miércoles, 15 de julio de 2009

POESÍA ERÓTICA. A QUIEN VELA TODO SE REVELA. GONZALO ROJAS



Bello es dormir al lado de una mujer hermosa,
después de haberla conocido
hasta la saciedad. Bello es correr desnudo
tras ella, por el césped
de los sueños eróticos.

Pero es mejor velar, no sucumbir
a la hipnosis, gustar la lucha de las fieras
detrás de la maleza, con la oreja pegada
a la espalda olorosa,
la mano como víbora en los pechos
de la durmiente, oírla
respirar, olvidada de su cuerpo desnudo.

Después, llamar a su alma
y arrancarla un segundo de su rostro,
y tener la visión de lo que ha sido
mucho antes de dormir junto a mi sangre,
cuando erraba en el éter,
como un día de lluvia.

Y, aún más, decirle: "Ven,
sal de tu cuerpo. Vámonos de fuga.
Te llevaré en mis hombros, si me dices
que, después de gozarte y conocerte,
todavía eres tú, o eres la nada".

Bello es oír su voz: -"'Soy una parte
de ti, pero no soy
sino la emanación de tu locura,
la estrella del placer, nada más que el fulgor
de tu cuerpo en el mundo".

Todo es cosa de hundirse,
de caer hacia el fondo, como un árbol
parado en sus raíces, que cae, y nunca cesa
de caer hacia el fondo.

lunes, 13 de julio de 2009

POESÍA ERÓTICA. CINTA ABISMAL. DINA POSADA.

Cuadro: Cupido y Psyche. Annie Wynnerton.

CINTA ABISMAL

Es tu lengua
acierto de vigilia
dejándose llevar
por el lascivo
inquieto
travieso
viento moreno
de mis muslos

Hebra de agua tibia
descubriendo
mis pechos despiertos
piruetea con la gana
que el espejo refleja
en una marejada
de pulsos agitados

Lápiz de filo diligente
perfilando mi abertura
que se explaya
enardece
y grita
soltando su vena
salpicando los sentidos

Voluntad de labios
sometiendo
labios a su voluntad

Anzuelo que pesca
sujeta
y
vuela
con mi carne

al punto preciso

donde el resuello
dice
que termina
y
la quietud
clama
por nacer.

miércoles, 8 de julio de 2009

RELATOS ERÓTICOS. MARIANNE -6 Y FINAL- ANÄIS NIN

Cuadro: El hada de las lilas. Falero

El hecho de ser observado me produjo un placer extraordinario. Yo caminaba por la habitación o me tendía en la cama. Ella no se movió en ningún momento. Repetimos esta escena todos los días durante una semana, pero al tercer día tuve una erección.

¿Se dio cuenta ella, desde el otro lado de la calle? ¿Me veía? Comencé a tocarme, sintiendo todo el tiempo cuan atenta estaba a cada uno de mis gestos. Me bañaba en una deliciosa excitación. Desde donde estaba echado podía ver la forma lujuriosa de la mujer.

Mirándola ahora directamente, jugué con mi sexo y, al final, me excité hasta tal punto que llegué al orgasmo.

La mujer no cesaba de mirarme. ¿Haría alguna señal? ¿La excitaba observarme? Seguro. Al día siguiente, aguardé su aparición con ansiedad. Salió a la misma hora, se sentó en su balcón y dirigió la mirada hacia mí. Desde aquella distancia yo no podía precisar si sonreía o no. Volví a tenderme en la cama.

Aunque éramos vecinos, no tratamos de encontrarnos en la calle. Todo cuanto recuerdo es el placer que yo obtenía así y que ningún otro placer ha igualado nunca. La mera evocación de estos episodios me produce excitación. Marianne me da, hasta cierto punto, ese mismo placer. Me gusta la expresión hambrienta con que me mira, admirándome y adorándome."

Cuando Marianne leyó aquello sintió que nunca vencería su pasividad y se consideraba traicionada como mujer. Lloró un poco. A pesar de todo, seguía amándolo. Era delicado, cariñoso y tierno. Nunca hería sus sentimientos. No era exactamente protector, pero sí fraternal y sensible a sus cambios de humor. La trataba como a la artista de la familia, respetaba su pintura, le transportaba las telas y procuraba serle útil.

Marianne era profesora en una clase de pintura. A Fred le agradaba acompañarla por la mañana con el pretexto de transportarle los útiles. Pero pronto se dio cuenta de que le animaban otros propósitos: le apasionaban los modelos. No como personas, sino por su experiencia de posar. Quería ser modelo.

Ante esto, Marianne se rebeló. Si no obtuviera placer sexual al ser observado quizá no se hubiera opuesto. Pero con esa particularidad era como si se entregara a toda la clase. Marianne no podía soportar la idea, riñó con él.

Sin embargo, él estaba entusiasmado, y acabó siendo aceptado como modelo. Aquel día Marianne se negó a ir a clase; permaneció en casa y lloró como una mujer celosa que sabe que su amante está con otra mujer.

Se encolerizó. Hizo pedazos sus retratos de él, como para arrancar su imagen de sus ojos; la imagen de su cuerpo dorado, suave y perfecto. Aunque los estudiantes fueran indiferentes a los modelos, él reaccionaba a sus ojos, y Marianne no podía tolerarlo.

Este incidente comenzó a separarlos. Parecía como si cuanto más placer le daba ella, más sucumbiera él a su vicio, cuya satisfacción buscaba sin cesar.

No tardaron en hallarse completamente distanciados.

Y Marianne se quedó de nuevo sola para mecanografiar nuestros relatos eróticos.

FIN

viernes, 3 de julio de 2009

TALLER DE VERANO. POESÍA ERÓTICA.


PROGRAMA:
El erotismo en la poesía española: Los románticos (Becquer), Quevedo, Alberti, Miguel Hernández...
El erotismo en la poesía latinoamericana: Carilda Oliver Labra, Francisco Rojas, Neruda, Alfonsina Storni...
El erotismo en la poesía surrealista francesa; Apollinarie: cartas Lou, las mujeres de Paul Eluard, Baudelaire o el erotismo de lo siniestro...
Acercamiento a la literatura erótica: Miller, Miguel Menassa, Anäis Nin...

En el taller habrá un momento de lectura y luego un momento de escritura, de tal manera que cada uno de los integrantes tendrá la posibilidad de producir poemas en el transcurso de los encuentros.

Coordinadora: Alejandra Menassa.
Información: tel: 653903233, alejandramenassa@telefonica.net

jueves, 2 de julio de 2009

RELATOS ERÓTICOS. MARIANNE -5- ANÄIS NIN



Cuadro: El baño. Degas

Fred se mudó al taller. Pero, como Marianne explicó, no pasó de aceptar sus caricias. Yacían en la cama, desnudos, y Fred se comportaba como si ella careciera por completo de sexo. Recibía los tributos de Marianne frenéticamente, pero el deseo de la muchacha quedaba sin respuesta. Lo máximo que hacía era ponerle las manos entre las piernas. Mientras ella le acariciaba con la boca, las manos de Fred le abrían el sexo como si fuera una flor y anduviera buscando el pistilo. Cuando Fred sentía las contracciones de la vulva, de buena gana acariciaba la palpitante abertura. Marianne era capaz de

responder, pero eso no satisfacía la ansiedad que le inspiraban el cuerpo y el sexo de su amante, y anhelaba que él la poseyera de una manera más completa, que la penetrara.

Se le ocurrió mostrarle los manuscritos que estaba mecanografiando. Pensó que eso podría incitarle. Se tendían en la cama y leían juntos. El leía en voz alta, complacido. Se detenía en las descripciones. Leía y releía, y de nuevo se quitaba la ropa y se exhibía, pero por más intensidad que alcanzara su excitación, no pasaba de ahí.

Marianne le pidió que se psicoanalizara, aduciendo lo mucho que a ella la había liberado ese tratamiento. La escuchó con interés, pero se resistió a la idea. Le animó a que escribiera también sus experiencias.

Al principio se mostró tímido e incluso avergonzado, pero luego, casi subrepticiamente, comenzó a escribir, escondiendo las páginas cuando Marianne entraba en la habitación. Usaba un lápiz gastado, y escribía como si se tratara de la confesión de un criminal. Por una casualidad, ella pudo leer lo que había escrito. Fred tenía necesidad urgente de dinero. Había empeñado su máquina de escribir, su abrigo y su reloj, y ya no le quedaba nada por empeñar.

No podía permitir que Marianne se hiciera cargo de él. Tal como estaban las cosas, ella se cansaba los ojos tecleando, trabajaba por la noche hasta tarde y nunca obtenía más que lo necesario para el alquiler y para un poco de comida. Así que acudió al coleccionista a quien Marianne entregaba los originales y le ofreció en venta el suyo propio, excusándose de que estuviera escrito a mano. El coleccionista tuvo dificultades para leerlo e, inocentemente, se lo dio a Marianne para que lo mecanografiara.

De este modo, Marianne se encontró con el manuscrito de su amante en las manos. Lo leyó con avidez antes de pasarlo a máquina, incapaz de controlar su curiosidad, en busca del secreto de la pasividad de Fred. He aquí lo que leyó:

"Las más de las veces, la vida sexual es un secreto. Todo el mundo conspira para que lo sea. Ni los mejores amigos se cuentan los detalles de sus vidas sexuales. Aquí, con Marianne, vivo en una extraña atmósfera. Hablamos, leemos y escribimos únicamente de la vida sexual.

Recuerdo un incidente que ya había olvidado por completo. Ocurrió cuando tenía unos quince años y era aún sexualmente inexperto. Mi familia había alquilado en París un apartamento con muchos balcones. En verano me gustaba pasear desnudo por mi habitación. Una vez se abrieron los batientes y me di cuenta de que una mujer me estaba observando desde el otro lado de la calle.

Estaba sentada en su balcón mirándome con el mayor descaro y algo me impulsó a simular que no me daba cuenta en absoluto. Temía que si se percataba de que la había descubierto se iría...

Continuará

martes, 30 de junio de 2009

RELATOS ERÓTICOS. MARIANNE -4- ANÄIS NIN


Cuadro: Diana, de Etienne- Barthélemuy Garnier


Aquello le afectó visiblemente. Todo su sexo se tornó más rígido a causa del placer. Ella estaba arrodillada muy cerca, lo tenía casi al alcance de la boca, pero sólo pudo repetir:

–¡Qué hermoso es!

Como él no se movía, Marianne se acercó aún más, sus labios se abrieron un poco y su lengua tocó con delicadeza, con mucha delicadeza, la punta del sexo. Él no se apartó: continuaba mirando el rostro de la artista, y la forma en que su lengua acariciaba su sexo.

Lo lamió con suavidad, con la delicadeza de un gato, y a continuación se introdujo una parte en la boca y cerró los labios alrededor. El miembro se estremecía.

Se contuvo, por miedo a encontrar resistencia, y él no la animó a continuar. Parecía contento. Marianne sintió que eso sería todo cuanto podría pedirle. Se puso en pie y volvió a su trabajo. Estaba sumida en la confusión. Ante sus ojos pasaban violentas imágenes. Recordaba unas películas que había visto en París, con figuras revolcándose en la hierba, pantalones blancos abiertos por diligentes manos, caricias, más caricias y el placer que hacía que los cuerpos se retorcieran y ondularan; el placer que recorría la piel como si fuera agua y provocaba estremecimientos cuando la oleada se apoderaba de los vientres o las caderas de los personajes, o cuando ascendía por sus espaldas o descendía por sus piernas.

Pero se controló, con el conocimiento intuitivo que una mujer posee de los gustos del hombre a quien desea. En cuanto a él, permaneció extasiado, con el sexo en erección y el cuerpo estremeciéndose débilmente, como si lo recorriera el placer al recordar la boca de Marianne abriéndose para entrar en contacto con el suave miembro.

Al día siguiente de este episodio, Marianne repitió su actitud de exaltada adoración, su éxtasis ante la belleza de aquel sexo. De nuevo se arrodilló y oró ante el extraño falo que sólo reclamaba admiración.

Lo lamió otra vez, provocando desde el sexo estremecimientos de placer; volvió a besarlo, encerrándolo entre sus labios como un maravilloso fruto, y de nuevo él tembló. Entonces, para sorpresa de Marianne, una minúscula gota de una sustancia blanca, lechosa y salada, la procursora del deseo, se disolvió en su boca, por lo que acrecentó la presión y aceleró los movimientos de la lengua.

Cuando vio que se derretía de placer, se detuvo, intuyendo que, tal vez, si se apartaba entonces, él haría algún gesto para consumar el acto. Al principio, no hizo ningún movimiento. Su sexo se estremecía, y se le veía atormentado por el deseo. Pero luego, para sorpresa de Marianne, se llevó la mano al miembro, como si fuera a satisfacerse a sí mismo.

Marianne cayó en la desesperación. Apartó la mano del hombre, tomó su sexo en la boca de nuevo, rodeó sus órganos con sus dos manos, y le acarició y succionó hasta provocarle el orgasmo.

El se inclinó, agradecido y tierno, y murmuró: –Eres la primera mujer, la primera mujer, la primera mujer...


viernes, 26 de junio de 2009

RELATOS ERÓTICOS. DIARIO DE UN SEDUCTOR. KIERKEGAARD

Cuadro: Estudio de mujer en rojo


"...Ni siquiera ha reparado en mi presencia. Estoy situado al otro extremo del mostrador, totalmente ausente de mí mismo. De la pared frontera pende un gran espejo. ¡Con qué felicidad no recoge su imagen! Como un humilde esclavo, abandonado y fiel. Un esclavo para el que ella significa mucho, pero que no significa nada para ella. Se atreve a recoger su imagen, mas no a ella misma; la refleja, pero no la comprende. ¡Espejo desdichado que no puedes guardar su imagen en secreto y ocultarla a los ojos del mundo, sino que, por el contrario, se la muestras a todos los que la quieren ver! Esto es lo que yo estoy haciendo ahora. ¡Qué enorme tortura si el hombre estuviera constituido como tú lo estás! Y, sin embargo, hay muchos hombres que sólo gozan de lo que poseen en cuanto se lo muestran a los demás;....¡Qué hermosa eres! ¡Pobre espejo, para ti tiene que ser un suplicio no poder captar tanta belleza! ¡Claro que tú tampoco conoces la amargura de los celos! La forma de su cara es perfectamente ovalada. La inclina un poco hacia adelante, con lo que resalta más su frente, limpia y soberbia, que no revela en nada sus facultades intelectuales. Sus cabellos oscuros se ciñen suave y delicadamente en torno a sus sienes....
En este momento se quita un guante y nos muestra al espejo y a mí su diestra blanquísima y bien modelada, como la de una estatua antigua. No lleva ninguna sortija, ni siquiera el anillo de oro liso de las prometidas. ¡Bravo! Ahora levanta la cabeza. Su fisonomía permanece la misma y, no obstante, parece otra. La frente es un poco más alta y el óvalo de su cara no tan regular, pero más vivo.... No está prometida. ¿Ay, pero cuántas no están prometidas y con todo tienen amado, y cuántas que lo están, no lo tienen...!
¿Qué hacer? ¿Renunciaré a ella? ¿La dejaré tranquila en su alegría? Se dispone a pagar, pero ha perdido el bolso. De seguro que dará sus señas, mas yo no quiero oírlas, prefiero aplazar la sorpresa. Nos encontraremos de nuevo en la vida. Tengo que reconocerla, y quizá ella también me reconozca a mí, porque no es nada fácil olvidar mi mirada de reojo. ....
Nada de impaciencia, nada de voracidad, todo ha de gozarse tirando y atrayendo lentamente. Se ha convertido en el blanco de mi elección y no hay duda de que la atraparé."