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domingo, 24 de mayo de 2009

POESÍA ERÓTICA. Carne, celeste carne de la mujer. Rubén Dario


Cuadro: Desnudo de Espaldas. Modigliani



¡Carne, celeste carne de la mujer!
Arcilla-dijo Hugo-, ambrosía más bien,
¡oh maravilla!,la vida se soporta,

tan doliente y tan corta,

solamente por eso:roce, mordisco o beso

en ese pan divino

para el cual nuestra sangre es nuestro vino.

En ella está la lira,

en ella está la rosa,

en ella está la ciencia armoniosa,
en ella se respira
el perfume vital de toda cosa.
Eva y Cipris concentran el misterio

del corazón del mundo.

Cuando el áureo Pegaso
en la victoria matinal se lanza
con el mágico ritmo de su paso
hacia la vida y hacia la esperanza,
si alza la crin y las narices hincha
y sobre las montañas pone el casco sonoro
y hacia la mar relincha,
y el espacio se llena
de un gran temblor de oro,
es que ha visto desnuda a Anadiomena.

sábado, 17 de enero de 2009

RELATOS ERÓTICOS. GEORGETTE DUVERNOIS-DESBORDES. La Medusa encapuchada que amó a Luis XI


Los clásicos son lúdicos y eróticos. Se expresan con la misma franqueza con que puede hacerlo un Henry Miller. Aristófanes, por ejemplo, nos habla de “…la mensajera/(que) levanta primero las piernas y yo la travieso” (los pájaros, V, 1255, muy citado en erotología). Repite una de las posturas eróticas registradas por Carl Forber (1770-1848) en Apophereta, libro que inspiró el Erotischen Kunst (1912) de Eduard Fuchs.
El juego del homo ludens se convierte en la ingenuidad del homo eroticus. Ejemplo de esta metamorfosis la hallamos en Les cents nouvelles nouvelles, relatos atribuidos al príncipe Luis XI, después rey de Francia. En uno de estos, el marido, sorprende a su mujer con un amante. Avanza lleno de ira hacia el lecho. El amante tapa la cabeza de la dama y levanta las cobijas para que el marido vea sólo la desnudez de la mujer y se convenza de que no se trata de la que él cree, sino de otra con la que el agraviado no tiene ningún parentesco. Incluso, le hace acariciar un par de veces las nalgas de la mujer. El marido, turbado, opta por retirarse.
Este libro se publicó en inglés con el título de One Hundred Merrie and Deligthsome Stories (Cien alegres y sabrosos relatos). Por último, Les Cent Nouvelles Nouvelles fueron publicadas en París en 1899. De esta edición se pierde toda noticia al respecto. Luis XI, al escribir estos relatos, siguió la tradición; lo mismo hizo Bocaccio en el Decamerón.
Se recuerda, sin embargo, que el relato del marido celoso fue un hecho vivido por el propio Luis XI, con una mujer de la corte, llamada Georgette Duvernois-Debordes, rubia, de mediana estatura, con ojos “más celestes que el cielo” en la expresión de Jules Deschamps.
La variante, esquematizándola, nos habla de que vuelto el caballero a su casa después de haber tocado el cuerpo desnudo (con la cabeza tapada), cuyo honor debió a la magnificencia del príncipe, le dice a su cónyuge que ha visto la más bella mujer desnuda jamás imaginada. Algo que sólo a los ángeles les estaba permitido ver, especialmente “las ebúrneas nalgas florecidas” que Afrodita envidiaría. Las nalgas y “la dulce herida” que llevaba al paraíso.
Lo que no sospechaba el marido engañado es que ella había tenido tiempo de regresar adelantándose hábilmente a su llegada.
En otra variante sobre el mismo relato, realizada por Araäljib, el amante le dice al marido: “si además de tocar, quieres gozarla, no hay ningún inconveniente. Lo único que no debes hacer es destapar su cabeza, porque sobre ella pesa una maldición. Quien vea su cabellera queda ciego. Sólo está destinada a que la posean pero quedan condenados los que pretendan verla tal cual es”.
El marido, dice Araäljib, impulsado por la hermosura de esa desnudez vacila un instante. Pero el amante salva la situación con estas palabras:
“Es mejor que no te acuestes. En el ardor puede ella misma destaparse el rostro. Entonces, nadie te salvará de la maldición”.
Oído esto, el marido que había comenzado a desabrocharse, resuelve arreglarse en el toilette contiguo al dormitorio. Este es el instante que aprovecha la mujer para salir precipitadamente por otra puerta, sospechando que el marido irá a la casa en busca de ella.
Araäljib nos recuerda que este relato llevaba el título de El reverso de la medalla.

domingo, 28 de diciembre de 2008

RELATOS ERÓTICOS. LOS DESIERTOS DEL AMOR


Cuadro: Gustav Klimt. Adán y Eva
Se trata, ciertamente, del mismo paisaje. La misma casa campestre de mis padres: el mismo salón encima de cuyas puertas alternaban las pinturas bucólicas chamuscadas, con armas y leones. Para la cena se convierte en un salón con candelabros y vinos y plafones rústicos de madera. La mesa del comedor es muy grande. ¡Las sirvientas! Había muchas según recuerdo. -También estaba uno de mis jóvenes amigos antiguos, cura y vestido de cura; veo ahora que para sentirse más libre. Recuerdo su cuarto púrpura, con vidrios de papel amarillo: y sus libros, ocultos, que habían remojado los océanos.
Yo vivía abandonado en esta casa de campo sin fin: leyendo en la cocina, dejando que se secara el barro de mi ropa en presencia de los huéspedes durante las conversaciones en el salón: conmovido hasta la muerte por el murmullo que producía la hora de tomar la leche por la mañana y por la noche, a la manera del siglo pasado.
Estaba en una habitación muy oscura: ¿qué hacía? Una sirvienta vino junto a mí: puedo decir que parecía un perrito: aunque fuese muy bonita y de una lealtad maternal inexpresable para mí: pura, conocida, encantadora... Me pellizcó el brazo.
Ni siquera recuerdo bien su figura: ni puedo recordar su brazo del que retorcía la piel con mis dos dedos; ni su boca que la mía atrapó como una pequeña ola desesperada, derrumbando sin cesar alguna cosa. La revolqué sobre una canasta de almohadones y de telas de barco, en un rincón oscuro. No recuerdo más que su pantalón de blancos encajes.
Luego ¡oh desespero!, el tabique se convirtió vagamente en la sombra de los árboles, y me abismé en la tristeza amorosa de la noche.
***
Ahora es la mujer que vi en la ciudad, y a la que he hablado y que me habla.
Yo estaba en una habitación, sin luz. Vinieron a decirme que ella estaba en mi cuarto: y la vi en mi cama, toda para mí ¡sin luz! Me emocioné mucho porque se trataba de la casa de mi familia: también porque la angustia se apoderó de mí. Yo estaba en andrajos y ella era una mujer de mundo que se entregaba: ¡tendría que marcharse! Una angustia sin nombre: la cogí y la dejé caer de la cama, casi desnuda; y, en mi flaqueza indecible, caí sobre ella y me arrastré con ella por las alfombras, sin luz. La lámpara de la familia enrojecía una tras otra las habitaciones vecinas. Entonces, la mujer desapareció. Derramé más lágrimas de las que Dios pudiese jamás pedirme.
Salí por la ciudad sin fin. ¡Oh fatiga! Ahogado en la noche sorda huyendo de la felicidad. Era como una noche de invierno con una nieve para ahogar el mundo decididamente. Los amigos, a los que grité, dónde está ella, respondieron falsamente. Estuve delante de los escaparates a donde ella va todas las tardes: corría por un jardín oculto. Fui rechazado. Lloré enormemente por todo esto. Al final descendí a un lugar lleno de plovo. Y sentado sobre unas maderas , dejé correr todas las lágrimas de mi cuerpo por esta noche. Mi agotamiento, volvía siempre a mí, no obstante.
He comprendido que ella seguía con su vida de todos los días; y que el turno de su favor tardaría más en producirse que no tarda una estrella. No ha vuelto y no volverá jamás la adorable que había venido a mi casa -cosa que jamás hubiese presumido-. De veras, esta vez he llorado más que todos los niños del mundo.
1862 Arthur Rimbaud

viernes, 26 de diciembre de 2008

POEMAS ERÓTICOS. DESNUDO


Cuadro de Tamara de Lempicka


Desnudo eres hermoso como una lágrima de luna,

desnudo eres azul y te confundes con la noche.
Desnudo te pareces a una roca tallada por la mano

de un dios concupiscente.
Todo es en ti belleza,

y yo que no puedo dejar de nombrarte,

yo que al juntar mis párpados te veo aparecer

y me encegueces,

yo que guardo tu imagen prendida en mi retina

incandescente,

yo que te esperé siempre,

yo que te llamo desde las nubes del cielo o del infierno…

¡Asáltame esta noche!

atraviesa los puentes de mi anhelo,

derriba las cancelas de mi sexo,

rómpeme el corazón en mil fragmentos

¡Llámame puta y noche, y misterio!,

llámame amor, dime que sí

y estarás muerto:

no se rinde la araña cuando atrapa a la mosca
en su seno;

no se rinde en tu sangre mi veneno

vamos dime que sí, mi amor.

Desnudo eres hermoso como un verso,

desnudo eres mi aliento.


Del libro de próxima edición Poemas Afrodisíacos, de Alejandra Menassa de Lucia
Si quieres escuchar el poema recitado por la autora, puedes hacerlo aquí:

RELATOS ERÓTICOS. ELLA LE PIDE QUE LA MIRE TODO EL TIEMPO


Cuadro de Tamara de Lempicka.

El Profesor relata durante una sesión de psicoanálisis con el Master:
- Ella me pide que la mire todo el tiempo…
El Profesor, cuando estaba hablando con el Master, siempre prolongaba las frases.
- ¿Y usted, qué hace?
El Master quiso que el Profesor continuara la frase y al ver que éste no seguía, insistió:
- Y usted ¿qué hace cuando ella le pide que la mire todo el tiempo?
El profesor esta vez se sintió convocado y dijo a su vez:
- Pero ¿cómo me pregunta lo que hago? Yo hago lo que haría cualquier hombre enamorado, si ella me pide que la mire todo el tiempo, la miro todo el tiempo.
Y el Profesor volvió a quedarse en silencio, tal vez, sintiendo que había dicho una verdad. Al Master no le pareció que el Profesor dijera nada y, entonces, le preguntó:
-¿Y cuál es el problema, entonces?, ella le pide que usted la mire todo el tiempo y usted la mira todo el tiempo.
El Profesor comenzó a reírse como nunca y tocándole dos o tres veces comprensivamente, el brazo al Master, le dijo:
-Pero qué le pasa hoy, todo el tiempo me hace sentir que usted tiene el mismo problema que yo.
- Bueno, todos los hombres tenemos el problema de mirar o no mirar a una mujer todo el tiempo…
El Master hubiera preferido continuar su exposición, pero el Profesor intervino casi interrumpiéndolo:
El problema no es de los hombres, es de la mujer. ¿Y sabe porqué?
El Master contestó que a lo mejor sabría, pero no en ese momento. Y entonces el Profesor, 68 años recién cumplidos, lió un pequeño cigarrillo de yerba, y mientras fumaba con cierta profundidad fue diciendo:
El problema es de la mujer, cuando yo la miro todo el tiempo, ella se porta como una loca.
Una loca de amor, interrumpió el Master.
No, replicó rápidamente el Profesor, loca de locura. No puede tolerar las fantasías sexuales que le produce mi mirada. Empieza a sentir que yo, en realidad, miro a otra mujer y de golpe, sin saber cómo, aparezco en los brazos de otra mujer.
¿Pero esa mujer no la eligió usted, acaso?
¿Por qué no toma un poco de yerba?
El Profesor quería ser delicado, pero en realidad era sarcástico.
Hoy le pasa, Master, que no puede sino ver en lo que cuento relaciones normales, pero lo que a mi me pasa es anormal.
Y antes de que el Master pudiera responder, el Profesor con la mirada perdida:
- Ellas se excitan más aún con la situación y, entonces, la otra mujer que sabe, mejor que yo, que a mí me mandó ella, me ama con frenesí…
El profesor se quedó callado, como de vez en cuando hacía en las conversaciones, y el Master se divertía viendo al Profesor, en la fiesta, corriendo de una mujer a otra, de una ilusión a otra.
No sé si este hombre va a aguantar estos amores, pensó el Master, en voz baja, y volviendo a la realidad de otra manera preguntó:
Y usted ¿qué hace cuando la novia de su mujer lo ama con frenesí?
No sé, dijo el Profesor, si tengo que contestarle qué hago cuando ella me ama con frenesí o, tal vez, usted prefiera, que me detenga en la novia de mi mujer.
No, dijo el Master, mi intención era saber que hacía usted con el frenesí…
Yo me dejo amar un poco, dijo el Profesor y, luego, me hago el distraído porque siempre hay otras mujeres presentes y los negocios deben cuidarse, porque no sólo de pan vive el hombre.
Y el Master queriendo cerrar lo que no se cerraría:
Y la mujer no le digo…
Hacía más de diez años que no me quedaba bailando hasta las siete de la mañana.
El Profesor hablaba tratando, ahora, que el Master prestara atención.
¿Y sabe por qué me quedé hasta las siete de la mañana bailando y bebiendo, que llegué a emborracharme?
El Master no quería perderse, de ninguna manera, otra posibilidad para equivocarse, y dijo tranquilamente:
Para prolongar el encuentro con la mujer que deseaba su mujer.
Seguramente, replicó el Profesor, usted hubiera hecho eso, pero usted es una persona normal y yo le estoy diciendo que soy un anormal.
El Master que estaba un poco cansado de los misterios del Profesor, le dijo:
¿Qué, se quedó hasta las siete de la mañana borracho para cuando su mujer se fuera con ella, follarse al camarero?
Ahora el Profesor reía con voluptuosidad y parecía haber rejuvenecido algunos años, y mientras reía decía:
Pero no, Master, no. Me quedé, borracho, hasta las siete de la mañana sólo para verlas bailar…
Eran dos joyas moviéndose al ritmo de mi piel. Ellas bailaban, yo no existía, pero mi piel estaba presente.
Y ellas, palomas embelesadas de sí mismas, hacían tetas con tetas, culo con culo y, después, cómo se movían y cuando se rozaban apenas, pelo con brazo, teta con espalda, culo con entrepiernas, labios con labios, todo se desvanecía en la sala, la música golpeaba sin piedad nuestros cuerpos desnudos.
Yo me agarraba a mi pene con las dos manos y ellas enternecidas, me besaban las nalgas, primero una, después la otra, a veces mientras me chupaban me metían uno o dos dedos, no lo sé...
Y dirigiéndose al Master, le dijo:
- ¿Me sigue?
El Master ya más colocado en algún lugar le dijo:
No hace falta que lo siga, lo espero aquí, y de paso quiero preguntarle si usted gozaba algo en esos encuentros.
¿Algo? Dijo el Profesor con los ojos fuera de las órbitas, me volví loco. Nunca gocé así en mi vida. Mire, a usted se lo digo, ni Julio Verne me hizo gozar así.
Cuando se paseaban una enfrente de la otra, las dos de costado, moviendo los culitos siempre en todos los casos al ritmo de follar, en medio de la pista, y se miraban y entendían que lo habían conseguido casi todo, y dejaban escapar un orgasmo silencioso y, a la vez, interminable y yo escondido en un rincón de la pista sentía que esa maravilla, esa belleza, la había producido con mi pene y, a mi entender, ellas lo sabían, porque después del baile me lo chupaban, desde la madrugada hasta la hora de la siesta.
El Master volvió a interrumpir para semi-preguntar:
Podemos decir que usted gozaba mucho en esos encuentros.
Sí que gozaba y, lo peor, el Profesor estaba verdaderamente decaído, es que ahora, también gozo.
Y qué, lo increpó el Master, gozar aunque se tengan sesenta y ocho años siempre es bueno a menos que usted no soporte que todo ese goce no lo consigue sino con dos mujeres.
Hoy usted no me entiende, dijo el Profesor, porque no se puede imaginar una tristeza como la mía. Mire, yo se lo digo y si alguien me puede ayudar será bienvenido.Yo soporto todo el goce que me dan, pero quiero gozar más, quiero que nos vayamos a vivir los tres solos a una casa de campo, y que pongamos esa música estridente y que bailemos como potros desbocados y después chuparnos hasta los huesos y morir.
Eso me pasa Master, quiero gozar más.
Bueno, dijo el Master, dicho así, suicidarse parece una cosa bella.
El Viejo Feliz