lunes, 5 de enero de 2009

FUEGO SOBRE EL MADERO


Cuadro: Lucien Levy Dhurmier
Después de romper el áspero
castrante
hostil
cerrojo de las ataduras
apuñalé al pecado
cayendo agónicas
mis trabas y mis culpas

Dejé de pedir permiso para vivir

Disponiendo conocerte
abrí tus brazos en cruz
—cristo de mis pasiones—
y hundí el sabor
de mi presencia
en tus pies
en tu cuello
en la blanca playa de tu espalda

Recorriéndote fui creciendo
hoja de tu rama
rama de tu árbol
árbol de tu bosque
hoja loca al vaivén
de tu tronco elocuente

Empinando a la fiebre
mi despertar
caminé y rodé en tus cumbres
y tu sexo brotó
dejando su vasta lluvia
en mi rezumante tierra nueva.


Dina Posada




RELATOS ERÓTICOS. EL ESPOSO COMPLACIENTE


Cuadro: Tendida sobre el vientre, de Egon Schiele

Toda Francia se enteró de que el príncipe de Bauffremont tenía, poco más o menos, los mismos gustos que el cardenal del que acabamos de hablar. Le habían dado en matrimonio a una damisela totalmente inexperta a la que, siguiendo la costumbre, habían instruido tan sólo la víspera.
-Sin mayores explicaciones -le dice su madre- como la decencia me impide entrar en ciertos detalles, sólo tengo una cosa que recomendaros, hija mía: desconfiar de las primeras proposiciones que os haga vuestro marido y contestadle con firmeza: «No, señor, no es por ahí por donde se toma a una mujer decente; por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera....»Se acuestan y por un prurito de pudor y de honestidad que no se hubiera sospechado ni por asomo, el príncipe, queriendo hacer las cosas como Dios manda al menos por una vez no propone a su mujer más que los castos placeres del himeneo; pero la joven, bien educada, se acuerda de la lección:
-¿Por quién me tomáis, señor? -le dice-. ¿Os habéis creído que yo iba a consentir algo semejante? Por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera.
-Pero, señora...
-No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.Bien, señora, habrá que complaceros -contesta el príncipe apoderándose de su altar predilecto-. Mucho me molestaría que dijeran que quise disgustaros alguna vez.
Y que vengan a decirnos ahora a nosotros que no merece la pena enseñar a las hijas lo que un día tendrán que hacer con sus maridos.

Marques de Sade.

sábado, 3 de enero de 2009

RELATOS ERÓTICOS. RETRATO DE UN ARTISTA ADOLESCENTE.

Cuadro: Jules Joseph Lefebvre . La Odalisca.

Los poetas viven y caminan con sus poemas, pensó. Un hombre que tenga visiones no necesita de otra compañía; el sábado es un día imperfecto; debo ir a casa y sentarme en el dormitorio, junto al radiador. Sin embargo, no era él un poeta que vivía y caminaba como un auténtico poeta: no era más que un muchacho joven en un pueblo de la costa, en un caluroso día festivo, con dos libras para gastar. No tenía visiones; tan solo tenía dos libras y un cuerpo pequeño, con los pies plantados en la arena llena de desperdicios. La serenidad era para los ancianos. Se alejó cruzando las vías del ferrocarril hasta el camino donde circulaban los tranvías.
Al pasar junto al reloj floral de los jardines de la reina Victoria soltó un gruñido.
- ¿Y qué puede hacer ahora un imbécil, un pedante? –dijo en voz alta.
Una mujer que estaba sentada en un banco, enfrente del plato de azulejos blancos en que salpicaba la fuente, dejó la novela que leía y sonrió.
Tenía el cabello castaño y lo llevaba recogido en un moño alto, con los
bucles sueltos, de donde salía una rosa blanca de Woolworth doblada hacia abajo, rozándole la oreja. Llevaba un vestido blanco y una flor encarnada de papel cosida en el pecho, así como anillos y brazaletes que habría sacado de algún quiosco de feria. Tenía los ojos pequeños, muy verdes.
Anotó cuidadosamente, con frialdad, pero de un solo vistazo, todos los extraños detalles de su atuendo. Era el sosiego y la certidumbre en persona; la impavidez ante su mirada escrutadora, la seguridad de su sonrisa , su porte distinguido y esa extraña suavidad, esa rareza en general la defendían de todo mal encuentro, de toda mirada incitante, y todo ello lo hizo temblar de los pies a la cabeza. Aunque su vestido era largo y el cuello cerrado, lo mismo podía estar desnuda allá en la playa. Su sonrisa era la confesión de que su cuerpo estaba desnudo, inmaculado, deseoso y tibio bajo la tela, y ella lo esperaba sin el menor asomo de culpa.
Qué bella es, pensó con la mente puesta en las palabras y los ojos en el cabello y en la piel blanca y sonrosada de la mujer. Con cuánta hermosura me espera, aunque no sepa siquiera que me espera, y yo jamás pueda decírselo.
Se había detenido y la miraba fijamente. Como una muchacha confiada ante una cámara fotográfica, ella estaba sentada y sonriente como si tal cosa, con las manos entrelazadas, la cabeza levemente inclinada a un lado, de tal modo que la rosa le rozaba el cuello. Aceptaba la admiración del muchacho. Ella entre un millón se apoderó de su larga mirada, y así acariciaba su enamoramiento.

DYLAN THOMAS

POESÍA ERÓTICA. LINA ZERÓN. FLORESCENCIA


Cuadro: Venus y Marte de Boticelli
para el hombre que amo
En el eco ojival de mi transparencia
en tu recuerdo me diluyo...
Mis húmedos surcos navegables afloran
en el intermitente canto de tus deseos.
Sumerges pistilos en mis labios abismales
produciendo capilares estertores
me vuelvo tu cómplice
y convulsiona mi cuerpo en tu lecho.
En tus manos soy mar incontenible,
horizontales anhelos,
hembra previsible ante la presencia
de innumerables goces.
Mis secretos escondidos humedeces.
Poro a poro se bañan mis fuegos seculares,
tiemblo, grito,
mareas sucesivas y salvajes
repertorio de conjunciones fulminantes.
Embates fragorosos, ¡gemidos!
Incontrolables pulsaciones
del conjuro procreador multiplicante.
Ya sin quejas descanso en tu piel
despejada de líquidas sorpresas.
Tranquila,
serena,
iluminada.
LINA ZERÓN

viernes, 2 de enero de 2009

POESÍA ERÓTICA. SE ME HA PERDIDO UN HOMBRE...CARILDA OLIVER LABRA. RECITA PILAR ROJAS


Cuadro: Eva, de Lucien Levy-Dhurmier

Se me ha perdido un hombre.

Y lo busco por cifras y guitarras,
por hierbas y entrepisos,
en el cielo,
en la tierra,
dentro de mí.

Se me ha perdido un hombre.

Y me quedo temblando
como quien no come sino polvo,
como quien ya extravió la sombra.

Pero no,
que no,
que no me ayudan a buscarlo.
¿A quién le importa si su mirada ha derrotado el
tiempo?
¿A quién le importa aquella piel
con ganas
de la luz?
¿A quién le importan unos labios transparentes
que no tuvieron hambre,
unas piernas que sólo corrían al amor?

Se me ha perdido un hombre.

Y todos ríen,
se entretienen,
sudan,
mastican
se desenvainan por las noches;
despreciativos,
inefables,
maromeros,
unánimes,
como si sólo se hubiese caído un alfiler
o la hoja más seca
del árbol del bien y del mal,
como si la muerte no hubiera entrado
a destiempo
en nuestra casa.
Y yo pensando que era demasiado joven,
que reunía láminas y piedras,
pedacitos de mundo,
hierros,
cosas del mar.
Yo pensando en su grandeza
de criatura,
en cómo miraba a Venus al atardecer,
en cómo cayó en la trampa.

Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.

Se me ha perdido un hombre.

¡Ayúdenme a buscarlo!
Pronto...
Siento frío.

Aquí no hay lámparas ni claves,
no tengo redes
ni computadoras.
no tengo flechas ni radares.
¿Dónde estás?
¿Intenta ser mi sombra el desvalido?
¿Se me ha vuelto invisible entre gusanos?

BÉSAME MÁS


Escultura de Antonio Canova. Cupido y Psique


Bésame más, vuélveme a besar, bésame.
Dame uno de tus más sabrosos,
Dame uno de tus más amantes.
Te devolveré cuatro más calientes que brasa.
¡Ay! ¿Te quejas? Apaciguaré ese mal,
Dándote otros muy dulces.
Así mezclando nuestros besos tan felices
Gozamos el uno del otro a placer.
Entonces doble vida tendrá cada uno.
Cada uno en sí mismo y en su amante vivirá.
Permítame, Amor, pensar alguna locura.
Mal me siento con moderación viviendo,
Y no puedo contentarme
Si fuera de mí no salgo.







Louise Labé (1555) . Francia
Traducción de Claire Deloupy.

jueves, 1 de enero de 2009

RELATOS ERÓTICOS. LA DIFERENCIA ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE.


Mientras el Profesor conducía con cierta seriedad el automóvil, Rosi, para salir del silencio, le preguntó:
- ¿Y usted, Profesor, qué edad tiene? A ver, no me diga nada, déjeme adivinar. Josefina puede tener unos cuarenta años, usted..., usted puede tener cincuenta años. ¿Acerté?
- Sí, más o menos –contestó el Profesor-, el próximo mes de noviembre voy a cumplir sesenta y cinco años.
- En verdad no se le notan por ningún lado –dijo, divertida, Rosi, dándole una palmada en la pierna del acelerador.
- Sí, en algunos lugares se me nota –agregó, circunspecto, el Profesor.
- ¿Adonde me lleva? –preguntó Rosi con inquietud.
- A su casa, ¿o usted preferiría ir a otro lugar? – y frente al silencio de Rosi, el Profesor preguntó a su vez-. Y usted ¿qué edad tiene?
- Me avergüenzo –dijo Rosi-, tengo apenas treinta años y me siento bastante más vieja que usted. En lugar de arrastrarle a usted tras mis perfumes, me dejo arrastrar por sus amables rechazos. ¿Me daría un beso si se lo pido?
- Un beso, sí –dijo el Profesor-, pero después del beso, ¿qué me va a pedir?
- Cuidado con el semáforo, que se puso rojo.
- Sí, ya lo vi, y luego del beso, ¿qué me va a pedir?
- Venga Profesor, lléveme a su casa. No se lo contaré ni siquiera a Josefina.
- ¿Y por qué – dijo sorprendido el Profesor- habría de importarme a mí que usted se lo cuente o no a Josefina?
- -Bueno –titubeó Rosi-, como Josefina es mi psicoanalista y al mismo tiempo, creo..., es su paciente, pensé...
- Sí –interrumpió el Profesor- Josefina es su psicoanalista, pero no, como usted cree, su novia y, por otra parte, y no en el mismo momento, es mi paciente pero no, como usted cree, mi marido. Así que por ahora, con tanta confusión mejor la llevo a su casa ¿Qué le parece?
Rosi no contestó y ahora el Profesor la llevó directamente hasta la puerta de la casa.
Al llegar, Rosi Provert ni se bajaba del coche ni hablaba. El Profesor bajó del coche, dio toda la vuelta y abrió la puerta de Rosi, la tomó de una mano y la ayudó a bajar del coche. Y ése fue el momento que más cerca habían estado en toda la noche. A menos de 20 centímetros de distancia, frente a frente, escuchando la respiración del otro, el temblor genital.
Rosi cerró los ojos y el Profesor besó de manera imperceptible sus labios, y ella sintió que todo se desgarraba en su ser. Tal vez fuera eso el amor, pensó para sus adentros, ¡qué locura!
- Nos vemos otro día y seguimos conversando -le dijo el Profesor, mientras ella abría el portal de su casa.
El Profesor estaba contento. Mientras conducía, entonaba una melodía en italiano.
Para Rosi Provert las cosas no eran tan sencillas, ni tan claras. Ella nunca había sentido esa inquietud en el bajo vientre.
Cuando él rozó sus labios, en la calle, casi se desmaya por las emociones encontradas que sintió en su pecho, en su cabeza, en sus piernas.
Se dejó caer en un sillón de la sala, pero sólo un instante, enseguida entró en el baño. Limpió cuidadosamente la bañera. Tiró, luego, espuma de baño y dejó correr el agua.
Antes de salir del baño miró su cara en el espejo. Se vio bella como nunca, soltó su pelo, salió del baño (todo lo hacía a un ritmo palpitante), puso Vivaldi en la minicadena que le había regalado su madre y se descalzó.
Corrió descalza por el pasillo, se quitó la falda, se miró el culo en el espejo del pasillo y sintió que tenía un culito pequeño y delicado.
Distraída y ya desnuda, tratando de bailar La Consagración de la Primavera, volvió a la realidad con el ruido del agua saliendo de la bañera.
Corriendo hacia el baño para cerrar el agua se notó bellamente agitada y se imaginó estar corriendo de manera salvaje, en plena selva, una presa de amor.
Se zambulló en la bañera como si fuera en las orillas de un río espectacular de la selva amazónica.
Sintió reflejarse en el verde de la espuma sus propios ojos verdes y se dejó invadir por millones de peces de colores que, como sedas de Oriente, se posaban en su cuerpo, y algunos con ojos del Profesor y, aun, otros con los ojos de Evaristo y otros más, aún, con los ojos de Josefina, intentaban penetrarla.
Ella escapando de esos peces, por momentos, voraces de amor, y jugando con la verde espuma, descubrió sus pezones y le impresionó muchísimo, al tocárselos, que fueran tan sensibles, que produjeran tanto goce, y siguió un poco más y apretó un poco y, mientras Vivaldi, esta vez, mataba a los gritos a todos los personajes, ella tuvo su orgasmo.
El primero y, así, de manera tan sencilla, se había establecido en ella la diferencia entre la vida y la muerte.

Viejo Feliz