sábado, 10 de enero de 2009

POESÍA ERÓTICA. DESCRIPCIÓN DE TU PECHO. CÉSAR FERNÁNDEZ MORENO



Cuadro: El baño de Psyche. Frederick Leighton



Vuelvo naturalmente


sobre esa delicada especialidad de tu ser


sobre ese empuje suave


ese avance blanco y suave


que de oscuros extremos ásperamente suaves se corona


esa única parte de tu cuerpo


que decidida amorosamente


viene de ti hacia mí
destaco otra vez el equilibrio


entre su ímpetu y su inercia


lo convexo y lo cóncavo


sus distintas maneras de empezar


y ese gracioso modode ceder a su peso sin olvidar su forma
te acuestas boca arriba


qué difícil precisar sus límites


y si me abrazas en la noche


tus pechos nacen del mío


no son esa caricia inaudita que me viene de afuera


sino invertidos pechos que nacen de mí


como dulces surtidores


brotándome de dos puntos activos


abriéndose luego cálidamente


y perdiéndose en la plenitud de tu cuerpo



César Fernandez Moreno

jueves, 8 de enero de 2009

RELATOS ERÓTICOS. FRAGMENTOS DE MADAME BOVARY, GUSTAVE FLAUBERT


Cuadro: Waterhouse 1898 Ariadne

Era a principios de abril, cuando abren las primaveras; un aire tibio circulaba sobre los bancales labrados, y los jardines, como las mujeres, parecían componerse para las fiestas de verano...
....
Al día siguiente fue para Emma un día fúnebre. Todo le pareció envuelto en una atmósfera negra que flotaba confusamente sobre el exterior de las cosas, y la pena se hundía en su alma con aullidos suaves, como hace el viento en los castillos abandonados. Era ese ensueño que nos hacemos sobre lo que ya no volverá, el cansancio que nos invade después de cada tarea realizada, ese dolor, en fin, que nos causa la interrupción de todo movimiento habitual, el cese brusco de una vibración prolongada....
¡Ah!, ¡se había ido el único encanto de su vida, la única esperanza posible de felicidad! ¿Cómo no se había apoderado de aquella ventura cuando se le presentó? ¿Por qué no lo había retenido con las dos manos, con las dos rodillas, cuando quería escaparse? Y se maldijo por no haber amado a León; tuvo sed de sus labios. Le entraron ganas de correr a unirse con él, de echarse en sus brazos, de decirle: “¡Soy yo, soy tuya!”.
...
Entonces Rodolphe, con una extraña sonrisa y con la mirada fija, los dientes apretados, se adelantó abriendo los brazos. Ella retrocedió temblando. Balbuceaba:
- ¡Oh! ¡Usted me da miedo! ¡Me hace daño! Vámonos.
Y él se volvió enseguida respetuoso, acariciador, tímido.
- Ya que no hay más remedio –replicó él, cambiando de talante.
Emma le ofreció su brazo. Dieron vuelta. Él decía:
No me ha entendido. Usted se equivoca conmigo. Usted está en mi alma como una madona sobre un pedestal, en un lugar elevado, sólido e inmaculado. Pero la necesito para vivir. ¡Necesito sus ojos, su voz, su pensamiento! ¡Sea mi amiga, mi hermana, mi ángel!
Y alargaba el brazo y la estrechaba la cintura. Ella trataba débilmente de desprenderse. Él la retenía así, caminando.
......
¡Oh, Rodolphe!...-dijo lentamente la joven mujer apoyándose en su hombro.
La tela de su vestido se prendía en el terciopelo de la levita de Rodolphe, Inclinó hacia atrás su blanco cuello, que dilataba con un suspiro; y desfallecida, deshecha en llanto, con un largo estremecimiento y tapándose la cara, se entregó.
....
Se repetía: “¡Tengo un amante!, ¡un amante!”, deleitándose en esta idea, como si sintiese renacer en ella otra pubertad. Iba, pues, a poseer por fin esos goces del amor, esa fiebre de felicidad que tanto había ansiado.
Penetraba en algo maravilloso donde todo sería pasión, éxtasis, delirio; una azul inmensidad la envolvía, las cumbres del sentimiento resplandecían bajo su imaginación, y la existencia ordinaria no aparecía sino a lo lejos, muy abajo, en la sombra, entre los intervalos de aquellas alturas.
Entonces recordó a las heroínas de los libros que había leído y la legión lírica de esas mujeres adúlteras empezó a cantar en su memoria con voces de hermanas que la fascinaban. Ella venía a ser como una parte verdadera de aquellas imaginaciones y realizaba el largo sueño de su juventud , contemplándose en ese tipo de enamorada que tanto había deseado. Además Emma experimentaba una satisfacción de venganza. ¡Bastante había sufrido! Pero ahora triunfaba , y el amor, tanto tiempo contenido, brotaba todo entero a gozosos borbotones. Lo saboreaba sin remordimiento, sin preocupación, sin turbación alguna.

POESÍA ERÓTICA. ESTRECHOS SON LOS BAJELES (I). SAINT-JOHN PERSE


Cuadro: "El pescador y la sirena" de Frederic Leighton


Estrechos son los bajeles

I. ...Estrechos son los bajeles, estrecho nuestro lecho.
Inmensa la extensión de las aguas, más vasto nuestro imperio

En las cerradas estancias del deseo.
Entra el Verano, que viene de mar. A la mar sola diremos

Que extranjeros fuimos en las fiestas de la ciudad,

y qué astro ascendiente de las fiestas submarinas

Vino una noche a husmear en nuestro lecho, el lecho de lo divino.
En vano la tierra próxima nos traza su frontera.

Una misma ola por el mundo, una misma ola desde Troya

Menea su cadera hasta nosotros. En la alta mar

muy lejos de nosotros se imprimió antaño ese soplo..

.Y el rumor una noche fue grande en las estancias:

¡la muerte misma, a son de caracolas, no se haría oír en ellas!
¡Amad, oh parejas, los bajeles; y la mar alta en las estancias!

La tierra una noche lleva sus dioses,

y el hombre da caza a las bestias leonadas;

las ciudades se desgastan, las mujeres sueñan. ..

Que haya siempre a nuestra puerta

Esa alba inmensa llamada mar

-selección de alas y levantamiento de armas;

amor y mar del mismo lecho,

amor y mar en el mismo lecho -

y este diálogo aún en las cámaras.


SAINT-JOHN PERSE

miércoles, 7 de enero de 2009

RELATOS ERÓTICOS. EL PRECEPTOR FILÓSOFO. MARQUES DE SADE


Cuadro: Venus, Sátiro y Cupido, de Antonio Allegri
De todas las ciencias que se inculcan a un niño cuando se trabaja en su educación, los misterios del cristianismo, aun siendo sin duda una de las materias más sublimes de esta educación, no son, sin embargo, las que se introducen con mayor facilidad en su joven espíritu. Persuadir, por ejemplo, a un muchacho de catorce o quince años de que Dios padre y Dios hijo no son sino uno, que el hijo es consustancial a su padre y que el padre lo es al hijo, etc., todo esto, por necesario que sea no obstante para la felicidad de la vida es más difícil de hacer comprender que el álgebra y cuando se quiere tener éxito, uno se ve obligado a emplear ciertas equivalencias físicas, ciertas explicaciones materiales que, por desproporcionadas que sean, facilitan, sin embargo, a un muchacho la comprensión de la misteriosa materia.
Nadie estaba tan plenamente convencido de este método como el padre Du Parquet, preceptor del condesito de Nerceuil, que tenía unos quince años de edad y el rostro más hermoso que fuera posible contemplar.
-Padre -decía día tras día el joven conde a su preceptor-, de verdad que la consustancialidad está por encima de mis fuerzas, me es absolutamente imposible concebir que dos personas puedan convertirse en una sola: aclaradme ese misterio, os lo suplico, o ponedlo al menos a mi alcance.
El virtuoso eclesiástico, deseoso de tener éxito en su educación, contento de poder facilitar a su discípulo todo aquello que un día pudiera hacer de él un hombre de provecho, ideó un procedimiento bastante satisfactorio para allanar las dificultades que hacían cavilar al conde, y este procedimiento, tomado de la naturaleza necesariamente, tenía que resultar bien. Hizo venir a su casa a una jovencita de trece a catorce años y tras asesorarla convenientemente la unió a su joven discípulo.-Y bien -le pregunta-, amigo mío, ¿entendéis ahora el misterio de la consubstancialidad? ¿Comprendéis ya con menos dificultad que es posible que dos personas se conviertan en una sola?-Oh, Dios mío, claro que sí, padre -responde el encantador energúmeno-; ahora lo entiendo todo con una facilidad sorprendente. No me extraña que ese misterio constituya, según se dice, toda la alegría de los seres celestiales, pues es agradabilísimo divertirse haciendo de dos uno solo.
Algunos días más tarde el joven conde rogó a su preceptor que le diera otra lección, pues pretendía que había aún algo en el misterio que no comprendía bien y que no podría explicarse más que celebrándolo una vez más en la forma en que ya lo había hecho. El complaciente clérigo, a quien esta escena divertía probablemente tanto como a su alumno, hace volver a la muchachita y la lección vuelve a empezar, pero esta vez el clérigo, singularmente emocionado por el delicioso panorama que ofrecía a sus ojos el guapo muchacho de Nerceuil consubstanciándose con su compañera, no pudo resistirse a intervenir en la explicación de la parábola evangélica y las bellezas que con ese motivo recorren sus manos acaban por inflamarle totalmente.
-Me parece que esto va demasiado de prisa -exclama Du Parquet, agarrando al condesito por la cintura-, excesiva elasticidad en los movimientos, por lo que resulta que no siendo tan íntima la conjunción no refleja adecuadamente la imagen del misterio que hay que demostrar aquí... Si nos ponemos, exacto de esta forma -prosigue el pícaro, obsequiando a su joven discípulo con lo mismo que éste ofrece a la muchacha.
-¡Ah! Dios mío, ¡que me hacéis daño, padre! -exclama el muchacho-. Y además esta ceremonia me parece inútil. ¿Qué otra cosa me enseña sobre el misterio?
-¡Oh, diablos! -contesta el eclesiástico, balbuceando de placer-. ¿Pero no ves, amigo mío, que te lo enseño todo de una vez? Esto es la Trinidad, hijo mío... Hoy te estoy explicando la Trinidad, cinco o seis lecciones más y serás doctor de la Sorbona.

Marques de Sade

RELATOS ERÓTICOS. CARTAS A LOU


Cuadro: Danae de Lucien Levy-Dhurmier (cuenta la leyenda, que Zeus poseyó a Danae transformado en polvo de oro).
Pensando que te adoro, que te deseo, que pienso en tu desnudez exquisita de Salomé masturbándose ante la cabeza degollada del Bautista. Piensa en lo mucho que me gustan tus senos, merengues exquisitos que parecen nevados por un crepúsculo rosáceo. Mírate las bellas nalgas trémulas que he azotado con deleite, cuyas palpitaciones me hacen estremecer sólo con recordarlas. La Suiza de tu cuerpo es más agradable y más bella que los Alpes con todo su Mont Blanc, su Righi y su Mont Rose, contempla tus bellos ojos cuyas miradas se despliegan como cables que nos unen para siempre. Piensa que te amo tanto con el alma como con el cuerpo y al día siguiente, henchida de este pensamiento, resiste, reprímete, no marees el dedito. Imagina la dulzura, el encanto de nuestros encuentros, contempla tu espíritu encantador y sagaz, de agudezas inesperadas que me maravillan, piensa en la bella inteligencia que te caracteriza, donde quiero contemplarme siempre con complacencia, pues deseas elevarla hacia el bello ideal. He visto hoy en una esquina del viejo Nimes este anuncio singular en caracteres grandes: “La Casa Platón no tiene sucursal”. No le falta razón a la Casa Platón, que se quede donde está, no tiene sucursal en nuestro amor, que no es ni puede ni podrá ser nunca platónico, pues tenemos que amarnos tanto fuera como dentro de la carne. Yo te amo tanto en lo uno como en lo otro. Y te aseguro que no es poco decir. Tu vida no debe limitarse a la carne, a veces es preciso que todo tu cerebro, toda tu alma, todo tu corazón, se interpongan entre tu dedo delicado y tu delicioso botoncito, impidiendo el contacto voluptuoso.
Guillaume Apollinaire

lunes, 5 de enero de 2009

FUEGO SOBRE EL MADERO


Cuadro: Lucien Levy Dhurmier
Después de romper el áspero
castrante
hostil
cerrojo de las ataduras
apuñalé al pecado
cayendo agónicas
mis trabas y mis culpas

Dejé de pedir permiso para vivir

Disponiendo conocerte
abrí tus brazos en cruz
—cristo de mis pasiones—
y hundí el sabor
de mi presencia
en tus pies
en tu cuello
en la blanca playa de tu espalda

Recorriéndote fui creciendo
hoja de tu rama
rama de tu árbol
árbol de tu bosque
hoja loca al vaivén
de tu tronco elocuente

Empinando a la fiebre
mi despertar
caminé y rodé en tus cumbres
y tu sexo brotó
dejando su vasta lluvia
en mi rezumante tierra nueva.


Dina Posada




RELATOS ERÓTICOS. EL ESPOSO COMPLACIENTE


Cuadro: Tendida sobre el vientre, de Egon Schiele

Toda Francia se enteró de que el príncipe de Bauffremont tenía, poco más o menos, los mismos gustos que el cardenal del que acabamos de hablar. Le habían dado en matrimonio a una damisela totalmente inexperta a la que, siguiendo la costumbre, habían instruido tan sólo la víspera.
-Sin mayores explicaciones -le dice su madre- como la decencia me impide entrar en ciertos detalles, sólo tengo una cosa que recomendaros, hija mía: desconfiar de las primeras proposiciones que os haga vuestro marido y contestadle con firmeza: «No, señor, no es por ahí por donde se toma a una mujer decente; por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera....»Se acuestan y por un prurito de pudor y de honestidad que no se hubiera sospechado ni por asomo, el príncipe, queriendo hacer las cosas como Dios manda al menos por una vez no propone a su mujer más que los castos placeres del himeneo; pero la joven, bien educada, se acuerda de la lección:
-¿Por quién me tomáis, señor? -le dice-. ¿Os habéis creído que yo iba a consentir algo semejante? Por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera.
-Pero, señora...
-No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.Bien, señora, habrá que complaceros -contesta el príncipe apoderándose de su altar predilecto-. Mucho me molestaría que dijeran que quise disgustaros alguna vez.
Y que vengan a decirnos ahora a nosotros que no merece la pena enseñar a las hijas lo que un día tendrán que hacer con sus maridos.

Marques de Sade.