miércoles, 31 de diciembre de 2008

RELATOS ERÓTICOS. MYRIAM DE AQUITANIA. Los secretos del cinturón de castidad.


Cuadro: Tristan e Isolda, de Leighton.
Rudel de Aquitania, obcecado durante las cruzadas en acompañar a su padre Guillermo IX, dejó a Myriam, su mujer al cuidado del caballero August D’Almacourt. Confiaba plenamente en este por dos razones. D’Almacourt había sido mutilado en una batalla ganada por los sarracenos. Había perdido el trigémino sexual y, por lo tanto, no tenía posibilidades de dedicarse a la melancolía. La otra razón se fundaba en el cinturón de castidad, fabricado con “cuero de toro curtido a la intemperie lunar”, según lo consigna Ferdinand Lodge en The Human Sexe (1713).
Este cinturón de castidad, siempre según el relato de Lodge, cubría el sexo de Myriam por ambos lados, mientras cuatro correas cruzadas, mientras cuatro correas cruzadas se prolongaban cubriéndole la cintura. Hacia delante había un orificio de medio centímetro para orinar. Y hacia atrás, una solapa con candado, que ocultaba el otro orificio de un centímetro y medio para facilitar la expulsión de las heces”. En estos casos, Myriam debí pedirle a D’Almacourt que utilizara la llave para bajarle la solapa trasera.
Cómo se ve, no había peligro de infidelidad. Las correas, a su vez, estaban remachadas en el cuero que ceñía la cintura, y no había manera de “hacerse la loca” para burlar a su señor. Era todo un artificio diabólico para medir el ingenio de las damas de la Edad Media.
Aquí comienza el drama, que relata a su vez Anthony Jonson en The Family History (1725), completando los datos de Lodge sobre este célebre caso. Myriam amaba a Jean de Villet. Integrante de la secta de Los Ángeles del camino (salteadores al servicio de los señores feudales) Éste sabía que Rudel de Aquitania había marchado hacia la tierra de los infieles con un séquito de mujeres para su placer. Le propuso, entonces, una justiciera infidelidad, a pesar del cinturón de diana, vengarse en tales eventos era lo más adecuado para castigar al déspota.
Myriam cedió a los requerimientos de Villete, y una noche, aprovechando la borrachera de D’Almacourt, le pidió le abriera la solapa del trasero, porque se hallaba descompuesta. D’Almacourt accedió al pedido de la dama y se echó en el primer jergón que halló su paso para seguir acariciando sus ronquidos. El marqués de Sade, que conoció esta historia (hecho no confirmado por Gilbert Lely) recordó intencionadamente en el asilo de Chareton, estos versos:
Tú, que de las sectas conoces el secreto
Dime ¿qué dogma es hacerse perforar?
Marcial IX, 48
Lo cierto es que Myriam llevó a Villet a la torre del castillo, donde comenzó el enigma más notable de los cinturones de castidad. El caballero verificó la entrada del cráter. Pero ¿cómo introducirse en él sin peligro de suicidarse? Las emanaciones sulfurosas indicaban la proximidad del fuego. Sólo eso. Lo demás era imposible en un desfiladero que comenzaba con un orificio de un centímetro y medio en el cuero protector. No había espacio para emprender la travesía en el jumento. Aníbal escalando los Alpes no hubiera sido tan desdichado. Tres horas trabajó en vano Jean de Villet, hasta que al fin, según Anthony Jonson, “dio repentinamente con la solución al ver la delgadez de una lombriz que se arrastraba por entre las piedras del piso”.
Allí estaba la solución sugerida por el insecto, que Jonson remitió a la inteligencia del lector. La lombriz, adelgazaba y se inflaba para sortear los vericuetos del piso. Había que penetrar por lo tanto, desinflado para engordar en el castillo de Venus que Rabelais confundió con el séptimo cielo de los truenos. Jean de Vilet, tuvo de este modo la evidencia, y con ella la fama inalterable de ser el primer violador de los cinturones de castidad. En el monumento que le erigieron, Andrea Lamborghi esculpió una lombriz alimentándose de lentejas.
Final.
Cuando Rudel de Aquitania volvió de la cruzada, en 1275, halló a Myriam embarazada. Esperó que diera a luz, y luego la hizo emparedar. Jean de Villete fue previamente decapitado, D’Almacourt condenado al exilio. El hijo de Myriam, a su vez, al cumplir 14 años, asesinó de un hachazo a Rudel de Aquitania cuando este dormía con una de sus amantes. Dijo el Marqués de Sade en Justine: “Perforar es fácil, perder la cabeza es un pecado”
DEL LIBRO: MUSAS, PUTAS Y OTRAS DAMAS, DE JUAN JACOBO BAJARLÍA.

martes, 30 de diciembre de 2008

POEMAS ERÓTICOS. SE QUERÍAN



Cuadro: El abrazo, de Gustav Klimt

Se querían.Sufrían por la luz,
labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.
Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.
Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.
Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente solo.
Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.
Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.
Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.
Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

VICENTE ALEIXANDRE

lunes, 29 de diciembre de 2008

POEMAS ERÓTICOS. ESTO ES AMOR


Cuadro: el beso, de Gustav Klimt, reproducción de Alejandra Menassa.


Esto es amor, esto es amor, yo siento

en todo átomo vivo un pensamiento.
Yo soy una y soy mil, todas las vidas

pasan por mí, me muerden sus heridas.
Y no puedo ya más, en cada gota

de mi sangre hay un grito y una nota.
Y me doblo, me doblo bajo el peso

de un beso enorme, de un enorme beso.



ALFONSINA STORNI

POEMAS ERÓTICOS. OH PUERTAS DE TU CUERPO


Cuadro: El altar de Dionisio. Gustav Klimt


Oh puertas de tu cuerpo

Son nueve y las he abierto todas

Oh puertas de tu cuerpo

Son nueve y para mí se han vuelto a cerrar todas

En la primera puerta

La Clara Razón ha muerto

Era ¿te acuerdas? el primer día en Niza

Tu ojo izquierdo así como una culebra se desliza

Hasta mi corazón

Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta de tu mirada izquierda

En la segunda puertaHa muerto toda mi fuerza

Era ¿te acuerdas? en un albergue en Cagnes

Tu ojo derecho palpitaba como mi corazón

Tus párpados latían como en la brisa laten las flores

Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta de tu mirada derecha

En la tercera puerta
Escucha latir la aorta

Y todas mis arterias hinchadas por tu sólo amor

Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta de tu oído izquierdo

En la cuarta puerta
Me escoltan todas las primaveras

Y aguzando el oído se escucha del bonito bosque

Subir esta canción de amor y de los nidos

Tan triste para los soldados que están en la guerra

Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta de tu oído derecho

En la quinta puerta

Es mi vida que te traigo

Era ¿te acuerdas? en el tren que volvía de Grasse

Y en la sombra muy cerca muy bajito

Tu boca me decía

Palabras de condenación tan perversas y tan tiernas

Que pregunto a mi alma herida

Cómo pude oírlas sin morir

Oh palabras tan dulces tan fuertes que cuando lo pienso me parece
tocarlas

Y que se abra de nuevo la puerta de tu boca

En la sexta puerta

Tu gestación de putrefacción

oh Guerra está abortando

He aquí todas las primaveras con sus flores

He aquí las catedrales con su incienso

He aquí tus axilas con su divino olor

Y tus cartas perfumadas que huelo

Durante horas

Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta del lado izquierdo de tu nariz

En la séptima puerta

Oh perfumes del pasado que la corriente de aire se lleva

Los efluvios salinos daban a tus labios el sabor del mar

Olor marino olor de amor bajo nuestras ventanas se moría el mar

Y el olor de los naranjos te envolvía de amor

Mientras en mis brazos te acurrucabas

Quieta y callada

Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta del lado derecho de tu nariz

En la octava puerta

Dos ángeles mofletudos cuidan de las rosas temblorosas que soportan

El cielo exquisito de tu cintura elástica

Y heme aquí armado con un látigo hecho con rayos de luna

Los amores coronados con jacinto llegan en tropel.

Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta de tu alma

Con la novena puerta

Es preciso que salga el amor mismo

Vida de mi vida

Me junto contigo para la eternidad

Y por el amor perfecto y sin ira

Llegaremos a la pasión pura y perversa

Según lo que queramos

A todo saber a todo ver a todo oír

Yo me renuncié en el secreto profundo de tu amor

Oh puerta umbrosa oh puerta de coral vivo

Entre dos columnas de perfección

Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta que tus manos saben abrir tan bien

Guillaume Apollinaire

domingo, 28 de diciembre de 2008

RELATOS ERÓTICOS. LOS DESIERTOS DEL AMOR


Cuadro: Gustav Klimt. Adán y Eva
Se trata, ciertamente, del mismo paisaje. La misma casa campestre de mis padres: el mismo salón encima de cuyas puertas alternaban las pinturas bucólicas chamuscadas, con armas y leones. Para la cena se convierte en un salón con candelabros y vinos y plafones rústicos de madera. La mesa del comedor es muy grande. ¡Las sirvientas! Había muchas según recuerdo. -También estaba uno de mis jóvenes amigos antiguos, cura y vestido de cura; veo ahora que para sentirse más libre. Recuerdo su cuarto púrpura, con vidrios de papel amarillo: y sus libros, ocultos, que habían remojado los océanos.
Yo vivía abandonado en esta casa de campo sin fin: leyendo en la cocina, dejando que se secara el barro de mi ropa en presencia de los huéspedes durante las conversaciones en el salón: conmovido hasta la muerte por el murmullo que producía la hora de tomar la leche por la mañana y por la noche, a la manera del siglo pasado.
Estaba en una habitación muy oscura: ¿qué hacía? Una sirvienta vino junto a mí: puedo decir que parecía un perrito: aunque fuese muy bonita y de una lealtad maternal inexpresable para mí: pura, conocida, encantadora... Me pellizcó el brazo.
Ni siquera recuerdo bien su figura: ni puedo recordar su brazo del que retorcía la piel con mis dos dedos; ni su boca que la mía atrapó como una pequeña ola desesperada, derrumbando sin cesar alguna cosa. La revolqué sobre una canasta de almohadones y de telas de barco, en un rincón oscuro. No recuerdo más que su pantalón de blancos encajes.
Luego ¡oh desespero!, el tabique se convirtió vagamente en la sombra de los árboles, y me abismé en la tristeza amorosa de la noche.
***
Ahora es la mujer que vi en la ciudad, y a la que he hablado y que me habla.
Yo estaba en una habitación, sin luz. Vinieron a decirme que ella estaba en mi cuarto: y la vi en mi cama, toda para mí ¡sin luz! Me emocioné mucho porque se trataba de la casa de mi familia: también porque la angustia se apoderó de mí. Yo estaba en andrajos y ella era una mujer de mundo que se entregaba: ¡tendría que marcharse! Una angustia sin nombre: la cogí y la dejé caer de la cama, casi desnuda; y, en mi flaqueza indecible, caí sobre ella y me arrastré con ella por las alfombras, sin luz. La lámpara de la familia enrojecía una tras otra las habitaciones vecinas. Entonces, la mujer desapareció. Derramé más lágrimas de las que Dios pudiese jamás pedirme.
Salí por la ciudad sin fin. ¡Oh fatiga! Ahogado en la noche sorda huyendo de la felicidad. Era como una noche de invierno con una nieve para ahogar el mundo decididamente. Los amigos, a los que grité, dónde está ella, respondieron falsamente. Estuve delante de los escaparates a donde ella va todas las tardes: corría por un jardín oculto. Fui rechazado. Lloré enormemente por todo esto. Al final descendí a un lugar lleno de plovo. Y sentado sobre unas maderas , dejé correr todas las lágrimas de mi cuerpo por esta noche. Mi agotamiento, volvía siempre a mí, no obstante.
He comprendido que ella seguía con su vida de todos los días; y que el turno de su favor tardaría más en producirse que no tarda una estrella. No ha vuelto y no volverá jamás la adorable que había venido a mi casa -cosa que jamás hubiese presumido-. De veras, esta vez he llorado más que todos los niños del mundo.
1862 Arthur Rimbaud

Cuadro: Modigliani. Desnudo recostado.
Este sexo era móvil también y cambiaba como si fuera de goma, como si lo ensancharan unas manos invisibles, unas manos curiosas que pretendieran desmembrar el cuerpo para acceder a su interior. Entonces, el trasero se volvía completamente hacia él y empezaba a perder su forma, como si lo hubieran arrancado. A cada momento parecía que el cuerpo iba a abrirse del todo, hasta rasgarse. A Martínez le acometió la furia porque otras manos sujetaban ese cuerpo. Trató de incorporarse y buscar el seno de Mathilde, y si encontraba allí otra mano o una boca chupándolo, buscaría el vientre, como si aún se tratara de la imagen que obsesionó su sueño causado por el opio, y entonces caería sobre la parte inferior de aquel cuerpo, de manera que pudiera besarlo entre las piernas abiertas. El placer que experimentaba Mathilde acariciando a los hombres era inmenso, y las manos de éstos se deslizaban sobre su cuerpo y lo arrullaban de tal manera, tan regularmente, que raras veces la acometía un orgasmo. Sólo adquiría conciencia de ello una vez se habían marchado los hombres. Despertaba de sus sueños causados por el opio, con el cuerpo aún no descansado.
Permanecía acostada limándose las uñas y aplicándose laca en ellas, haciendo su refinada toilette para futuras ocasiones y cepillándose el rubio cabello. Sentada al sol, y utilizando algodón empapado en peróxido, se teñía el vello púbico del mismo color que el cabello.
Abandonada a sí misma, la obsesionaban los recuerdos de las manos sobre su cuerpo. Ahora, bajo su brazo, sentía una que se deslizaba hacia su cintura. Se acordó de Martínez, de su manera de abrirle el sexo como si fuera un capullo, de cómo los aleteos de su rápida lengua cubrían la distancia que mediaba entre el vello púbico y las nalgas, terminando en el hoyuelo al final de la espalda. ¡Cuánto amaba él ese hoyuelo que le impulsaba a seguir con sus dedos y su
lengua la curva que se iniciaba más abajo y se desvanecía entre las dos turgentes montañas de carne!
Pensando en Martínez, Mathilde se sintió invadida por la pasión. Y no podía aguantar su regreso. Se miró las piernas. Por haber permanecido demasiado tiempo sin salir, se habían blanqueado de manera muy sugestiva, adquiriendo el tono blanco yeso del cutis de las mujeres chinas, esa mórbida palidez de invernadero que gustaba a los hombres de piel obscura, y en particular a los peruanos.
Se miró el vientre, impecable, sin una sola línea fuera de lugar. El vello púbico relucía ahora al sol con reflejos rojos y dorados. "¿Cómo me ve él?", se preguntó. Se levantó y colocó un largo espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla. Luego, mirándolo, se sentó frente a él, sobre la alfombra, y abrió lentamente las piernas. La vista resultaba encantadora. El cutis era perfecto, y la vulva rosada y plana. Mathilde pensó que era como la hoja del árbol de la goma, con la secreta leche que la presión del dedo podía hacer brotar y la fragante humedad que evocaba la de las conchas marinas. Así nació Venus del mar, con aquella pizca de miel salada en ella, que sólo las caricias pueden hacer manar de los escondidos recovecos de su cuerpo.
Mathilde se preguntaba si podría hacer salir aquello de su misterioso centro. Se abría con los dedos los dos pequeños labios de la vulva y empezaba a acariciarla con suavidad felina. Atrás y adelante, como hacía Martínez con sus morenos y más nerviosos dedos.
Rememoró esos dedos sobre su piel, en contraste con ella, y cuya reciedumbre parecía que iba a lastimar el cutis antes que arrancar placer con su contacto. ¡ Qué delicadamente la tocaba –pensó–, cómo sujetaba la vulva entre sus dedos, como si tocara terciopelo! Se la sujetó como Martínez lo hacía, con el índice y el pulgar. Con la mano que le quedaba libre continuó las caricias. Experimentó la misma sensación, como de derretirse, que le procuraban los dedos de
Martínez. De alguna parte, empezaba a fluir un líquido salado que cubría las aletas del sexo, que ahora relucía entre ellas.
Mathilde quiso entonces conocer su aspecto cuando Martínez le pedía que se diera la vuelta. Se tendió sobre el costado izquierdo y expuso el trasero al espejo. Ahora podía ver su sexo desde otro lado. Se movió como se movía para Martínez. Vio cómo su propia mano aparecía sobre la pequeña colina formada por las nalgas, y empezaba a acariciarlas. Su otra mano se colocó entre las piernas y se mostró en el espejo por detrás. Esta mano acariciaba el sexo de atrás adelante Se introdujo el índice y empezó a frotarse contra él. Entonces la invadió el deseo de tomar por los dos lados, por lo que insertó el otro índice en el orificio trasero. Ahora, cuando se movía hacia adelante, se encontraba con un dedo, y cuando el vaivén la empujaba atrás, hallaba el otro dedo, como le ocurría cuando Martínez y un amigo suyo. La acariciaban a la vez. La proximidad del orgasmo la excitó, y la recorrieron las convulsiones, como si sacudiera el último fruto de una rama, sacudiendo, sacudiendo la rama para que cayera todo en un orgasmo salvaje, que se consumó mientras se miraba en el espejo, contemplando sus manos que se movían, la miel que brillaba y el sexo y el ano que resplandecían, húmedos, entre sus piernas.
Anäis Ninn

sábado, 27 de diciembre de 2008

POEMAS ERÓTICOS. DISCURSO DE EVA




Hoy te saludo brutalmente:

con un golpe de tos
o una patada.

¿Dónde te metes,

a dónde huyes con tu caja loca

de corazones,

con el reguero de pólvora que tienes?

¿Dónde vives:

en la fosa en que caen todos los sueños

o en esa telaraña donde cuelgan

los huérfanos de padre?

Te extraño.

¿sabes?

como a mí misma

o a los milagros que no pasan.

Te extraño,¿sabes?

Quisiera persuadirte no sé de qué alegría,

de qué cosa imprudente.

¿Cuándo vas a venir?

Tengo una prisa por jugar a nada,

por decirte: «mi vida»

y que los truenos nos humillen

y las naranjas palidezcan en tu mano.

Tengo unas ganas de mirarte al fondo

y hallar velos

y humo,

que, al fin, perece en llama.

De verdad que te quiero,

pero inocentemente,

como la bruja clara donde pienso.

De verdad que no te quiero,

pero inocentemente,

como el ángel embaucado que soy.

Te quiero,

no te quiero.

Sortearemos estas palabras

y una que triunfe será la mentirosa.
Amor...

(¿Qué digo? estoy equivocada,

aquí quise poner que ya te odio.)

¿Por qué no vienes?

¿Cómo es posible

que me dejes pasar sin compromiso con el fuego?

¿Cómo es posible que seas austral

y paranoico

y renuncies a mí?

Estarás leyendo los periódicos

o cruzando

por la muerte

y la vida. Estarás con tus problemas de acústica y de ingle,

inerte,

desgraciado,

entreteniéndote en una aspiración del luto.

y yo que te deshielo,

que te insulto,

que te traigo un jacinto desplomado;

yo que te apruebo la melancolía;

yo que te convoco

a las sales del cielo, yo que te zurzo: ¿qué?

¿Cuándo vas a mátame a salivazos, héroe?

¿Cuándo vas a molerme otra vez bajo la lluvia?

¿Cuándo?¿Cuándo vas a llamarme pajarito

y puta? ¿Cuándo vas a maldecirme?

¿Cuándo?

Mira que pasa el tiempo,

el tiempo,

el tiempo,

y ya no se me aparecen ni los duendes,

y ya no entiendo los paraguas,

y cada vez soy más sincera,

augusta...Si te demoras,

si se te hace un nudo y no me encuentras,

vas a quedarte ciego;

si no vuelves ahora:

infame, imbécil, torpe, idiota,voy a llamarme nunca.

Ayer soñé que mientras nos besábamos

había sonado un tiro

y que ninguno de los dos soltamos la esperanza.

Este es. un amor de nadie; lo encontramos perdido,

náufrago,

en la calle,

Entre tú y yo lo recogimos para ampararlo.

Por eso, cuando nos mordemos,

de noche,

tengo como un miedo de madre a quien dejaste sola.

Pero no importa,

bésame,

otra vez y otra vez

para encontrarme.

Ajústate a mi cintura,vuelve;

sé mi animal,

muéveme.

Destilaré la vida que me sobra,

los niños condenados.

Dormiremos como homicidas que se salvan

atados por una flor incomparable.

Y a la mañana siguiente cuando cante el gallo

seremos la naturaleza

y me pareceré a tus hijos en la cama.

Vuelve, vuelve.

Atraviésame a rayos.

Hazme otra vez una llave turca.

Pondremos el tocadiscos para siempre.

Ven con tu nuca de infiel,

con tu pedrada.

Júrame que no estoy muerta.

Te prometo, amor mío, la manzana.



CARILDA OLIVER LABRA

viernes, 26 de diciembre de 2008

POEMAS ERÓTICOS. DESNUDO


Cuadro de Tamara de Lempicka


Desnudo eres hermoso como una lágrima de luna,

desnudo eres azul y te confundes con la noche.
Desnudo te pareces a una roca tallada por la mano

de un dios concupiscente.
Todo es en ti belleza,

y yo que no puedo dejar de nombrarte,

yo que al juntar mis párpados te veo aparecer

y me encegueces,

yo que guardo tu imagen prendida en mi retina

incandescente,

yo que te esperé siempre,

yo que te llamo desde las nubes del cielo o del infierno…

¡Asáltame esta noche!

atraviesa los puentes de mi anhelo,

derriba las cancelas de mi sexo,

rómpeme el corazón en mil fragmentos

¡Llámame puta y noche, y misterio!,

llámame amor, dime que sí

y estarás muerto:

no se rinde la araña cuando atrapa a la mosca
en su seno;

no se rinde en tu sangre mi veneno

vamos dime que sí, mi amor.

Desnudo eres hermoso como un verso,

desnudo eres mi aliento.


Del libro de próxima edición Poemas Afrodisíacos, de Alejandra Menassa de Lucia
Si quieres escuchar el poema recitado por la autora, puedes hacerlo aquí:

RELATOS ERÓTICOS. ELLA LE PIDE QUE LA MIRE TODO EL TIEMPO


Cuadro de Tamara de Lempicka.

El Profesor relata durante una sesión de psicoanálisis con el Master:
- Ella me pide que la mire todo el tiempo…
El Profesor, cuando estaba hablando con el Master, siempre prolongaba las frases.
- ¿Y usted, qué hace?
El Master quiso que el Profesor continuara la frase y al ver que éste no seguía, insistió:
- Y usted ¿qué hace cuando ella le pide que la mire todo el tiempo?
El profesor esta vez se sintió convocado y dijo a su vez:
- Pero ¿cómo me pregunta lo que hago? Yo hago lo que haría cualquier hombre enamorado, si ella me pide que la mire todo el tiempo, la miro todo el tiempo.
Y el Profesor volvió a quedarse en silencio, tal vez, sintiendo que había dicho una verdad. Al Master no le pareció que el Profesor dijera nada y, entonces, le preguntó:
-¿Y cuál es el problema, entonces?, ella le pide que usted la mire todo el tiempo y usted la mira todo el tiempo.
El Profesor comenzó a reírse como nunca y tocándole dos o tres veces comprensivamente, el brazo al Master, le dijo:
-Pero qué le pasa hoy, todo el tiempo me hace sentir que usted tiene el mismo problema que yo.
- Bueno, todos los hombres tenemos el problema de mirar o no mirar a una mujer todo el tiempo…
El Master hubiera preferido continuar su exposición, pero el Profesor intervino casi interrumpiéndolo:
El problema no es de los hombres, es de la mujer. ¿Y sabe porqué?
El Master contestó que a lo mejor sabría, pero no en ese momento. Y entonces el Profesor, 68 años recién cumplidos, lió un pequeño cigarrillo de yerba, y mientras fumaba con cierta profundidad fue diciendo:
El problema es de la mujer, cuando yo la miro todo el tiempo, ella se porta como una loca.
Una loca de amor, interrumpió el Master.
No, replicó rápidamente el Profesor, loca de locura. No puede tolerar las fantasías sexuales que le produce mi mirada. Empieza a sentir que yo, en realidad, miro a otra mujer y de golpe, sin saber cómo, aparezco en los brazos de otra mujer.
¿Pero esa mujer no la eligió usted, acaso?
¿Por qué no toma un poco de yerba?
El Profesor quería ser delicado, pero en realidad era sarcástico.
Hoy le pasa, Master, que no puede sino ver en lo que cuento relaciones normales, pero lo que a mi me pasa es anormal.
Y antes de que el Master pudiera responder, el Profesor con la mirada perdida:
- Ellas se excitan más aún con la situación y, entonces, la otra mujer que sabe, mejor que yo, que a mí me mandó ella, me ama con frenesí…
El profesor se quedó callado, como de vez en cuando hacía en las conversaciones, y el Master se divertía viendo al Profesor, en la fiesta, corriendo de una mujer a otra, de una ilusión a otra.
No sé si este hombre va a aguantar estos amores, pensó el Master, en voz baja, y volviendo a la realidad de otra manera preguntó:
Y usted ¿qué hace cuando la novia de su mujer lo ama con frenesí?
No sé, dijo el Profesor, si tengo que contestarle qué hago cuando ella me ama con frenesí o, tal vez, usted prefiera, que me detenga en la novia de mi mujer.
No, dijo el Master, mi intención era saber que hacía usted con el frenesí…
Yo me dejo amar un poco, dijo el Profesor y, luego, me hago el distraído porque siempre hay otras mujeres presentes y los negocios deben cuidarse, porque no sólo de pan vive el hombre.
Y el Master queriendo cerrar lo que no se cerraría:
Y la mujer no le digo…
Hacía más de diez años que no me quedaba bailando hasta las siete de la mañana.
El Profesor hablaba tratando, ahora, que el Master prestara atención.
¿Y sabe por qué me quedé hasta las siete de la mañana bailando y bebiendo, que llegué a emborracharme?
El Master no quería perderse, de ninguna manera, otra posibilidad para equivocarse, y dijo tranquilamente:
Para prolongar el encuentro con la mujer que deseaba su mujer.
Seguramente, replicó el Profesor, usted hubiera hecho eso, pero usted es una persona normal y yo le estoy diciendo que soy un anormal.
El Master que estaba un poco cansado de los misterios del Profesor, le dijo:
¿Qué, se quedó hasta las siete de la mañana borracho para cuando su mujer se fuera con ella, follarse al camarero?
Ahora el Profesor reía con voluptuosidad y parecía haber rejuvenecido algunos años, y mientras reía decía:
Pero no, Master, no. Me quedé, borracho, hasta las siete de la mañana sólo para verlas bailar…
Eran dos joyas moviéndose al ritmo de mi piel. Ellas bailaban, yo no existía, pero mi piel estaba presente.
Y ellas, palomas embelesadas de sí mismas, hacían tetas con tetas, culo con culo y, después, cómo se movían y cuando se rozaban apenas, pelo con brazo, teta con espalda, culo con entrepiernas, labios con labios, todo se desvanecía en la sala, la música golpeaba sin piedad nuestros cuerpos desnudos.
Yo me agarraba a mi pene con las dos manos y ellas enternecidas, me besaban las nalgas, primero una, después la otra, a veces mientras me chupaban me metían uno o dos dedos, no lo sé...
Y dirigiéndose al Master, le dijo:
- ¿Me sigue?
El Master ya más colocado en algún lugar le dijo:
No hace falta que lo siga, lo espero aquí, y de paso quiero preguntarle si usted gozaba algo en esos encuentros.
¿Algo? Dijo el Profesor con los ojos fuera de las órbitas, me volví loco. Nunca gocé así en mi vida. Mire, a usted se lo digo, ni Julio Verne me hizo gozar así.
Cuando se paseaban una enfrente de la otra, las dos de costado, moviendo los culitos siempre en todos los casos al ritmo de follar, en medio de la pista, y se miraban y entendían que lo habían conseguido casi todo, y dejaban escapar un orgasmo silencioso y, a la vez, interminable y yo escondido en un rincón de la pista sentía que esa maravilla, esa belleza, la había producido con mi pene y, a mi entender, ellas lo sabían, porque después del baile me lo chupaban, desde la madrugada hasta la hora de la siesta.
El Master volvió a interrumpir para semi-preguntar:
Podemos decir que usted gozaba mucho en esos encuentros.
Sí que gozaba y, lo peor, el Profesor estaba verdaderamente decaído, es que ahora, también gozo.
Y qué, lo increpó el Master, gozar aunque se tengan sesenta y ocho años siempre es bueno a menos que usted no soporte que todo ese goce no lo consigue sino con dos mujeres.
Hoy usted no me entiende, dijo el Profesor, porque no se puede imaginar una tristeza como la mía. Mire, yo se lo digo y si alguien me puede ayudar será bienvenido.Yo soporto todo el goce que me dan, pero quiero gozar más, quiero que nos vayamos a vivir los tres solos a una casa de campo, y que pongamos esa música estridente y que bailemos como potros desbocados y después chuparnos hasta los huesos y morir.
Eso me pasa Master, quiero gozar más.
Bueno, dijo el Master, dicho así, suicidarse parece una cosa bella.
El Viejo Feliz

jueves, 25 de diciembre de 2008

EL SEXO TAMBIÉN ES DIVERTIDO



Cuadro: Stéphane Doulcier


Coito: Misterio en dos tiempos, que generalmente comienza con un no.
Glande: Dinosaurio proteico de grandes dimensiones y oreja retráctil que vive en las cuevas. Contemporáneo e imitador del tiranosaurio, a cuyo rugido se deshacían las selvas.
Teta: Agarradera salvadora de los estados depresivos.

Travestismo: Costumbre juguetona de Sócrates, según Aristófanes.
Corazón: Impulso femenino que suele copular.
Zanahoria: Herejía vegetal defendida por Penélope cuando Ulises iba en pos de Patroclo.

De: Breve diccionario del erotismo y poemario satírico de Juan Jacobo Bajarlía.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

OCTAVO POEMA SECRETO A MADELEINE


Labios. De Salvador Dalí


Mi boca tendrá ardores de averno

Mi boca será para ti un infierno de dulzura

Los ángeles de mi boca reinarán en tu corazón

Mi boca será crucificada

Y tu boca será el madero horizontal de la cruz

Pero qué boca será el madero vertical de esta cruz

Oh boca vertical de mi amor,

Los soldados de mi boca tomarán al asalto tus entrañas

Los sacerdotes de mi boca incensarán tu belleza en su templo

Tu cuerpo se agitará como una región durante un terremoto

Tus ojos entonces se cargarán de todo el amor

que se ha reunido en las miradas de toda la humanidad desde que existe

Amor mío mi boca será un ejército contra ti

Un ejército lleno de desatinos

Que cambia lo mismo que un mago sabe cambiar sus metamorfosis

Pues mi boca se dirige también a tu oído y ante todo

Mi boca te dirá amor

Desde lejos te lo murmura

Y mil jerarquías angélicas que te preparan

una paradisíaca dulzura en él se agitan

Y mi boca es también la Orden que te convierte en mi esclava

Y me da tu boca Madeleine

Tu boca que beso Madeleine



Guillaime Apollinaire

POEMAS ERÓTICOS ¿QUIÉN NO LO HUBIERA HECHO?


Cuadro: Egon Schiele. Pareja reclinada y entrelazada.


Hoy querida

enloqueció un amigo

Querido Luis Althusser (filósofo que asesinó a su mujer, Hélenè, ahorcándola):

Después de tu locura,

mil veces intenté cerrar mis manos,

alrededor del cuello de una diosa

y no he podido,

mi corazón tiene sus límites,

entre mis manos se esconde siempre un verso apasionado.

Cuando lo único que ambiciono es matarla,

la estrangulo en una frase breve, entre guiones.

Salpico su hermosura con puntos suspensivos.

Me fascino entre signos para ganar su simpatía

y, después, la mato con un punto.

No quiero decir con esto que,

a lo mejor, algún día, en la cama de algún hotel,

en alguna ciudad lejana y extranjera, yo

quiera, en un olvido, llevar mis dedos hasta lo profundo de su sangre.

Con mis dedos perforar su garganta,

buscando antiguas perlas,

mecanismos en descomposición.

No digo eso, tal vez, la vida, la no vida. El ser viviendo pero apenas.

El no ser, siempre encallado en serlo.

Los máximos agujeros todos en círculo frente a mí,

¿quién sabe? ¿quién te dice que, ese día, no escriba mi último poema?


QUERIDO LUIS ALTHUSSER,

te dedico esta página por los gritos que nunca más escucharás

Cuando ella moría entre tus brazos, pero no moría,

el goce era infinito, yo lo sé,

¿quién no lo hubiera hecho?

Yo vi cómo sus ojos se quedaban vacíos

,como su lengua caía en un rincón del cuarto.

Yo vi cómo sus gritos se quedaron helados.

Y la sonrisa. la última sonrisa ¡qué sonrisa!

Vengan a ver al hipopótamo sangriento,

que mea contra los ojos de su amada.

Vengan a ver, ácidos y olores rancios de cuarteles,

para los ojos enamorados de mi amada.

¡Semen contaminado con los peores males de este siglo,

para la vagina abierta sin par de mi amada muerta.

Después, el golpecito divino

y ella se pone otra vez en movimiento.

Dios complaciente le perdonó la broma

y, ahí, ciegos, los dos totalmente ciegos,

nos besamos como cuando teníamos veinte años,

yo lo sé;


¿QUIEN NO LO HUBIERA HECHO?


Esos ojos abiertos como vacas abiertas,c

omo extraviadas lejanías,

ese mugido lento, entorpecido, sordo,

es mugido del alma.

Es la simpleza abierta de un vacío,

algo se rompe entre las manos, algo desaparece,

sin que por ello haya existido jamás

Abrumado por estos descubrimientos,

paso toda la noche despierto,

alejado de la cama donde mi amada, espera,

más o menos dormida, más o menos, tranquilamente,

que la mate.



Viejo Feliz

martes, 23 de diciembre de 2008

RELATOS ERÓTICOS.MATHILDE


Cuadro: El abrazo, de Egon Schiele

Mathilde era sombrerera en París, y contaba apenas veinte años cuando la sedujo el Barón. Aunque la aventura no había durado más que dos semanas, en ese breve espacio de tiempo quedó imbuida, por contagio, de la filosofía de la vida y de la manera expeditiva de resolver los problemas propios del Barón. Algo que éste le dijo casualmente una noche la intrigaba: que las mujeres parisienses gozaban de la más elevada cotización en Sudamérica debido a su pericia en materia amorosa, a su vivacidad y a su talento, que las hacían contrastar acusadamente con muchas esposas de aquellos países. Estas aún cultivaban la tradición de mantenerse en un plano borroso y de obediencia, que diluía sus personalidades y que, posiblemente, se debía a la resistencia de los hombres a hacer de ellas unas amantes.
Al igual que el Barón, Mathilde desarrolló una fórmula para actuar en la vida como en una serie de papeles; o sea, diciéndose todas las mañanas, mientras se cepillaba su rubio pelo: "Hoy quiero ser tal o cual persona", y procediendo en consecuencia. Un día decidió que deseaba ser una distinguida representante de un conocido modista parisiense e irse al Perú. Todo cuanto tenía que hacer era interpretar el papel. Así pues, se vistió con cuidado y se presentó con extraordinaria seguridad en casa del modista.
El puesto de representante le fue concedido y se le entregó un pasaje de barco para Lima. A bordo, se comportó como una embajadora francesa de la elegancia. Su innato talento para apreciar los buenos vinos, los buenos perfumes y los buenos vestidos la señalaron como una dama refinada. Su paladar era el de un gourmet. Mathilde poseía sobrados encantos para realzar ese papel. Reía de continuo, le sucediera lo que le sucediera. Cuando se extraviaba una maleta, reía. Cuando la pisaban, reía. Fue su risa lo que atrajo al representante de la naviera española, Dalvedo, quien la invitó a sentarse a la mesa del capitán. Dalvedo iba elegantemente vestido de esmoquin, se comportaba como si él mismo fuera el capitán y contaba anécdotas.
La noche siguiente la sacó a bailar. Se daba perfecta cuenta de que el viaje no era lo bastante largo como para cortejar a la joven de forma usual, de modo que inmediatamente empezó a alabar el pequeño lunar de la mejilla de Mathilde. A medianoche le preguntó si le gustaban los higos chumbos. Ella nunca los había probado. Dalvedo le dijo que tenía algunos en su camarote. Pero Mathilde quería realzar su valor mediante la resistencia, y se mantuvo en guardia cuando penetraron en él. Había rechazado con facilidad las manos audaces de los hombres con las que se rozaba mientras vendía las insidiosas caricias de los maridos de sus clientes, y los pellizcos en los pezones a cargo de los amigos que la invitaban al cine. Nada de eso le había causado ninguna sensación. Tenía una vaga pero tenaz idea de lo que la podía agitar. Deseaba ser cortejada con un lenguaje misterioso.
Era su condición desde su primera aventura, ocurrida cuando sólo tenía dieciséis años. Un escritor célebre había entrado un día en su tienda. No buscaba un sombrero, sino que preguntó si vendía unas flores luminosas de las que había oído hablar; unas flores que brillaban en la obscuridad. Las deseaba, explicó, para una mujer que brillaba en la obscuridad. Podía jurar que cuando la llevó al teatro y se sentó en la parte trasera del palco, sin luz, con su traje de noche, su piel era tan luminosa como la más fina de las conchas marinas, de un fulgor rosa pálido. Y él quería esas flores para que las llevara en el pelo. Mathilde no las tenía. Pero en cuanto el hombre se hubo marchado, fue a mirarse al espejo. Esa era la clase de sentimiento que deseaba inspirar. ¿Podría? La tonalidad de su cutis no era de aquella clase; tenía más fuego que luz. Sus ojos eran ardientes, de color violeta. Llevaba el cabello teñido de rubio, pero proyectaba a su alrededor una sombra cobriza. Su piel era asimismo de color de cobre, firme y en absoluto transparente. Su cuerpo llenaba sus vestidos, ciñéndoselos plenamente. No llevaba corsé, pero su figura tenía la misma forma que si lo utilizara. Se arqueaba para sacar el pecho y elevar las nalgas. El hombre volvió, pero esta vez no pretendió comprar nada. Permaneció de pie mirándola, sonriendo con su rostro alargado y finamente tallado, y entregándose, con sus gestos elegantes, al ritualde encender un cigarrillo. –Esta vez he venido sólo para verla –dijo. El corazón de Mathilde latió tan aprisa, que sintió como si hubiera llegado el momento que esperaba desde hacía años. A punto estuvo de ponerse de puntillas para escuchar el resto de sus palabras. Sintió como si fuera la luminosa mujer que se sentaba atrás, en el palco obscuro, recibiendo las exóticas flores. Pero lo que el cortés escritor de pelo gris dijo con su aristocrática voz fue: –En cuanto la vi, se me levantó. La crudeza de aquellas palabras fue como un insulto. Se ruborizó y lo abofeteó. Esta escena se repitió en varias ocasiones. Mathilde advirtió que en su presencia los hombres solían enmudecer, privados de toda inclinación romántica a hacer la corte. Palabras como aquéllas salían de sus bocas sólo con que la vieran. Su efecto era tan directo que todo cuanto podían expresar era su turbación física. En lugar de aceptar eso como un tributo, Mathilde se ofendía.
Ahora se hallaba en el camarote de Dalvedo, el afable español, que estaba pelando unos higos chumbos para ella y charlando. Mathilde fue recuperando la confianza. Se sentó en el brazo de una silla, vestida con su traje de noche de terciopelo rojo. Pero el acto de pelar los higos quedó interrumpido. Dalvedo se levantó y dijo: –Tiene usted en su mejilla el más seductor de los lunares. Ella pensó que trataría de besárselo, pero no lo hizo. Se desabrochó rápidamente, se sacó el miembro y, con el gesto que un apache dirigiría a una mujer de la calle, le ordenó: –Arrodíllate. Mathilde lo abofeteó y se dirigió a la puerta. –No te vayas –imploró él–. Me has vuelto loco; mira en qué estado me has puesto. Ya estaba así toda la noche, mientras bailábamos. No puedes dejarme ahora. Trató de abrazarla. Mientras luchaba por librarse de él, Dalvedo eyaculó sobre su vestido. Tuvo que cubrirse con su capa para regresar a su camarote.
En cuanto Mathilde llegó a Lima, sin embargo, vio realizado su sueño. Los hombres se le acercaban con palabras floridas, disfrazando sus intenciones con gran encanto y ornamentos retóricos. Este preludio al acto sexual la satisfizo; le agradaba un poco de incienso. En Lima recibió mucho, pues formaba parte del ritual. Había sido elevada a un pedestal de poesía, de modo que su caída hacia el abrazo final podía parecer más que un milagro. Vendió muchas más noches que sombreros. En esa época, Lima sufría la fuerte influencia de su numerosa población china. Fumar opio estaba a la orden del día. Jóvenes ricos iban en pandilla de burdel en burdel, pasaban las noches en los fumaderos, donde había prostitutas disponibles, o alquilaban habitaciones completamente vacías en los barrios bajos, donde podían tomar drogas en grupo y ser visitados por las rameras. A los jóvenes les gustaba ir a ver a Mathilde. Había transformado su tienda en un budoir, lleno de chaises longues, encajes y raso, cortinas y cojines. Martínez, un aristócrata peruano, la inició en el opio. Llevaba a sus amigos a fumar, y a veces pasaban dos o tres días perdidos para el mundo y para sus familias. Las cortinas permanecían cerradas. La atmósfera era obscura e invitaba a dormir. Compartían a Mathilde. El opio los volvía más voluptuosos que sensuales. Podían pasarse horas acariciándole las piernas. Uno de ellos le tomaba un seno, mientras que otro enterraba sus besos en la delicada carne del cuello, limitándose a presionar con los labios, porque el opio ampliaba todas las sensaciones. Un beso podía hacer temblar todo el cuerpo. Mathilde yacía desnuda en el suelo. Todos los movimientos eran lentos. Tres de los cuatro jóvenes estaban echados entre los almohadones. Perezosamente, un dedo buscaba el sexo de la muchacha, penetraba en él y allí permanecía, entre los labios de la vulva, sin moverse. Otra mano lo pretendía también, se contentaba con describir círculos en torno suyo, y al cabo iba en busca de otro orificio.Un hombre ofrecía su miembro a la boca de Mathilde. Ella lo succionaba lentamente; todo contacto era magnificado por la droga. Luego, durante horas, podían yacer tranquilos, soñando. Las imágenes eróticas se formaban de nuevo. Martínez comenzó a ver el cuerpo de una mujer, hinchado, sin cabeza; una mujer con los pechos de una balinesa, el vientre de una africana y las altas nalgas de una negra, todo confundido con una imagen de carne móvil; una carne que parecía hecha de materia elástica. Los erguidos senos se hinchaban en dirección a su boca, y su mano se extendía hacia ellos, pero entonces las demás partes del cuerpo se ensanchaban, se volvían prominentes y colgaban sobre el propio cuerpo de Martínez. Las piernas se separaban de una forma inhumana e imposible, como si las cercenaran de la mujer, a fin de dejar el sexo expuesto, abierto; como si alguien hubiera tomado un tulipán en la mano y lo abriera por completo, forzándolo….
De Mathilde, de Anäis Nin

lunes, 22 de diciembre de 2008

POEMAS ERÓTICOS. EL DESAMPARO JUNTO A UN MURO


Cuadro: Simon. Le couple (la pareja)
Furtiva pareja contra las piedras del muro,
oculta en la sombra.
Atraídos por sus besos
los blancos demonios de los paraísos del infierno
lanzan sobre ella su lengua arrojadiza
con promesas que no cumplirán nunca.
La ciegan con relámpagos, ansiedades,
paisajes errantes de la vagina
en una niebla de pantanos poblada de iguanas.
Ella tiembla con su rápida boca
y en sus sueños
entreabre el jardín de sus rodillas,
sus legendarios pezones resplandecen
en las colinas del verano. Él la arrastra,
la estrangula en una ardiente liturgia,
le arranca la ropa, gime por una gracia de amor,
la azota con furia, la rapta
en una oscilante piragua y el susurro del follaje
es apenas vapor de aliento, locura.
La Encantadora de Serpientes es ella,
canta en la arena
seducida por borrachos y vendedores de helados.
Amor mío, amor mío,
pero sólo unas piedras inhóspitas y la casa
se alza en un espejismo de color de brasa de leche,
el dulce techo no existe, ni la lámpara
cuando ella le clava los dientes y él aúlla
entre las fibras de su médula, congestionado,
aunque en verdad
sólo dialogan con ternura en praderas flotantes,
no palabras sino un ligero fulgor en los labios.
Pero no junto al muro sino en el espacio insensato,
más allá del Cabo de las Tormentas y el Golfo de Sumatra,
en la irrealizable ansiedad de sus almas.
Amor mío, amor mío, el humo del asado
ha invadido la casa, envuelve los cuerpos,
y tan poderoso sol en el vino y la harina,
así estaremos un día en la creación del mundo.
Ambos están revestidos por una especie de plumaje
erizado,
pero en la calle sólo hay garras,
y esa pareja
comunicándose a través de sus ramificaciones nerviosas
en cada uno de cuyos extremos
arde una chispa sofocada
en pos de ese lecho fantasma que alza su
arboladura a través de los mares
con la doncella ruborosa saltando en la fiebre.
Y él la besa
sobre la hierba del bosque donde ha caído,
porque viajan en trenes que rugen en lugares
volcánicos,
poblados de cactus, corriendo y corriendo
en el viento de la luna,
en semejante noche, en tales patíbulos donde el
condenado
muere de placer en un trono de fuego.
Amor mío, amor mío, ésta es una sonata en la calle
donde braman los ómnibus,
pero el ronco soplido de la marea está aquí,
y el tribunal de desnudas verdugas con altas botas
negras
y un látigo en la mano, las furias,
porque de todo amor nace un relámpago inconcluso.
En tales circunstancias
la mutua seducción de esas enamoradas criaturas
es sólo realidad en la carencia,
en el aire regido por los dioses,
y siempre faltará algo en la vocación de todo sueño
nacido de la tierra,
un gesto, un aleteo,
y ese destello de la presencia total
con la imposible gloria de Sodoma y Gomorra cada
vez más espléndida
en la desamparada callejuela donde, contra el muro,
una pareja se desvanece en el aire sin socorro
en una interminable cacería.


ENRIQUE MOLINA

domingo, 21 de diciembre de 2008


Cuadro: Secuestro del deseo.

-Yo soy el prototipo de hombre que pudo algo y no pudo algo. Se podría decir que voy empatado con la vida. La vida me metió algunos goles, yo le metí algunos goles a la vida.Pero esta vez estaba en el centro de un vivir diferente, si era capaz de escribirlo, o de hacerlo escribir y no dejar de sentir lo que sentía, era como un bien que le haríamos a toda la humanidad.Algo había pasado en el siglo XX.Algo con el sexo, algo con el amor, algo con la escritura, y nosotros éramos ese testimonio vivo, a la vez inútil.Era necesario escribirlo, hacerlo escribir.Los veía vivir y no lo podía creer.No se parecían a nada, yo empecé a sentir que había llegado mi oportunidad. Ellos, ellas, son todos escritores, pero ninguno de ellos se animará a contar lo que viven.Así fue, brevemente, como comencé a mirar con intención de narrar como vivían, y tomaba notas y notas y, a veces, me enceguecía hasta tal punto que, por tomar notas terminaba no dándome cuenta de lo que pasaba. Algún día, me decía todo esto tendrá algún argumento, aunque roto, y eso será una novela.Y ahora, creo que ha llegado ese día.A mí, me llamaban el Turco porque todo lo vendo y todo lo compro.Soy un representante del dinero sobre la tierra, también compro y vendo el amor.Cuando conocí al profesor, sin poder acercarme a él, no pude sentir otra cosa que ese hombre había salido de mi imaginación, después, esa sensación rozando casi lo siniestro, se volvió a repetir con todos los hombres y todas las mujeres que, de una u otra manera, estaban conectados con el Profesor.Ahora ya estaba más habituado a ese tipo de encuentros.En realidad, les pasaban las mismas cosas que le pasaban a todo el mundo, pero ellos reaccionaban diferente y algo habían aprendido a gozar. Así que cuando el profesor, en el café donde se reunían, sin dirigirse a mí, preguntó, quién era yo, que hacía ahí sentado escribiendo, yo le contesté rápidamente: -Yo soy el novelista, para los amigos El Turco.El profesor saludó con la cabeza y dijo:-EncantadoYo sólo moví la cabeza y cuando la levantaba por segunda vez, vi claramente que Zara, una mujer joven, hermosa y desconocida me miraba con deseos.Pero yo, en principio, me hice el tonto.Yo tenía que escribir cómo vivían, pero no tenía que vivir con ellos.La segunda vez que me sentí mirado por Zara con deseos, comencé a sentir que, a lo mejor, existía verdaderamente la posibilidad de que yo viviera con ellos, y ellos escribieran la novela.Después, la vida me enseñaría cosas que todavía no había aprendido.Esa misma noche al despedirse, con la excusa de que la esperaban Miguel y Carlina en un bar de la calle Córdoba, Zara se acercó a besarme y me preguntó, pegando su boca a mi oído, susurrando:-¿Y yo voy a estar en la novela?Y yo, pensando en sus labios entreabiertos, sentí, escuché verdaderamente que Zara me decía:-Cómo te la voy a chupar.Creo que sentí una especie de rubor, me levanté y tomándola de un brazo, le dije a mi vez: necesito hablar contigo, y.Zara dijo que no, que no podía faltar a la cita con Miguel y Carlina.Suavemente la fui empujando hacia el baño de mujeres. Ella tenía una falda muy corta, así que inmediatamente, le llegué al coño. Ahí, ella se abrazó y suspiró y dijo en voz muy baja: - Apenas te conozco, no sé ni tu nombre. - El Turco, me llaman El Turco, le dije, mientras la acariciaba suavemente entre las piernas.Ella comenzó a suspirar, a mi entender, un poco fuerte en relación al lugar donde nos encontrábamos, encerrados en uno de los cuartitos de baño de mujeres.La situación me enloquecía y pensando que a ella le gustaría ver como se me había puesto la polla con sus suspiros, me desabroché la bragueta y ella me metió la mano y comenzó a gritar: -Pero qué polla tienes, la tienes muy grande.Y mientras se sentaba en el water y empezaba a chupármela , seguía diciendo entre dientes, mientras me la chupaba:-Qué polla tienes, pero que polla tienes.Yo me dejaba chupar, pero no podía dejar de pensar que esa mujer, así como me la estaba chupando, podía cambiar mi vida.Ella por su parte, chupaba y se decía en voz muy baja:-Esto no me pasó nunca, y chupaba y gritaba:- ¿Quién eres, quién eres? Y yo, tratando de que ella gritara menos y chupara más, le dije:-Chupa tranquila, querida, yo soy el Turco y te amo.Y de golpe, no sé si por la orden de chupar o de que lo hiciera tranquila, o por haberla llamado querida, o que yo fuera un extranjero, o que le hubiese dicho que la amaba, el asunto fue que comenzó a ser todo distinto.Ella se sintió amada, después de tantos hombres, por primera vez y gozó como nunca y me amó y me lo quiso dar todo y yo le dije que sí, para que ella tuviera su primer orgasmo, pero no tomé nada. .Ella se abrazó fuertemente a mí y se sentía abrazada a un torrente de luz y acabó y se corrió en dos o tres idiomas, ahí, abrazadita, quieta, iluminada. Yo le manché todo el vestidito con semen aromático por la yerba y ella me pidió por favor que le dejara beberse alguna gota de semen , y me sorbió, como si mi cuerpo fuera un sorbete de limón y yo, vacío de mis cosas, transparente de tanta soledad, le pregunté:- ¿Qué te pasa, estás llorando? - No sé si estoy llorando, pero soy muy feliz, dijo Zara un poco asombrada por los sentimientos, casi todos nuevos o más fuertes que este hombre le había hecho sentir en cuatro minutos y continuó ahora para que él la escuchara:-Te amo, no sé quien eres, pero te amo. Déjame estar a tu lado, sólo te amaré.Yo era El Turco, yo compraba y vendía todo, pero semejante regalo, me dejaba inquieto.Una mujer joven, hermosa, con dinero, por qué habría de amarme precisamente a mí, para qué, me pregunté intensamente, una mujer así quiere estar a mi lado.Ella salió del cuarto de baño y me dejó con mis reflexiones, yo me abroché la bragueta, me miré en el espejo al salir y me sentí el Coloso de Madrid, esta vez la reventaría.


El Viejo Feliz

SE MIRAN, SE PRESIENTEN, SE DESEAN...

Escultura: “El beso”. De Auguste Rodin


Se miran, se presienten, se desean,

se acarician, se besan, se desnudan,

se respiran, se acuestan, se olfatean,

se penetran, se chupan, se demudan,

se adormecen, se despiertan, se iluminan,

se codician, se palpan, se fascinan,

se mastican, se gustan, se babean,

se confunden, se acoplan, se disgregan,

se aletargan, fallecen, se reintegran,

se distienden, se enarcan, se menean,

se retuercen, se estiran, se caldean,

se estrangulan, se aprietan se estremecen,

se tantean, se juntan, desfallecen,

se repelen, se enervan, se apetecen,

se acometen, se enlazan, se entrechocan,

se agazapan, se apresan, se dislocan,

se perforan, se incrustan, se acribillan,

se remachan, se injertan, se atornillan,

se desmayan, reviven, resplandecen,

se contemplan, se inflaman, se enloquecen,

se derriten, se sueldan, se calcinan,

se desgarran, se muerden, se asesinan,

resucitan, se buscan, se refriegan,

se rehuyen, se evaden, y se entregan.

Oliverio Girondo

sábado, 20 de diciembre de 2008

EMBESTIDA A MI HOMBRO IZQUIERDO

Cuadro: Espalda desnuda de una mujer sentada. Diego Rivera

Se van tus manos sobre mi mirada

la sostienes, la sueltas.

Embistes mi hombro izquierdo,
lo sitias desde el cuello,

lo asaltas con las flechas de tu boca.

Embistes mi hombro izquierdo

feroz y dulcemente a dentelladas.

Con su modo redondo

de hacer pasar el tiempo entre los besos

y somos dos volutas de humo

flotando en el espacio

llenándolo con chasquidos y murmullos

o suavemente quedándonos callados

para explorar el secreto profundo de los poros

para penetrarlos en un afán de invasión

de descorrer la piel

y encontrar nuestros ojos

mirándonos desde la interioridad de la sangre.

Hablamos un lenguaje de jeroglíficos

y me vas descifrando sin más instrumentos

que la ternura lenta de tus manos,

desenredándome sin esfuerzo,

alisándome como una sábana recién planchada,

mientras yo te voy dando mi universo;

todos los meteoritos y las lunas

que han venido gravitando en la órbita de mis sueños,

mis dedos llenos del deseo de tocar las estrellas

los soles que habitan en mi cuerpo.

Una mansa sonrisa empieza a subirme por los tobillos,

se va riendo en mis rodillas

sube recorriendo mi corteza de árbol

llenándome de capullos reventados de gozo transparente.

El aire que sale de mis pulmones va risueño

a vivir en el viento de la noche

mientras de nuevo embistes mi hombro izquierdo,

feroz
y dulcemente

a dentelladas.


Gioconda Belli

viernes, 19 de diciembre de 2008

FRAGMENTO DE SEXUS, DE MILLER.


Cuadro: Diego Rivera. desnudo con alcatraces.
Nos desnudamos y caímos en la cama de hierro, con hambre sexual de seis semanas. Nos lanzamos al asunto como un par de luchadores que se hubieran quedado a desenredarse en un ruedo vacío después de que se hubieran apagado las luces y de que la muchedumbre se hubiese dispersado. Mara luchaba frenéticamente para llegar a un orgasmo. En cierto modo había quedado separada de su aparato sexual; era de noche y estaba perdida en la oscuridad; sus movimientos eran los de un durmiente luchando con desesperación por volver a entrar en el cuerpo que había empezado a ceder. Me levanté para lavármela, para refrescarme con un poco de agua fría. No había lavabo en la habitación. A la luz mortecina de una bombilla casi extinta, me vi en un espejo resquebrajado, tenía la expresión de un Jack el destripador buscando un sombrero de paja en un orinal. Mara yacía boca abajo en la cama, jadeando y sudando, tenía el aspecto de una odalisca apaleada compuesta de pedazos de mica mellados. Me puse los pantalones, y anduve vacilante por el pasillo semejante a un túnel, en busca del lavabo, un hombre calvo, desnudo de cintura para arriba, se encontraba ante una pila de mármol, lavándose el torso y los sobacos. Esperé que terminara, resoplaba como una mosca mientras realizaba sus abluciones, cuando hubo acabado, abrió un bote de polvos de talco y se espolvoreó generosamente el torso, que estaba arrugado y encostrado como la piel de un elefante. Cuando regresé encontré a Mara fumando un cigarrillo y acariciándose. Se consumía de deseo. Volvimos al asunto, probando como los perros esta vez, pero no había forma. La habitación empezó a combarse e hincharse, las paredes rezumaban, el colchón, que era de paja, casi tocaba el suelo. La sesión empezó a adquirir todos los aspectos y proporciones de un mal sueño. Desde el extremo del pasillo, llegaba el resuello entrecortado de un asmático; sonaba como las notas finales de un huracán silbando por una ratonera arrugada.
Justo cuando estaba a punto de correrme, oímos que alguien andaba en la puerta, me retiré y asomé la cabeza, era un borracho que intentaba entrar en su habitación. Minutos después, cuando fui al baño a darme otra ducha fría en la polla, aun seguía buscando su habitación. Todas las ventanas estaban abiertas y desde ellas llegaba una cacofonía estentórea. Cuando volví a reanudar mi suplicio, parecía como si mi polla estuviera hecha de viejas tiras de goma. Ya no sentía absolutamente nada en el capullo, era como empujar un trozo de sebo rígido por una tubería. Y lo peor era que la batería estaba completamente descargada, si algo hubiese de ocurrir entonces, sería del estilo de hiel y gusanos correosos o una gota de pus en una solución de requesón claro. Lo que me sorprendía es que siguiera tiesa como un martillo; había perdido toda la apariencia de un instrumento sexual, tenía el aspecto repugnante de un cachivache barato de las rebajas de los grandes almacenes, como un aparejo de pesca de color vivo sin el cebo. Y en aquel brillante y resbaladizo cachivache, Mara se retorcía como una anguila. Había dejado de ser una mujer en celo, ya no era siquiera una mujer; era una simple masa de contornos indefinibles, culebreando y serpenteando, como un pedazo de cebo fresco que se viera subir y bajar a través de un espejo convexo de un mar embravecido.
Hacía mucho que yo había perdido el interés por sus contorsiones; exceptuando la parte de mí que estaba dentro de ella, estaba tan fresco como un pepino y tan lejano como Sirio. Era como un mensaje de larga distancia referido a la muerte de alguien a quien hubieses olvidado hacía mucho. Lo único que esperaba era sentir esa increíble explosión abortada de estrellas mojadas, que vuelven a caer sobre el suelo de la matriz como caracoles muertos.
Del libro Sexus, de Henry Miller.

¿EROTISMO O PORNOGRAFÍA?


Cuadro de Dalí. Virgen sodomizada por su propia castidad.

Hemos encontrado un pedido de apoyo en la web firmado por Alejandra Menassa, y nos ha parecido que el post estaba bien escrito y no dejaba de tener su lado erótico, asi que nos hemos decidido a publicarlo, lo que no tenemos muy claro es si la actitud de La Academia de Cine es erótica o pornográfica, nos inclinamos por lo segundo. Juzguen ustedes mismos:

Queridos Amigos, entré no hace mucho a la Comunidad, pero nunca me había sentido tan bien recibida en ningún sitio (bueno sí, era la primera hija del matrimonio de mis padres, y ellos me esperaban con ansiedad, pero después de aquello, nunca más), y es por eso que me animo a hablaros así, porque cada mañana siento que alguien me espera en algún lugar de la red, porque comentario a comentario, se va produciendo entre nosotros una conversación, una amistad.

Sé que sois defensores a ultranza de las causas justas, y es por eso que quiero denunciar una injusticia, para ello tengo que contaros primero una pequeña historia, seré breve:

Éramos unos 35, amábamos el cine, fundamos una productora: Cinenormal.

Con mucho esfuerzo, y los créditos personales de los 35, hicimos nuestra primera película ¿Infidelidad? Se estrenó en el cine Luchana en Madrid, en Barcelona y en 5 ciudades de Argentina, entre ellas Buenos Aires y recibió un premio al mejor Director de la Internacional Writers and Artist Association, otro en California (Accolade competition) y otro en Italia de la Academia Ferdinandea al mejor largometraje ¡Oh milagro!, era increíble ver a nuestro hijo dar sus primeros pasos.

Tuvimos después la osadía de hacer la segunda: Mi única Familia. Nos arruinamos, pero no importa, las deudas se van pagando con trabajo. Queríamos decir algo, llevar al cine una mujer que goza, una mujer deseante, feliz, y un hombre que no la maltrata, que le perdona su infidelidad, aun cuando ella se ha quedado embarazada de su mejor amigo, que la ama por encima de todas las cosas y accede a cuidar de ese hijo cuando su padre biológico lo rechaza. Es decir, algo inmoral para el cine actual, donde la infidelidad de la mujer es castigada con la muerte en la mayoría de las películas y la doble moral sexual (permisiva con la infidelidad del hombre e intolerante con la de la mujer) es lo que prima.

Nuestra segunda película: Mi única Familia, fue estrenada en el cine Luchana y presentada a los Premios Goya. La Academia la proyectó en el Cine Doré con gran asistencia de público.

Y hasta aquí todo era goce para nosotros, a pesar de las deudas, a pesar de la ineficacia de nuestra distribuidora (Pirámide), a pesar de las críticas.

El día 13 de Octubre (así figura en burofax enviado a la Academia) se mandó la solicitud para que nos fueran enviadas las 1300 direcciones de los académicos que habían de ver la película antes de votar, no nos fueron enviadas. Preocupados por la tardanza, llamamos a la Academia y nos dijeron: “Pero ustedes no han enviado la solicitud, y ya es tarde, porque la votación ya ha sido realizada”. Palabras del Sr. Cuadros (o quizás debería decir Cuadrado).

Después de recibir esta respuesta, se le envió al Sr. Cuadra el burofax con una copia del mail enviado el 13 de Oct, y a nuestro humilde fichero de 5000 personas, una carta denunciando la situación. El resultado fue que el Sr. Cuacua “tuvo una gran descomposición intestinal” porque varias personas de la profesión, alertadas por nuestra carta, lo llamaron preguntándole qué había pasado, y nos llamó diciendo que era cierto, que había encontrado el mail, pero que “la secretaria” (que bien podríamos llamar “la que se come los marrones”) había olvidado mandarnos la lista, y que si nos disculpábamos, nos mandaba la lista, para que al menos los académicos pudieran ver nuestra película, aunque ya no sirviera para nada. Además añadió que nos podía denunciar por injuria porque no era cierto que nos hubieran excluido, porque estábamos en la lista. ¿Y de qué nos sirve estar en sus listas si los académicos no han visto la película? Pregunto yo, ingenua de mí.

A ver si entiendo, porque me he quedado perpleja. Es decir, ellos “pierden” nuestro mail, y con ello nosotros perdemos la oportunidad de participar en los premios Goya, pero somos nosotros los que debemos disculparnos, ellos cometen una injusticia sin precedentes, según palabras el propio director (“Esto no me había pasado nunca antes”), y son ellos los que nos van a denunciar. Miren, el mundo al revés era una canción de Maria Elena Walsh. Ah¡ Se me olvidaba, al ratito nos llamó para decir que no nos enviaba la lista. Sr director, aunque se llame Acade-mia ¡La Academia no es suya, usted no es más que un simple funcionario!

Más tarde, una periodista de la agencia EFE le llamaba al despacho y él declaraba que era cierto que se habían “olvidado” de mandarnos las listas, que nuestro mail existía, cosa que antes del burofax negaba, declarando que éramos nosotros los que no le habíamos enviado la solicitud. Hasta aquí ha sido el relato pacífico de los hechos tal cual han sucedido, ahora voy a exponerles mi parecer, tengan en cuenta que soy una de las actrices de la película, el médico del rodaje y además modesta productora endeudada.

¿Han leído el arte de insultar de Schopenhauer, o las lindezas de Lichtenberg contra todo aquello que se hacía merecedor de ellas, o la rudeza de Almafuerte contra toda injusticia, o la ironía y el sarcasmo del genial Wilde?, pues yo sí, y espero haber aprendido algo de ellos, porque decía Freud que es un grado de civilización abandonar el golpe en pos del insulto, más simbólico. Y como mujer apasionada que soy en este momento tengo ganas de golpear, pero como soy escritora además de mujer, opto por el insulto. Ya está bien que hayan practicado con nosotros la poedicatio (es decir que “nos hayan dado por el culo” en latín del fino), pero encima ¡que no nos dejen ni gritar…¡ Me imagino vestida de amazona, con el seno derecho cortado para apoyar mi arco y el izquierdo al descubierto, mi dorada cabellera suelta al viento de la tarde, entrando en el despacho del Sr. Caballo y con una flecha con la punta incendiada en una llama ardiente y roja, disparar directamente a su sexo muerto (digo esto porque sólo los impotentes son tan cobardes, como para después de llamar su secretaria para decirnos que no nos enviaba las listas, negarse a contestar todas nuestras llamadas). Con el pantalón incendiado, dando saltos y alaridos de dolor, e intentando inútilmente vaciar el depósito del agua para agostar el fuego, yo, esbelta, hermosa, desde el esplendor de mi belleza (es mi fantasía ¿no?) lo miraría encaramada en lo alto de mi deslumbrante yegua alazana y le diría: “total, si no te servía para nada”… ¡Ay!, ¡que a gusto me he quedado!, ¡que cosa tan genial la escritura! Escribir tiene el encanto de no hacer, pero igual algo vamos a hacer, y como ellos ya han desplegado su ejército de abogados, señores: la guerra ha comenzado. Retumban los tambores…

FELICES, FELICES FIESTAS (MENOS PARA LA REAL ACADE-MIA DEL CINE y especialmente al Sr. ¿Cuadros? ¿Cuadrado? ¿Cuadra? ….)

Alejandra Menassa

jueves, 18 de diciembre de 2008

LA CASADA INFIEL. LORCA RECITADO POR MENASSA


Cuadro: La Maja desnuda, de Goya

La Casada Infiel


Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos..
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas la zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón de revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los critales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé al río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

Federico García Lorca