pildoras blancas que siempre llevaba en el bolso. Un día se quedó sin ellas y pidió a su marido que se las comprara de regreso a casa. Le compró un tubito como el que le había
pedido, y se echó dos pildoras en el café después de cenar.
Estaban sentados juntos, y él la miraba con una expresión de madura tolerancia, que a menudo adoptaba frente a sus explosiones nerviosas, a sus crisis de egoísmo, de autorreproches o de pánico. A todo su dramático comportamiento, el marido respondía con inalterable buen humor y con paciencia. Ella rabiaba sola, se enfadaba sola y sola soportaba grandes trastornos emocionales en los que su esposo no tomaba parte.
Posiblemente, ésas eran otras tantas manifestaciones de la tensión que faltaba entre ellos en el ámbito sexual. El marido rechazaba todos los primarios y violentos desafíos y hostilidades de Lilith; se negaba a entrar en su terreno emocional y a responder a su necesidad de celos, temores y batallas.
Tal vez si hubiera aceptado sus desafíos y jugado los juegos que a ella le agradaban, Lilith hubiera acusado con mayor impacto físico la presencia de su marido. Pero éste no conocía los preludios del deseo sensual ni los estimulantes que ciertas naturalezas salvajes precisan, y así, en lugar de responderle en cuanto veía que se le ponían los pelos de punta, el rostro más vivido, los ojos relampagueantes y el cuerpo electrizado, inquieto como el de un caballo de carreras, se replegaba tras aquel muro de comprensión objetiva, tras aquella amable burla y aceptación, como quien observa un animal en el zoo y sonríe a sus cabriolas, pero no se siente afectado por su estado de ánimo. Era esto lo que dejaba a Lilith completamente aislada, igual que un animal salvaje en un desierto inhóspito.
Cuando le daba un acceso de furia y su temperatura aumentaba, el marido se esfumaba. Era como una especie de cielo suave que la mirase desde la altura, esperando que la tormenta pasara por sí sola. Si él hubiera aparecido al otro extremo de aquel desierto, como si fuera otro animal salvaje, y se hubiera enfrentado a ella con la misma tensión electrizante de pelo, piel y ojos, si hubiera aparecido con el mismo cuerpo salvaje, pisando fuerte y esperando el menor pretexto para saltar, abrazarla con furia, sentir la calidez y la fuerza de su oponente, ambos hubieran podido rodar juntos, y las mordeduras habrían
podido ser otras, el ataque se habría transformado en abrazo y los tirones de pelo habrían acabado por unir sus bocas, sus dientes, sus lenguas. Llevados por la furia, sus genitales habrían entrado en contacto, encendiendo chispas, y ambos cuerpos se hubieran penetrado mutuamente como final de tan formidable tensión.

Continuará