domingo, 19 de abril de 2009

RELATOS ERÓTICOS. LA MUJER DEL VELO. VI. ANÄIS NIN


Cuadro: Boucher.
...Aun entonces suspendieron su placer, y ella sintió a George con absoluta calma. Pero al momento señaló el espejo y dijo riendo: –Mira, parece como si no estuviéramos haciendo el amor; como si yo estuviera sentada en tus rodillas, y tú, bribón, has estado todo el tiempo dentro de mí, e incluso te estremeces. ¡Ah, no puedo soportar más esta ficción de que no tengo nada dentro! Me está ardiendo. ¡Muévete ya, muévete!
Se arrojó sobre él, de modo que pudiera girar en torno al miembro erecto, y de esta danza erótica obtuvo un placer que la hizo gritar. Al mismo tiempo, un relámpago de éxtasis estallaba en el cuerpo de George.
Pese a la intensidad de su amor, cuando George se marchó ella no le preguntó su nombre ni le pidió que volviera. Le dio un ligero beso en sus labios, casi doloridos, y le despidió. Durante meses, el recuerdo de aquella noche le obsesionó y no pudo repetir la experiencia con ninguna otra mujer. Un día se encontró con un amigo que acababa de cobrar unos artículos y lo invitó a beber. Contó a George la increíble historia de una escena de la que había sido testigo. Estaba gastándose pródigamente el dinero en un bar, cuando un hombre muy distinguido se le acercó y le sugirió un agradable pasatiempo: observar una magnífica escena de amor, y como el amigo de George era un voyeur redomado, aceptó la sugerencia inmediatamente. Fue conducido a una misteriosa casa, a un apartamento suntuoso, y recluido en una habitación obscura desde donde pudo contemplar cómo una ninfómana hacía el amor con un hombre especialmente dotado y potente.
A George le dio un vuelco el corazón. –Descríbeme a esa mujer –pidió.
El amigo describió a la mujer con la que George había hecho el amor, incluido el vestido de raso. Describió también la cama con dosel, los espejos: todo. El amigo de George había pagado cien dólares por el espectáculo, pero había valido la pena y había durado horas. ¡Pobre George! Durante meses prescindió de las mujeres. No podía creer tamaña perfidia, tamaña farsa. Le obsesionaba la idea de que las que lo invitaban a sus apartamentos tenían escondido tras una cortina algún espectador.
Fin

jueves, 16 de abril de 2009

RELATOS ERÓTICOS. LA MUJER DEL VELO. V. ANÄIS NIN


Cuadro: Odalisca, de Ingres


George le paseó las manos por todo el cuerpo, como para inflamar hasta el último rincón con su contacto, acariciándola de nuevo desde los hombros hasta los pies antes de intentar deslizar la mano entre sus piernas, que se abrieron un poco más, hasta permitirle llegar muy cerca del sexo.
Los besos de George revolvieron el cabello de la mujer; su vestido había resbalado de los hombros y descubría en parte los senos. Se lo acabó de bajar con la boca, revelando los pechos que esperaba: tentadores, turgentes y de la mas fina piel, con pezones rosados como los de una adolescente. Su complacencia le incitó casi a hacerle daño para excitarla de alguna forma. Las caricias le afectaban a él, pero no a ella. El dedo de George halló un sexo frío y suave, obediente, pero sin vibraciones. George empezó a creer que el misterio de aquella mujer radicaba en su incapacidad para ser excitada. Pero no era posible. Su cuerpo prometía tanta sensualidad; la piel era tan sensible, tan plena su boca.
Era imposible que no pudiera gozar. Ahora la acariciaba sin pausa, como en sueños, como si no tuviera prisa, aguardando a que la llama prendiera en ella.
Los espejos que los rodeaban repetían la imagen de la mujer yacente, con el vestido caído de sus pechos, sus hermosos pies descalzos colgando de la cama y sus piernas ligeramente separadas bajo la ropa.
Tenía que arrancarle el vestido del todo, acostarse en la cama con ella y sentir su cuerpo entero contra el suyo. Empezó a tirar del vestido y ella le ayudó. Su cuerpo emergió como el de Venus surgiendo del mar. La levantó para que pudiera tenderse por completo en el lecho y no dejó de besar todos los rincones de su piel. Entonces sucedió algo extraño. Cuando se inclinó para regalar sus ojos con la belleza de aquel sexo y su color sonrosado, ella se estremeció, y George casi gritó de alegría.
–Quítate la ropa –murmuró ella. Se desvistió. Desnudo, sabía cuál era su poder. Se sentía mejor desnudo que vestido, pues había sido atleta, nadador, excursionista y escalador. Supo que podía gustarle.
Ella le miró. ¿Se sentía complacida? Cuando se inclinó sobre ella, ¿se mostró más receptiva? No podía afirmarlo. Ahora la deseaba tanto que no podía aguardar más, quería tocarla con el extremo de su sexo, pero ella le detuvo. Antes quería besar y acariciar aquel miembro. Se entregó a la tarea con tal entusiasmo, que George se encontró con sus nalgas junto a la cara y en condiciones de besarla y acariciarla a placer. George fue presa del deseo de explorar y tocar todos los rincones de aquel cuerpo. Separó la abertura del sexo con dos dedos y regaló sus ojos con el fulgor de la piel, el delicado fluir de la miel y el vello rizándose en torno a sus dedos. Su boca se tornó cada vez más ávida, como si se hubiera convertido en un órgano sexual autónomo capaz de gozar tanto de la mujer que si hubiera continuado lamiendo su carne hubiera alcanzado un placer absolutamente desconocido. Cuando la mordió, experimentando una sensación deliciosa, notó de nuevo que a ella la recorría un estremecimiento de placer. La apartó de su miembro a la fuerza por miedo a que pudiera obtener todo el placer limitándose a besarlo y a quedarse sin penetrarla. Era como si el gusto de la carne los volviera a ambos hambrientos. Y ahora sus bocas se mezclaban, buscándose las inquietas lenguas.
La sangre de la mujer ardía. Por fin, la lentitud de George parecía haber conseguido algo. Sus ojos brillaban intensamente y su boca no podía abandonar el cuerpo de su compañero. Entonces la tomó, pues se le ofrecía abriéndose la vulva con sus adorables dedos, como si ya no pudiera esperar más. Aun entonces suspendieron su placer, y ella sintió a George con absoluta calma...

Continuará

Relatos eróticos. Masetto de Lamporecchio fingióse mudo y se hizo hortelano de un convento de monjas, las cuales porfiaban por acostarse con él, II.


Cuadro: Mujeres a orillas del mar. Puvis de Chavannes

Un día, una monja las vio desde su ventanita de la celda, y se lo enseñó a dos compañeras. Decidieron ir a acusarlas a la abadesa, pero pronto cambiaron de opinión y fueron a participar de Masetto, a quien por otros incidentes habían ido también a dar en él.
Por último, la abadesa, ignorante de lo que ocurría, se paseaba por el jardín un día de mucho calor, cuando encontró a Masetto, quien, dada la mucha fatiga de cabalgar por la noche, estaba tendido bajo la sombra de un árbol. El viento había levantado sus ropas y estaba todo descubierto; tentación que sufrió la abadesa, como sus monjitas. Le condujo a su cámara y allí le tuvo varios días, con gran desconsuelo de sus monjas, al ver que él no salía a labrarles el huerto. La abadesa, en cambio, probaba la dulzura que reprobaba ante las demás. Le buscaba muchas veces, y las demás monjas también; entonces, el mudo pensó que el seguir así no podría reportarle ningún bien, y una noche dijo a la abadesa:
- He oído, señora, que un gallo se basta para diez gallinas, pero ni diez hombres se bastan para satisfacer a una mujer, y a mí me toca cumplimentar a nueve. No podría perseverar en ello, y ahora, con lo que he hecho, no puedo hacer ni lo poco ni lo mucho. Por tanto, o me dejáis ir con Dios o ponéis remedio.
Ella, al oírle hablar, pasmóse y dijo:
- ¿Qué es esto? Creía que eras mudo.
- Señora –dijo Masetto- ; lo era, pero no de natural, sino por una enfermedad que me privó del habla, la cual he recuperado esta noche, por lo que le doy gracias a Dios.
La abadesa le creyó y le preguntó qué era lo de servir a nueve mujeres. Masetto lo contó todo, y la mujer, ante tal realidad, decidió buscar remedio a la situación, para que no se difamara al convento. Por aquellos días, había muerto el administrador, por lo que las monjas explicaron a las gentes del pueblo que los méritos del santo protector del monasterio, habían restituido el habla al hortelano, haciéndole luego administrador. Después se organizaron entre ellas tan diestramente, que el hombre pudo soportarlas. Aunque engendraron bastantes monjitos, nada se supo hasta la muerte de la abadesa. Entonces Masetto, viejo, padre, y rico, sin preocupación de mantener a sus hijos, regresó a su país natal, afirmando que así trataba la suerte a quien le pone cuernos.
El Decamerón. Boccaccio

jueves, 9 de abril de 2009

RELATOS ERÓTICOS. MASETTO DE LAMPORECCHI I.. EL DECAMERON. BOCCACCIO

Cuadro: Los Bécquer contra el Rey. Hermanos Bécquer


Amigas mías, hay muchos hombres y mujeres necios a quien les parece que una mujer, por ponerse una toga blanca y un hábito negro, ha dejado de sentir los femeniles apetitos, como si al convertirse en monja pasara también a ser de piedra. Y cuando oyen algo contrario a esa creencia, se turban como si se hubiese cometido un gran mal. Piensan éstos, además, que en los trabajos del campo, las viandas toscas y las fatigas, eliminan los apetitos concupiscentes. Pero se equivocan, y quiero demostrároslo con esta narración.
Hay en nuestro país un convento de monjas muy alabado por su santidad, que no diré cuál es, para no hacer que pierda fama. No hace mucho, vivían allí 8 mujeres y la abadesa, todas jóvenes, y un hortelano que cuidaba el jardín. Este, no satisfecho de su salario, les pidió la cuenta y regresó a su pueblo, que era Lamporecchio. Había allí un labrador joven, fuerte y robusto, llamado Masetto, que quiso enterarse del trabajo de éste en el convento……
Al cabo de unos días de trabajar allí, las monjas empezaron a molestarle, y como creían que era mudo, le decían muchas palabras injuriosas. Un día en que había trabajado mucho, y estaba descansando, dos monjas, creyendo que estaba dormido, decían:
Si no dijeras nada, te confiaría un pensamiento que he tenido algunas veces; tú también te podrías aprovechar.
La otra declaró:
Dímelo, que no hablaré.
No sé si has pensado lo sobriamente que vivimos –dijo la atrevida- , ya que aquí no puede entrar ningún hombre, excepto el mayordomo, por viejo, y éste, por mudo. Yo he oído decir a mujeres que el placer mayor de todos es el de hombre y mujer. Yo he pensado que, ya que no puedo con otros, podría ensayarme con el mudo, y además, sería lo más prudente, porque no diría nada. ¿Qué opinas?
¡Qué dices! –dijo la otra-, ¡Hemos prometido a Dios nuestra virginidad!
¡Y cuántas cosas que no se cumplen se le prometen día a día! –repuso la primera-.
¿Y si quedáramos embarazadas? –inquirió la más prudente-. Y su amiga contestó:
Piensas en el mal antes de que llegue. Cuando ocurra, pensaremos algo. Encontraremos mil soluciones, si nadie se entera.La otra, al oír esto, sintió más deseos que la primera de probar qué clase de animal era el hombre.¿Cómo lo haremos?- dijo.
Ahora es la hora nona, y todas las monjas deben de estar durmiendo, asegurémonos de que no hay nadie en el huerto, y entonces, ¿qué hemos de hacer, sino echar mano a ése, y llevarlo a la cabaña junto al manantial? Mientras una esté con él, que la otra vigile. Como se trata de un necio, hará lo que queramos.
Masetto se enteraba de todo, y estaba presto a obedecer. Cuando ellas hubieron comprobado y examinado todo, la más atrevida se dirigió a Masetto y le despertó con obras lisonjeras, le tomó la mano y él se reía neciamente. Lo llevó a la cabaña, donde Masetto, sin hacerse rogar, cumplió lo que ella quería. La monja, como buena compañera, llamó luego a la otra, a quien Masetto también cumplimentó. Antes de marcharse, volvieron a probar al mudo, y las dos coincidieron en que era lo más dulce que existía.A partir de entonces, planeaban horas adecuadas para ir a retozar con el hortelano…
Continuará…

martes, 7 de abril de 2009

POESÍA ERÓTICA. TE ESPERARÉ. ERNESTINA DE CHAMPOURCIN


Te esperaré apoyada en la curva del cielo
y todas las estrellas abrirán para verte
sus ojos conmovidos.
Te esperaré desnuda.
Seis túnicas de luz resbalando ante ti
deshojarán el ámbar moreno de mis hombros.
Nadie podrá mirarme sin que azote sus párpados
un látigo de niebla.
Sólo tú lograrás ceñir en tus pupilas
mi sien alucinada
y mis manos que ofrecen su cáliz entreabierto
a todo lo inasible.
Te esperaré encendida.
Mi antorcha despejando la noche de tus labios
libertará por fin tu esencia creadora.
¡Ven a fundirte en mí!
El agua de mis besos, ungiéndote, dirá
tu verdadero nombre.


ERNESTINA DE CHAMPOURCIN

domingo, 5 de abril de 2009

RELATOS ERÓTICOS. LA MUJER DEL VELO. 1. ANÄIS NIN.


Cuadro: Su bella sonrisa. Seignac

Cierta vez, George fue a un bar sueco que le agradaba, y se sentó en una mesa, dispuesto a pasar una velada de ocio. En la mesa inmediata descubrió una pareja muy elegante y distinguida, el hombre vestido con exquisita corrección y la mujer toda de negro, con un velo que cubría su espléndido rostro y sus alhajas de colores brillantes.
Ambos le sonrieron. Apenas se hablaban, como si se conocieran tanto que no tuvieran necesidad de palabras.
Los tres contemplaban la actividad del bar –parejas bebiendo juntas, una mujer bebiendo sola, un hombre en busca de aventuras– y los tres parecían estar pensando en lo mismo.
Al cabo de un rato, el hombre atildado inició una conversación con George, que no desperdició la oportunidad de poder observar a la mujer a sus anchas. La encontró aún más bella de lo que le había parecido. Pero en el momento en que esperaba que ella se sumara a la conversación, dijo a su compañero unas pocas palabras, que George no pudo captar, sonrió y se marchó. George se quedó alicaído: se había esfumado el placer de aquella noche. Por añadidura sólo tenía unos pocos dólares y no podía invitar al hombre a beber con él, para descubrir,
quizá, algo más acerca de la mujer. Para su sorpresa, fue el hombre quien se volvió hacia él y dijo:
–¿Le importaría tomarse una copa conmigo?
George aceptó. Su conversación pasó de sus experiencias en materia de hoteles en el sur de Francia al reconocimiento por parte de George de que andaba muy mal de fondos. La respuesta del hombre dio a entender que resultaba sumamente fácil conseguir dinero. No aclaró cómo e hizo que George confesara un poco más.
George tenía en común con muchos hombres un defecto: cuando estaba de buen humor le gustaba contar sus hazañas. Y así lo hizo, empleando un lenguaje enrevesado. Insinuó que tan pronto ponía un pie en la calle se le presentaba alguna aventura, y afirmó que nunca andaba escaso de mujeres ni de noches interesantes.
Su compañero sonreía y escuchaba.
Cuando George hubo terminado de hablar, el hombre dijo:
–Eso era lo que yo esperaba de usted desde el momento en que lo vi. Es usted el hombre que estoy buscando. Me encuentro con un problema tremendamente delicado. Algo único. Ignoro si ha tratado mucho con mujeres difíciles y neuróticas. Pero a juzgar por lo que me ha contado diría que no. Yo sí que he tenido relaciones con esa clase de mujeres. Tal vez las atraigo. En este momento me encuentro en una situación complicada y no sé cómo salir de ella. Necesito su ayuda...
Continuará

RELATOS ERÓTICOS, LA MUJER DEL VELO.2 ANÄIS NIN.


Cuadro: Psyché, de Guillaume Seignac.
Dice usted que le hace falta dinero. Bien, pues yo puedo sugerirle una manera más bien agradable de conseguirlo. Escúcheme con atención: hay una mujer rica y bellísima; en realidad, perfecta. Podría ser amada con devoción por quien ella quisiera y podría casarse con quien se le antojara. Pero por cierto perverso accidente de su naturaleza, sólo gusta de lo desconocido.
–¡A todo el mundo le gusta lo desconocido! –objetó George, pensando inmediatamente en viajes, en encuentros inesperados, en situaciones nuevas.
–No, no en ese sentido. Ella siente interés sólo por hombres a los que nunca haya visto y a los que nunca vuelva a ver. Por un hombre así hace cualquier cosa.
George rabiaba por preguntar si aquella mujer era la que había estado sentada a la mesa con ellos. Pero no se atrevía. El hombre parecía más bien molesto por tener que contar aquella historia pero, al mismo tiempo, parecía sentir un extraño impulso a hacerlo.
–Debo velar por la felicidad de esa mujer –continuó–. Lo daría todo por ella. He dedicado mi vida a satisfacer sus caprichos.
–Comprendo –dijo George–. Yo sería capaz de sentir lo mismo.
–Ahora –concluyó el elegante desconocido–, si usted quiere venir conmigo, quizá pueda resolver sus dificultades financieras por una semana y, de paso, satisfacer su deseo de aventuras. George se ruborizó de placer. Abandonaron juntos el bar. El hombre llamó un taxi y dio a George cincuenta dólares. Dijo que tenía que vendarle los ojos para que no viera la casa ni la calle a la que iban, puesto que nunca debía repetirse aquella experiencia.
George se hallaba presa de la mayor curiosidad, con visiones obsesivas de la mujer que había conocido en el bar, evocando a cada momento su espléndida boca y sus ojos brillantes tras el velo. Lo que le había gustado en particular era el cabello; le agradaba el cabello espeso que gravitaba sobre el rostro como una graciosa carga, olorosa y rica. Era una de sus pasiones.


Continuará