viernes, 27 de febrero de 2009

POESÍA ERÓTICA. INDIFERENCIA. CESARE PAVESE


Cuadro: El nuevo perfume. Godward.

Ha brotado este odio como un vívido amor,
sufriendo, y se contempla anhelante.
Pide un rostro y una carne, como si un amor fuese.
Han muerto la carne del mundo y las voces
que sonaban, un temblor se ha apropiado de todo;
la vida toda está suspendida de una voz.
Bajo un éxtasis amargo transcurren los días
en la triste caricia de la voz que regresa
empalideciendo nuestro rostro. No sin dulzura,
esta voz al recuerdo le resuena despiadada
y temblorosa: tembló una vez por nosotros.
Pero la carne no tiembla. Sólo un amor
Incendiarla podría y este odio la busca.
Todas las cosas y la carne del mundo
y las voces no valen la caricia inflamada
de aquel cuerpo y aquellos ojos. En el amargo éxtasis
que se destruye a sí mismo, este odio reencuentra
una mirada cada día, una rota palabra,
y las aferra, insaciable, como si un amor fuese.

jueves, 26 de febrero de 2009

POESÍA ERÓTICA. EL SUEÑO Y EL DESEO. CÉSAR FERNÁNDEZ MORENO

"Desnudo". To Lien

EL SUEÑO Y EL DESEO

El sueño y el deseo desarrollan en mí
una y otra secuencia de su combate inmortal
son jefes absolutos
en una lucha sin matices
cada vez definida en un tajo

ya me tiene el deseo desprovisto de ser
puro movimiento iniciándose
entonces en algún lugar del tiempo
un contingente de sueño me abate

ya el sueño me deshace
me reemplaza por noche
pero el deseo irrumpe en cualquier instante de mi alma
pero tu sexo empieza en cualquier punto de tu cuerpo.

Cesar Fernández Moreno



miércoles, 25 de febrero de 2009

POEMAS ERÓTICOS. DOS. PAVESE.


Dibujo: Rodin. La lujuria.
Hombre y mujer se miran supimos en el lecho:
Ambos cuerpos se extienden grandes y agotados.
Está el hombre inmóvil, tan sólo la mujer respira hondamente
Y su blanco costado palpita. Las piernas extendidas
Del hombre son enjutas y nudosas. El susurro
De la calle bañada por el sol bulle tras los postigos.
El aire pesa impalpable en la densa penumbra
y congela las gotas de vivo sudor
en los labios. Las miradas de las cabezas arrimadas
son idénticas, pero ya no encuentran los cuerpos
abrazados, como antes. Se rozan apenas.
Mueve algo sus labios la mujer, que calla.
La respiración que le hincha el costado se contiene
Ante una mirada más persistente del hombre. La mujer
Vuelve el rostro acercando una boca a la otra.
Pero la mirada del hombre no cambia en la sombra.
Graves e inmóviles pesan los ojos en los ojos,
bajo la tibieza del aliento que reaviva el sudor,
desolados. La mujer no mueve su cuerpo
blando y vivo. La boca del hombre se acerca.
Pero la mirada inmóvil no cambia en la sombra.

lunes, 23 de febrero de 2009

POESÍA ERÓTICA. CUERPO A LA VISTA. OCTAVIO PAZ

"Return of Spring". Adolphe Bouguereau




CUERPO A LA VISTA

Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo:
tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,
tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en
llamas,
tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,
sitios en donde el tiempo no transcurre,
valles que sólo mis labios conocen,
desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos,
cascada petrificada de la nuca,
alta meseta de tu vientre,
plata sin fin de tu costado.
Tus ojos son los ojos fijos del tigre
y un minuto después son los ojos húmedos del perro.
Siempre hay abejas en tu pelo.
Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como la espalda del río a la luz del incendio.
Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla
y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna,
el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas
grises
la noche de los cuerpos,
como la sombra del águila la soledad del páramo.
Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano.
Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca del horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
(allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable)
Patria de sangre,
única tierra que conozco y me conoce,
única patria en la que creo,
única puerta al infinito.

OCTAVIO PAZ

RELATOS ERÓTICOS. LAS HAZAÑAS DE UN JOVEN DON JUAN. APOLLINAIRE



Cuadro: Gustave Coubert. Mujer en las olas


La escalera de madera que llevaba al granero era muy empinada. Un día había bajado yo delante de Berthe y me había escondido entre dos cañones de chimenea en los que reinaba una gran oscuridad, mientras que la escalera permanecía iluminada por una claraboya que había en el techo. Cuando ella apareció, bajando con todo cuidado, me levanté imitando con todas mis fuerzas el ladrido de un perro. Del tremendo espanto que le entró, Berthe, que ignoraba que yo estaba allí, perdió el pie y, errando el siguiente escalón, cayó de tal manera que su cabeza quedó al pie de la escalera mientras que sus piernas se encontraban aún sobre los peldaños.
Como es natural, su vestido se había vuelto al revés y le cubría el rostro, dejando ver sus piernas al descubierto.
Cuando me acerqué sonriente, vi que su camisa había seguido el mismo camino que su vestido hasta por encima del ombligo.
Berthe no llevaba puesta ropa interior porque- como me confesó más tarde- tenía sucia la suya y no había tenido tiempo de desempaquetar aún la ropa blanca. Y así fue como pude ver por primera vez a mi hermana en una desnudez impúdica.
Pero, a decir verdad, ya la había visto totalmente desnuda porque a menudo nos habían bañado juntos en los años precedentes. pero yo no había visto su cuerpo más que por detrás o a lo sumo de perfil, porque tanto mi madre como mi tía nos ponían de forma que nuestros traseros infantiles estuvieran situados el uno de cara al otro mientras ellas nos lavaban. las dos señoras ponían el mayor cuidado en que yo no lanzara ninguna mirada prohibida y, cuando nos ponían nuestras camisones, nos rogaban que colocáramos las manos delante de nuestras partes íntimas.
....
Mi hermana había caído, pues, al pie de la escalera, con las ropas al aire, y no volvió a levantarse, ni cuando me vio muy cerca de ella.
Estaba como fulminada por el miedo y por la caída. Yo creía que lo que ella quería era asustarme y la curiosidad podía más en mí que la piedad.
Mis ojos no podían apartarse de su desnudez. En el lugar donde su bajo vientre se unía con sus muslos, observaba yo una eminencia extraña, un monte carnoso en forma de triángulo sobre el que se veían algunos pelos rubios. Casi en el lugar donde los muslos se unen, el monte estaba dividido por una gruesa hendidura de alrededor de tres centímetros, y dos labios se abrían a derecha y a izquierda de la hendidura. Pude ver el lugar donde terminaba esta hendidura cuando mi hermana se esforzó por levantarse.
Es posible que no fuera consciente de su desnudez, pues de lo contrario lo primero que hubiera hecho habría sido bajarse las ropas. Pero, al intentar ponerse de pie otra vez, súbitamente abrió los muslos. Entonces vi cómo los dos labios, cuyo nacimiento había podido observar cuando tenía las piernas juntas, continuaban para juntarse cerca del culo.
Durante su rápido movimiento, había entreabierto su raja que, en aquella época, podía tener de siete a ocho centímetros de largo; así pude ver la roja carne de su interior, mientras que el resto de su cuerpo era de un color lechoso.
...
Entre el final de su concha, cuya forma era bastante parecida al surco de un melocotón, y su culo, había una distancia de algunos dedos. Se encontraba allí el ojete de Berthe, que apareció justo ante mí en el momento en que dándose la vuelta, me ofrecía su culo. Este orificio no era mayor que la punta de mi dedo meñique y era de un color más oscuro.
...
Tan viva había sido mi curiosidad, que no me había preocupado de que mi hermana, al caer, debía de haberse hecho mucho daño, pero por fin me di cuenta de ello y le presté ayuda inmediata. Toda esta escena, a decir verdad, no había durado ni un minuto.

sábado, 21 de febrero de 2009

POESÍA ERÓTICA. ELLOS DOS. MARÍA CHÉVEZ




Cuadro: El rapto de psiquis, de Pierre Paul Proud'hon
Ella
era una hembra.
Torpe y cruel
desgajándose en silencios
en palabras vanas.
Él
era un solitario
un hombre sin destino.
Juntos
por la estúpida costumbre
de prolongar encuentros fortuitos.
Tuvieron hijos porque toda mujer desea alguno.
Y vinieron tardes somnolientas
donde el tedio
era señorío.
Se arrastraban por el mundo
esperando,
algún licor violento
dios ajeno que trastocara el sopor,
oculto dardo del sinsentido.
Y vivieron juntos
furtivos al asombro
a los otros.
Ella
despertaba aburrida
entre bostezos
al sol sobre sus hombros.
Él bebía silencioso, su café.
Le sonreía sobrio
y la olvidaba.

Los encontré una noche
Él
muerto a martillazos
sobre la inmensa cama destruida
ella ciega,
irremediablemente
loca de horror.
Cerraron la puerta y todo siguió igual.
Ella

deformó su cuerpo y lo cubrió
del paisaje cotidiano
la vida familiar.
Él se fue yendo
nadie se dio cuenta.
Los hijos vivieron del recuerdo.
Fueron
propiedad exclusiva
de una mujer digna
intachable
una luchadora
madre de familia.

jueves, 19 de febrero de 2009

RELATOS ERÓTICOS. UNA TARDE DE DOMINGO. ROBERTO ARLT


Cuadro: Los amantes, de René Magritte.

Manteniendo una rodilla tomada entre sus manos finas y largas, en algunos instantes aparecía ebria de su aventura, y Karl insistió otra vez:-¿Así que se aburre usted?-Sí.-¿Y él que le dice?-¿Juan? ¿Qué quiere que diga? A veces piensa que no debíamos habernos casado. Otras en cambio, me dice que tengo todo el aspecto de una mujer que ha nacido para tener un amante ¿Le parece que tengo tipo para ser querida por alguien? Y yo también me digo ¿para qué nos habremos casado?
Eugenio recurrió al cigarrillo. Había observado que la inquietud se descarga inconscientemente en algún íntimo trabajo mecánico. Rechupó rítmicamente el cigarrillo hasta llenarse la boca de humo, luego lo lanzó lentamente al aire y con voz sumamente tranquila, ya dueño de sí mismo, le preguntó:
¿Y nunca Juan le preguntó si usted no deseaba tener un amante? Mejor dicho …¿Nunca le insinuó que tuviera un amante?
-No…
- ¿Y entonces, para qué me ha propuesto usted hoy que viniera? Desea serle infiel a su esposo. ¿Y para eso me ha elegido a mí?
-No, Eugenio, ¡Qué barbaridad!, Juan es muy bueno, trabaja todo el día.
- ¿Y porque trabaja todo el día y es bueno, usted me invita a tomar el té en su compañía?
- ¿Qué tiene de malo?
- Efectivamente, de malo no tiene nada. Lo único es que corre el riesgo de dar con un atrevido que trate de tumbarla en la cama.
-Leonilda se incorporó violenta: Gritaría, Eugenio, no le quede ninguna duda. Además, yo me aburro, y también trabajo todo el día. Pero me aburro entre estas cuatro paredes. Es horrible. ¿Usted sabe lo que pasa por la mente de una mujer metida todo el día entre las cuatro paredes de un apartamento?
Ella se rebelaba, había que tener cuidado.
-Y ¿él no se da cuenta de lo que pasa en su interior?
- Si.
- ¿Y…?
-Estoy cansada.
-¿Porqué no se distrae leyendo?
-Déjeme por favor de libros, ¡Son horribles! ¿Qué quiere que lea? ¿Puedo aprender algo en los libros?...
Ahora se había arrellanado en el butacón y parecía triste a la luz confusa que teñía su epidermis de un matiz de madera.
Destapó con ansiedad sus anhelos:
-Me gustaría vivir en otra parte, sabe, Eugenio…
-¿En qué parte?
-No sé, me gustaría irme lejos, sin saber adonde parar.
Y en cambio, ¿sabe lo que hace Juan cuando llega? Se pone a leer los diarios.
-En los diarios aparecen noticias muy interesantes.
-Ya sé, ya sé, …Es gracioso usted. Él lee los diarios y contesta a todo lo que le pregunto con un “sí” o un “no”. Eso es todo lo que hablamos. No tenemos nada que decirnos. A mí me gustaría irme lejos, viajar en tren, con mucha lluvia, comer en los restaurantes de las estaciones…No crea que estoy loca, Eugenio…
-No creo nada…
- Él, en cambio, no se muda de casa, sino cuando yo ya no resisto más. Parece el hombre de los rincones. Eso, Eugenio, el hombre de los rincones. Todos los hombres parece que al llegar a los treinta años, quieren arrinconarse, no moverse más de su sitio. Y a mí me gustaría irme lejos…Vivir como las artistas de cine. Usted cree que es verdad lo que dicen en los diarios de la vida de las artistas de cine.
-Si, un diez por ciento, es cierto.
- Ve. Eugenio, esa es la vida que me gustaría hacer, pero eso es imposible ahora.
-Así es, pero, ¿Para qué me invitó?
- Tenía ganas de conversar con usted (movió la cabeza como si rechazara un pensamiento inoportuno). No, yo no podría nunca serle infiel a Juan. No, Dios me libre. Se da cuenta…Si los amigos de él supieran…Qué vergüenza horrible para él. Y usted sería el primero en decirlo: “La señora de Juan lo engaña, y conmigo”….