jueves, 18 de diciembre de 2008

LA CASADA INFIEL. LORCA RECITADO POR MENASSA


Cuadro: La Maja desnuda, de Goya

La Casada Infiel


Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos..
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas la zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón de revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los critales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé al río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

Federico García Lorca

miércoles, 17 de diciembre de 2008

LA INEXISTENCIA DE LA VAGINA


Cuadro de Salvador Dalí: Sueño causado por el vuelo de una abeja en torno a una granada un segundo antes de despertar.
Querida: Buscarme entre recortes, hallarme en alguna sonrisa desconocida. Escuchar el murmullo de tu corazón en el mismo momento que me matas. Bruja olorosa y febril, entre tus piernas, entre la sagacidad de tus muslos, vuelvo aunque tú no quieras, vuelvo a encontrar perfecta y más que silenciosa, silenciada, la joya marina, hueco de tu ser, al que por más que intento, no encuentro equivalencia.
Porque si mis ojos son a tus ojos los ojos del universo. Y mi boca en tus pechos, simple ecuación donde el recuerdo vivo ahora entre nosotros, no permite saber de quién son los pechos y de quién la boca.
Y acepto, mi amor, que mi culo es a tu culo, nuestra igualdad definitiva. Y tu clítoris es a mi pene la representación de un sentido, más que tus órganos en competencia.
Tu vagina, mi amor es la experiencia de una verdad inexistente. Algo que no tiene con qué compararse, no puede medirse y algo que no puede medirse, no sólo es infinito, sino también irracional y por lo tanto, tarde o temprano, su desarrollo terminará cuestionando los sistemas de medida. Por todo esto quiero decirte, que la vagina no existe.
Viejo Feliz

VIRGEN LOCA


EL ESPOSO INFERNAL
Escuchemos la confesión de un compañero de infierno.
"¡Oh divino Esposo, mi Señor, no rechacéis la confesión de la más triste de vuestras servidoras. Estoy perdida, Estoy ebria. Estoy impura. Qué vida!
"¡Perdón, divino Señor, perdón!¡Ay, perdón! ¡Cuántas lágrimas! ¡Y cuántas lágrimas todavía, más tarde, - eso espero!
Título cuadro: ¿Estás celosa?
Autor: Paul Gauguin. Óleo 1892
"¡Más tarde conoceré al divino Esposo! He nacido sumisa a Él. - ¡El otro puede pegarme ahora!
"¡Ahora estoy en el fondo del mundo! ¡Oh amigas mías!...no, no amigas mías...Nunca delirios ni torturas semejantes...¡Qué bestia!
"¡Ah! sufro, grito. Verdaderamente sufro. Sin embargo, todo me está permitido, cargada con el desprecio de los corazones más despreciables.
"En fin, contemos este secreto, aun a riesgo de repetirlo otras veinte veces,-¡tan sombrío, tan insignificante!
"Soy esclava del Esposo infernal, el que perdió a las vírgenes locas. Ese mismo demonio. No es un espectro, no es un fantasma. Pero a mí, que he perdido la cordura, que estoy condenada y muerta para el mundo, -¡no se me matará!-¡Cómo describíroslo! Ni siquiera sé hablar. Estoy de luto, lloro, tengo miedo. ¡Un poco de frescor Señor, si Vos queréis, si lo tenéis a bien!
"Soy viuda...- Era viuda...- Sí, he sido muy formal en otro tiempo y no ha nacido para convertirme en esqueleto... - Él era casi un niño...Sus misteriosas delicadezas me habían seducido. Olvidé todos mis deberes humanos para seguirle. ¡Qué vida! La verdadera vida está ausente. No estamos en el mundo. Yo voy donde él va, así son las cosas. Y a menudo él se enfurece contra mí, YO, LA POBRE ALMA. ¡El Demonio! - Es un Demonio, ya sabéis, NO ES UN HOMBRE.
"Él dice: 'no amo a las mujeres. Hay que reinventar el amor, es cosa sabida. Ellas sólo pueden desear una posición asegurada. La posición ganada, corazón y belleza son dejadas de lado: sólo queda un desdén frío, el alimento del matrimonio hoy. O bien, veo mujeres, con las señales de la felicidad, que yo podría haber transformado en buenas compañeras, devoradas por brutos tan sensibles como hogueras...'
"Le escucho mientras hace de la infamia gloria, de la crueldad encanto. 'Soy de una raza lejana : mis padres eran escandinavos: se taladraban las costillas, bebían su sangre. -Me haré cortes por todo el cuerpo, me tatuaré, quiero volverme horrible como un mongol: ya lo verás, aullaré por las calles. Quiero volverme loco de rabia . Nunca me enseñes joyas, me arrastraría y me retorcería sobre la alfombra. Mi riqueza la querría toda manchada de sangre. Nunca trabajaré...' Muchas noches, su demonio se apoderaba de mí y rodábamos por el suelo, luchaba con él. -De noche, a menudo, borracho, se aposta en las calles o en las casas para asustarme mortalmente. -'Me cortarán de verdad el cuello; será repugnante'. ¡Ay, esos días en que decide adoptar el aire del crimen!
"A veces habla, en una especie de jerga tierna, de la muerte que hace arrepentir, de los desgraciados que indudablemente existen, de trabajos penosos, de las ausencias que parten el corazón. En los tugurios donde nos emborrachábamos, lloraba contemplando a los que nos rodeaban, ganado de miseria. Levantaba a los borrachos en las calles negras. Tenía la compasión de una mala madre para con los niños. Se marchaba con modales de niña a la catequesis. -Aparentaba tener conocimientos acerca de todo, comercio, arte, medicina. -¡Yo le seguía, le es necesario!
"Yo veía todo el decorado con que, en espíritu se rodeaba: vestidos, sábanas, muebles: yo le atribuía armas, otra figura. Veía todo lo que le concernía como él hubiera querido crearlo para sí.Cuando me parecía que tenía el ánimo apagado, le seguía, lejos, en acciones extrañas y complicadas, buenas o malas: estaba segura de no entrar nunca en su mundo. Cuántas horas pasé en vela de noche junto a su amado cuerpo dormido, indagando por qué se empeñaba él tanto en evadirse de la realidad . Nunca hombre alguno tuvo semejante ansia. Me daba cuenta -sin temer por él- que podía constituir un peligro serio para la sociedad. -¿Tiene quizás secretos para CAMBIAR LA VIDA? -No, no hace más que buscarlos, me respondía yo. En fin su caridad está embrujada, y yo soy su prisionera. Ninguna otra alma tendría tanta fuerza, -¡fuerza de la desesperación!- para soportarla, -para ser protegida y amada por él. Además, no me lo imaginaba con otra alma: uno ve su Ángel nunca el Ángel de otro -creo. Estaba en su alma como en un palacio que se ha vaciado para no ver ninguna persona tan poco noble como tú: eso es todo.¡Ay, cómo dependía de él. ¿Pero qué pretendía de mi existencia floja y gris?. ¡No conseguía que me volviera mejor, si no me hacía morir! Tristemente despechada, le dije un día: 'te comprendo'. Él se encongió de hombros.
"Así , mi pena se renovaba sin cesar, y me encontraba más perdida ante mis propios ojos, -como ante todos los ojos que hubieran querido fijarse en mí, ¡si no hubiera estado condenada para siempre al olvido de todos-!, tenía cada vez más hambre de su bondad. Con sus besos y sus abrazos amigos, aquello era un cielo, un sombrío cielo donde yo entraba y donde hubiera querido quedar abandonada, pobre, sorda, muda, ciega. Ya me iba acostumbrando. Nos veía como dos niños buenos, libres de pasearnos por un Paraíso de tristeza. Nos entendíamos. Conmovidos, trabajábamos juntos. Pero, tras una intensa caricia, él decía: 'Qué raro te parecerá haber vivido esto, cuando yo no esté más. Cuando no tengas ya mis brazos en torno a tu cuello, ni mi corazón para descansar en él, ni esta boca en tus ojos. Porque tendré que irme muy lejos algún día. Pues he de ayudar a otras: es mi deber. Aunque eso no sea muy excitante, alma querida...' Inmediatamente me presentía, cuando se había ido, presa del vértigo, precipitada en la más espantosa sombra: la muerte. Le hacía prometer que no me abandonaría. Veinte veces hizo esa promesa de amante. Era tan frívolo como yo cuando le decía:'Te comprendo'
"¡Ay! Nunca he estado celosa de él. No me abandonará, creo. ¿Qué sería de él? No tiene ni un amigo, no trabaja nunca. Quiere vivir sonámbulo. ¿Le darían algún derecho en el mundo real su bondad y su caridad por sí solas? A ratos, olvido la compasión en la que he caido: él me hará fuerte, viajaremos, cazaremos en el desierto, dormiremos sobre los adoquines de ciudades desconocidas, sin cuidado, sin penas. O me despertaré, y leyes y costumbres habrán cambiado -gracias a su poder mágico-; el mundo, aun siendo el mismo, me librará de mis deseos, gozos, indolencias. ¡Ay, la vida de aventuras que aparece en los libros de los niños, ¿me la darás tú para compensarme, he sufrido tanto, me la darás?. No puede. Desconozco su ideal. Me dice que tiene penas, esperanzas: eso no es asunto mío. ¿Le habla a Dios? Quizás debería dirigirme yo a Dios. Estoy en lo más profundo del abismo, y no sé rezar.
"Si me explicara sus tristezas, ¿las comprendería mejor que sus burlas?. Me ataca, pasa horas haciendo que me avergüence de todo lo que ha conseguido conmoverme en el mundo, y se indigna si lloro.
" 'Mira aquel joven elegante entrando en esa casa hermosa y tranquila: se llama Duval, Dufour, Armand, Maurice, ¿qué sé yo? Una mujer se ha consagrado a amar a ese malvado idiota: ella está muerta; seguro que, ahora, es una santa en el cielo. Tú me harás morir como él hizo morir a esa mujer. Es nuestro destino, el destino de los corazones caritativos...' ¡Ay!, eran días en que todos los hombres que hacían algo le parecían juguetes de delirios grotescos: se reía horriblemente durante mucho rato. Luego volvía a sus maneras de madre joven, de hermana querida. ¡Si no fuera menos salvaje, estaríamos salvados! Pero también su dulzura es mortal. Estoy sometida a él. ¡Ay, estoy loca!
"¡Quizás un día desaparecerá de alguna forma extraordinaria; pero tengo que saber si va a subir a algún cielo, y entrever al menos la asunción de mi amiguito!".
¡Qué extraña pareja!
Del libro "Una temporada en el infierno" Arthur Rimbaud

EL MAR. POESÍA ERÓTICA



Como en un lecho me tendí en el mar.
Hechizada por musgos y por linos
tuve acoso de brazos peregrinos
que me echaban las ondas al pasar.

Contra mi carne se batió el azar.
El agua -furia, vértigos y vinos-
se entretenía con los bordes finos
de mis caderas, blancas de esperar.

Entonces: grave, pálido, insereno,
llegaste como llega siempre el mar
y tu mirada me rompió este seno.

Ni Dios mismo nos pudo separar:
cuando una ola te volvía ajeno
entrabas en mis piernas con el mar.

Carilda Oliver Labra, Cuba
Cuadro: El Beso (Henri de Toulouse-Lautrec)

martes, 16 de diciembre de 2008

LA ADÚLTERA. RELATOS ERÓTICOS


Grabado de Picasso: La mujer y la fauna
La señora Felipa, es sorprendida en compañía de su amante por su marido, que la acusa ante el juez. Ella se libra de toda condena mediante una respuesta pronta y atinada, y logra que se modifique la ley establecida contra las mujeres adúlteras. La reina indicó a Filostrato para que hiciera uso de la palabra. Este obedeció enseguida y habló así: "Amigas, es muy bonito saber hablar bien, pero yo creo que todavía es más hermoso saberlo hacer cuando se presenta la necesidad de ello. Esto es lo que hizo una dama de la que os voy a hablar ahora quien no solamente hizo reír a todos cuantos la oían, sino que se libro por ese medio, de una muerte humillante, según vais a ver. En la ciudad de Prato existía en otro tiempo una ley contra las mujeres, que era no menos injusta que cruel, pues condenaba sin excepción a ser quemadas vivas a aquellas que hubieran sido sorprendidas por sus maridos en flagrante delito de adulterio o que se abandonasen por dinero a otros hombres.
Mientras aquella ley estaba en vigor, sucedió que una joven más enamorada que ninguna otra, y que se llamaba Felipa, fue sorprendida una noche en su alcoba por Rinaldo de Puglieri, su marido, en brazos de Lazarino de Quasdagliotti, noble y bello gentilhombre de aquella ciudad, a quien dicha mujer amaba como a ella misma.
Ante semejante afrenta, el marido, todo indignado, bastante hizo con no precipitarse sobre los dos amantes para darles muerte. El temor que sintió por su persona le contuvo.
Más aquello que no hizo él, quiso que lo hiciera la ley, que al ordenar que su esposa fuera quemada viva, le vengaba de la ofensa que acababa de recibir.
Por lo cual, como tuviera bastantes pruebas para demostrar la infidelidad de la que había sido objeto, marchó en cuanto amaneció a demandar a su esposa y hacer que fuera detenida, sin tomar consejo de nadie.
Los parientes y amigos de Felipa, aconsejaron a esta que no compareciera ante el tribunal, pero ella, que tenía un gran corazón, como todas las que saben amar, prefirió morir valientemente confesando la verdad, que no huir y vivir vergonzosamente en el destierro, mostrándose indigna del amante en cuyos brazos había sido sorprendida aquella noche.
Dirigióse pues, al tribunal, acompañada `por algunos hombres y mujeres que la aconsejaban no hiciese semejante cosa. Preguntó al juez, una vez que estuvo ante él y con tono sereno y firme qué quería. El juez se puso a mirarla y admirando su belleza y distinguidas maneras, juzgó, por su firmeza, que debía tener un elevado espíritu, no obstante, no tendría él otro remedio que condenarla a muerte. Le dijo:
-Señora, he aquí que Rinaldo, vuestro marido, se queja de vos y dice haberos sorprendido con otro hombre, cometiendo delito de adulterio. Quiere que se os aplique con todo rigor una ley que hemos creado, condenándoos por tanto a muerte. Yo no puedo decidir nada hasta que vos no hayas confesado vuestro delito. Ved, pues, lo que habéis de contestar y si estáis dispuesta a decir que es verdad lo que vuestro marido os imputa. La joven, sin vacilar lo más mínimo repuso, bromeando.
-Cierto es señor, que Rinaldo es mi marido, y que esta noche me ha encontrado en brazos de Lazarino, en compañía del cual me ha podido hallar otras veces, pues le amo con todo mi corazón. No pretendo negarlo. Pero vos sabéis, estoy segura, que las leyes deben ser hechas por aquellos a quienes conciernen: No ha sucedido eso con aquella por la que voy a ser castigada. Dicha ley es muy rigurosa tan sólo con las mujeres, que en amor pueden por cierto dar gusto a muchos, y además ha sido hecha sin consultar a ninguna mujer, pues ninguna ha dado su consentimiento para ponerla en vigor. Debe por tanto, ser considerada en buen derecho como viciosa e injusta. Si la cumplís a costa de mi vida y de vuestra conciencia, eso sólo a vos concierne, pero antes de pronunciar vuestra sentencia, os suplico que me concedáis una gracia y es la de que preguntéis a mi marido si alguna vez y en tantas ocasiones como ha tenido bien solicitarlo, me he negado a satisfacer sus deseos.
Rinaldo, sin esperar a que el juez le hiciera la pregunta, repuso que su mujer no se había negado nunca a sus deseos.
La joven entonces prosiguió.
-Y ahora os pregunto señor juez. ¿es que una vez que mi marido ha tomado de mí cuanto le era necesario y le venía en gana, no puedo yo disponer del resto. ¿Es que debería habérselo arrojado a los perros? ¿No es más razonable que se lo haya dado a un gentilhombre que me adora, que no dejarlo perder o estropear?
Aquél juicio produjo tanto ruido y la señora Felipa, se hizo tan célebre, que casi todos los habitantes de Prato asistieron a los debates. Al escuchar tan divertido pleito, todos los asistentes, después de reír mucho, estuvieron unánimes en que la mujer tenía razón. De tal suerte, que aquella ley tan rigurosa fue modificada por consejo del juez, en el sentido de que sólo se aplicase contra aquellas mujeres que por un motivo sórdido de interés engañaran a sus maridos.
Con lo cual Rinaldo dejó la sala del juicio todo confuso por su fracaso en su loca empresa. Y su mujer, muy alegre y satisfecha, regresó triunfante a su casa, segura de haber escapado a la pira.”
Del Libro El Decamerón, de Bocaccio
.

DÉJAME SUELTAS LAS MANOS
Déjame sueltas las manosy el corazón,

déjame libre!

Deja que mis dedos corran

por los caminos de tu cuerpo.

La pasión -sangre, fuego, besos-

me incendia a llamaradas trémulas.

Ay, tu no sabes lo que es esto!

Es la tempestad de mis sentidos

doblegando la selva sensible de mis nervios.

Es la carne que grita con sus ardientes lenguas!

Es el incendio!

Y está aquí, mujer, como un madero intacto

ahora que vuela toda mi vida hecha cenizas

hacia tu cuerpo lleno, como la noche, de astros!

Déjame libres las manos

y el corazón, déjame libre!

Yo sólo te deseo, yo sólo te deseo!

No es amor, es deseo que se agosta y se extingue,

es precipitación de furias, acercamiento de lo imposible,

pero estás tú,

estás para dármelo todo,

y a darme lo que tienes a la tierra viniste

-como yo para contenerte,

y desearte,

y recibirte!



Pablo Neruda


Cuadro: Las Bañistas. Renoir

EL SEXO EN LA ROMA DE ARETINO: DE LAS LUPAE A LAS CORTIGINAE (O DE LAS LOBAS A LAS CORTESANAS)


El cuadro es un desnudo, de Amadeo Modigliani

En la Roma clásica el sexo tenía categorías rígidas que pocas veces se distorsionaban. Existía el lupanarium, atendido por mujeres jóvenes que se llamaban lupae, es decir, lobas (acaso como la que amamantó a Rómulo y Remo). La palabra lupanarium, a su vez, aceptada por Petronio, Catulo Y Juvenal, era resistida por otros poetas como Marcial y Horacio. Estos argumentaban que el verdadero nombre debía ser el de fornice, derivado de los arcos que adornaban los muros exteriores de los edificios. Y es aquí, en los fornices, donde se pactaba para fornicar con las lupae, quienes, a veces, lo hacían públicamente para atraer clientes.

Además de las lupae, que vivían en los suburbios, existían las famosae, patricias que se prostituían para alcanzar posiciones o aspirara a los favores de los poderosos. Les seguían las doris, de proporciones escultóricas, y las ambulatoriae (similares a las que siglos después serían llamadas putanne di candele), que buscaban en la calle o en el circo.

Luego, descendiendo en la escala del sexo, se hallaban las aelicariae, hijas de panaderos que vendían los panes colyphia, palabra que en el argot de los gladiadores significaba pene. En lo más bajo de la escala, se ubicaban las bustuariae, que ejercían en los cementerios.

El sexo se practicaba en las posadas y tabernas. Incluso en los baños públicos, donde las lupae se ofrecían como masajistas para fornicar con los clientes, como lo escribe Plinio. Había burdeles por todas partes. Burdeles para los pobres y burdeles para los patricios.

En las antiguas lupercalias, sin embargo, no se hacía ninguna clase de distingo. La orgía sexual era pública y nadie podía quejarse del compañero o la compañera que le tocaba en suerte. Las penetraciones estaban en función de toda cavidad dispuesta a convertirse en receptora, como decía Alberoni en les Lupercollis de Firenze (1592)

Ya en el Renacimiento, las cortigiane debían su nombre al trato frecuente con los cortesanos en los palacios ducales. Eran amantes de duques y príncipes de la iglesia. Poseían un cultura que las distinguía entre las puttane, como lo expresa el mismo Aretino en el Ragionamento del Zoppino. De gran memoria, dirá él, podían recitar a Horacio, Ovidio, Virgilio y Tetrarca.

Había dos clases de cortesanas, las cortigiae oneste, cultas, de posición elevada, y las cortigiae di candele, las que buscaban en los lugares públicos, alumbrándose por las noches con una candela. No eran en realidad, estrictamente cortesanas, sino puttane di candele.

Pietro aretino, el autor de los Sonetti lussuriosi y los Ragionamenti, exaltó y satirizó a las cortesanas, porque siempre anduvo mezclado en sus aventuras. Las conoció profundamente, como Benvenuto Cellini, y en algunos momentos fue por ello objeto del ataque de los poetas que le tenían inquina por su talento y sus conexiones con los Médicis.

Si hemos de recordar a ciertas cortesanas, debemos mencionar a Imperia de Cagnaris, nacida en Roma en 1481. Era hermosísima y escribía sonetos. Se cree que fue la modelo de Rafael para la Safo de Parnassus. En su casa se reunían los grandes poetas y artistas del Renacimiento. Murió a los 26 años (según parece por propia mano) y fue enterrada en la Iglesia de San Gregorio, un privilegio jamás alcanzado ni antes ni después por otras cortesanas.

Ora punta honesta, y también de excelsas condiciones, de la que se enamoró Bandello, fue Caterina di San Celso. Era música y de una vasta cultura general en todas las artes, los poetas solían pedirle que musicara sus obras.

Podríamos mencionar a muchas más: Fiammeta, Grechetta, Corsette. Todas ellas se destacaron. Dueñas del sexo que ambicionaban los influyentes, no lo descuidaron e intercedieron ante duques, príncipes y funcionarios de la Iglesia para salvar a más de un creador por una persecución arbitraria.

Juan Jacobo Bajarlía, del libro: Breve diccionario de erotismo y poemario satírico, ed.Almagesto.